Mis fantasías sexuales están poniendo en peligro mi noviazgo

Nunca pude imaginar que algo tan íntimo tuviera el poder de poner el peligro una relación. Cuando empecé a quedar con Alonso, todo parecía ir sobre ruedas. Nos entendíamos bien, compartíamos intereses, nos reíamos juntos y, en la cama, las cosas iban muy bien.

Cuando empezamos a tener más confianza, empezamos a explorar y a hablar de las cosas que a ambos nos gustaban en el sexo, determinadas acciones, vestimentas o cosas que hacían que nos viniéramos arriba. Hablamos de la masturbación, los preliminares, los mensajes cachondos y ambos estábamos de acuerdo en todo. Aunque esto cambió cuando pasamos al tema de las fantasías sexuales y es que le confesé que, desde siempre, me gusta tener sexo en lugares públicos.

Al principio, cuando era adolescente había empezado casi por necesidad, al no tener un sitio donde acostarme con mi novio de aquél entonces y recurriendo a parques, la playa o los baños públicos. Pero con el tiempo, la necesidad de seguir experimentando fue creciendo. No era solo la idea de hacerlo por hacerlo, sino el riesgo, la adrenalina de ser sorprendidos, eso era lo que me llamaba la atención. La idea de que alguien podría vernos, o incluso que el riesgo de ser descubiertos estuviera presente, me excitaba de una forma que no podía explicar. 

Emocionada, le conté todo esto a Alonso, haciéndole partícipe de hecho e invitándole a probarlo en algún momento, pero en seguida me di cuenta de que no estábamos para nada en la misma honda en ese aspecto ya que su reacción fue completamente opuesta a lo que yo esperaba. Me dijo que aquello no le gustaba ni le hacía ninguna gracia, que le parecía peligroso y que no se sentía cómodo ni siquiera imaginándolo.

La verdad es que me llevé un poco de chasco. No entendía por qué algo que a mí me parecía tan excitante lo incomodaba tanto.

Pensé que, con el tiempo, tal vez podría convencerlo o al menos mostrarle que no se trataba de algo tan extremo. Después de todo, pensaba, se trataba solo de una experiencia, algo que haríamos de forma discreta y en lugares donde nadie nos vería. Pero cuanto más insistía en el tema, más incómodo y atacado se sentía Alonso y, aunque intenté explicarle que empezaríamos por sitios recónditos donde era casi imposible que nos vieran, su respuesta era siempre la misma: no.

La frustración comenzó a acumularse. Yo, por un lado, seguía sintiendo ese deseo de vivir esa experiencia con él, mientras que Alonso, cada vez que mencionaba la idea, se cerraba más en banda y eso me frustraba muchísimo. Ya no se trataba solo de un tema de deseos o fantasías, sino de una incomodidad palpable. Empecé a sentir que lo que me excitaba, lo que yo deseaba, era una carga para él, y que no me comprendía. Al principio, pensé que estaba exagerando, que solo se trataba de un pequeño desacuerdo. Pero con el tiempo, las discusiones se fueron haciendo más frecuentes y más intensas. Mis deseos sexuales, lejos de acercarnos, parecían estar creando una brecha entre nosotros.

Una noche, hace poco más de un mes, después de haber estado hablando sobre el tema, Alonso me dijo: «entiendo que te guste la idea, pero yo no quiero hacer algo que me haga sentir incómodo. Y siento que me presionas para que lo haga, cuando en realidad no quiero». 

Y eso me hizo reflexionar. Quizás había estado tan obsesionada con lo que me excitaba y me gustaba que no me había parado a pensar en otras opciones o en puntos intermedios que pudieran acercarnos y hacer que ambos nos sintiéramos cómodos.

Y en este punto es donde estamos ahora mismo, intentando dilucidar si existen esos puntos intermedios y si ambos somos capaces de ceder en algunas cosas en el terreno sexual sin que esto suponga el fin de nuestra relación. ¿Lo conseguiremos?

Angie Rigo