Mi grupo de amigas siempre se ha caracterizado por ser muy fiestero. Cuando éramos veinteañeras no perdonábamos ni un solo fin de semana. Llegaba el domingo y ya estábamos planeando las salidas del viernes y el sábado siguientes. Pero cuando fuimos cumpliendo los treinta, esos planes de desfase fueron sustituyéndose paulatinamente por planes más tranquilos: cervecita al mediodía, tardeos, cena y una copa de relax en un pub, etc. Ley de vida, supongo. Estábamos más ocupadas, pero sobre todo más cansadas, trabajar nos tenía agotadas y alguna que otra se encontraba opositando.
Así que, cuando comenzamos a prometernos con nuestras parejas, dimos con el plan ideal para las despedidas de soltera muy fácilmente: una noche de fiesta como las que vivíamos a los 20. Y se convirtió en tradición.

Me habían avisado de que la mía iba a ser esa noche. Sabía que tenía que estar preparada a las once de la noche y que me recogerían, me vendarían los ojos y me pondrían una copa en la mano para que la fuera tomando de camino a la discoteca que hubieran elegido, donde finalmente me destaparían los ojos. Y el resto de la noche, a disfrutar. Lo hacíamos así siempre, yo misma me había encargado ya en más de una ocasión cuando la despedida era de otra.
Cuando llegamos a la discoteca, nos pasaron a un reservado VIP con sofás de terciopelo rosa, cubiteras doradas y luces cálidas. El ambiente era chulísimo. No conocía esa sala de fiesta, pero me estaba pareciendo una pasada. Me lo estaba pasando genial, hasta que, aproximadamente un par de horas después, sucedió algo que no me esperaba. Uno de los camareros vino con una bandeja de chupitos para todas. Hasta ahí todo normal, dejó la bandeja en la mesa y nos preguntó qué tal iba la noche, que si la novia lo estaba pasando bien. Respondí súper feliz que estaba siendo una noche increíble. Y entonces dijo «pues esto no ha hecho más que empezar», y de un tirón se sacó los pantalones. Me quedé a cuadros, os lo juro. Mis amigas empezaron a gritar y a reír y de repente yo tenía el paquete de este señor al lado de mi cara, pues se me había subido a horcajadas sobre el sofá y se meneaba cual serpiente.

Os explico. No es que yo sea una mojigata ni nada similar, es que mi novio y yo habíamos hecho un trato: nada de stripper en la despedida. A ninguno nos apetecía ni nos gustaba la idea. Él lo había dicho a su grupo de amigos, pues sabía que tenían esa intención, pero yo, como nuestras despedidas de soltera estaban pactadas y eran la misma para todas, no lo vi necesario. Eeeeerror. Aguanté el tipo porque no quería cortar el rollo ni ser desagradable, pero entre lo incómodo que fue y lo preocupada que estaba por haber roto el pacto, el resto de la noche solo quería que pasase rápido e irme a mi casa.
Sabía que mi novio se lo tomaría fatal pero no quería ocultárselo, así que se lo conté nada más llegar. Se enfadó y decidió dormir en el sofá el resto de la noche. Lo que no podía imaginarme es que al día siguiente me diría que quería romper el compromiso y que ya no quería casarse conmigo. El drama que se había montado de repente me dejó en estado de shock. Me dijo que tenía que coger aire y se fue de la casa, y yo llamé llorando a mis amigas, que aparecieron en casa sintiéndose fatal y no solo por la resaca. Me pidieron perdón y me consolaron lo mejor que pudieron, pero yo estaba hecha un mar de lágrimas que no tenía intención de calmarse pronto.
Esa noche mi novio volvió a casa más tranquilo. Me pidió disculpas por haber reaccionado de manera tan exagerada y me rogó que le perdonase y que me casase con él. Me contó que mis amigas le habían llamado y le habían vuelto a poner los pies en la tierra, haciéndole ver que yo no tenía culpa ninguna. Él había pensado que yo sabía lo del stripper y que le había mentido cuando hicimos el pacto, y por eso se había sentido traicionado. Pero al darse cuenta de lo equivocado que estaba, se había arrepentido de inmediato. Y menos mal que lo arreglamos, le digo siempre, porque nos casamos dos meses después de aquello y ahora estamos esperando felices e ilusionados el nacimiento de nuestro primer hijo.
Anónimo
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