Fui madre muy joven, de forma intencionada. A ver, muy joven tampoco, pero más joven de lo que se lleva ahora, sí. Fui la primera de mi círculo de amigas en tener un bebé, así que también fui la primera en interesarme por esa cosa de los partos, las lactancias y los blah, blah. Para que echéis cuentas: ahora tengo 46 y mi hijo mayor, 21 años.
El embarazo de mi Primogénito fue un embarazo vomitón, de náuseas continuas y en el que las contracciones aparecieron muy, muy temprano. Estando de 34 semanas me dieron reposo absoluto hasta cumplir las 36.
—Del sofá a la cama, de la cama al sofá. Te levantas solo para hacer pis— fueron las indicaciones de los obstetras.
Así que estuve quince días paralizada.
En la visita a la comadrona de la semana 36, para ver cómo estábamos el Primogénito y yo, me dijo que podía empezar a hacer vida normal, que si quería nacer, en principio, sus pulmones ya estaban maduros. Esa misma noche rompí bolsa por la parte superior y empecé a tener contracciones.
Os voy a ahorrar el periplo que pasamos —porque habéis venido a leer partos en casa—, pero hubo de todo: traslado a otro centro de otra ciudad por falta de camas y paritorios, oxitocina y dolores por un tubo, comentarios irrespetuosos por parte del equipo médico sobre cómo se iba a llamar mi hijo, muchas broncas, muchas lágrimas, episiotomía, fórceps y un bebé de dos kilos y medio que salió amoratado y con dos moratones en las mejillas causados por los fórceps.
Así que tomé una decisión: NO MÁS HIJOS.
Tal como indica el título: no me hice ni caso.
Durante el primer año de mi Primogénito leí un montón, me informé, buceé en internet, descubrí cosas que me parecieron muy interesantes y otras que me parecieron menos interesantes. Me ayudó muchísimo unirme a un grupo de posparto que ofrecían en el centro de salud, donde conocí a otras mamás. Después empecé a acudir al grupo de lactancia, etc. Recordad que yo era muy joven y no tenía ningún referente donde apoyarme. Esas mujeres fueron mi tabla de salvación.
Así que entre lecturas y teta me saqué el título de asesora de lactancia materna. Y después empecé a formarme como doula (la doula acompaña, sostiene y orienta, mientras que el equipo médico se encarga de la atención clínica), sabiendo que, si alguna vez volvía a parir, NO LO HARÍA EN UN HOSPITAL.
Y aquí llegó el segundo embarazo. Igual de vomitón, con una anemia importante y cuidando de un niño de dos años. Empecé a buscar información sobre casas de partos, espacios donde se atienden partos con obstetras y comadronas, pero donde el ambiente está pensado de un modo acogedor y más relajado que un hospital. Y al final llegué a la conclusión de que quería parir en casa. Punto.
El padre y yo lo acordamos, tuvimos varias entrevistas con equipos de comadronas que atendían partos en casa y decidimos contratar un equipo en concreto. Lo organizamos todo: las visitas seguían siendo por la sanidad pública, ellas recibían la información que me pedían, venían a casa a hacerme seguimiento, a veces nos desplazábamos nosotros… todo en orden.
La bebé estaba bien, yo también, el Primogénito también, el padre también, la perra también… pues nada, todo OK.
¿Que la gente me cuestionaba? Pues claro.
¿Que la gente se asustaba e intentaba que cambiara de idea? También.
¿Que les hice caso? Pues no.
Mi parto, mis decisiones.
Un día de agosto, entrando en la semana 39, me despierto a las 7 de la mañana con una contracción. El padre se preparaba para ir al trabajo, así que le digo:
—Estate atento, que igual la cosa está empezando.
A las 8:10 ya lo estaba llamando:
—¡Vuelve, porque va en serio!
Y así pasamos la mañana. Yo, con contracciones, encerrada en el dormitorio. Él se lleva al Primogénito y a la perra con los abuelos. La persona que en ese momento limpiaba en casa por allí trabajando. Yo encerrada en el dormitorio, bailando olas agarrada a la cama de barandillas de mi hijo…
Mi marido avisa a la doula que nos acompañaba y a la comadrona. La comadrona pide hablar conmigo y me pregunta cómo estoy y cómo va el dolor. Le respondo que el dolor va bien, que lo aguanto bien, que tampoco hay para tanto, pero que me siento como si me hubiera fumado un par de porros (bueno, chicas, a ver… ¿quién no se ha fumado un par de porros, no?).
Ella me dice que se pone en camino. Yo le respondo:
—Tranquila, que estoy bien, que esto tampoco duele tanto.
Aun así, dice que viene, que estará más tranquila estando conmigo. Pues vale, le digo, vente.
Cuelgo el teléfono y siento cómo empieza un dolor desde las entrañas que me llega hasta el culo, y no puedo evitar pegar una especie de aullido en el que va incluido el nombre del padre de la niña, que tiene una letra A y me va fenomenal para canalizar el dolor. En ese momento escucho un crujido sordo y se rompe la bolsa de líquido amniótico como una fuente, mojándolo todo.
Rauda y veloz, la doula enciende la linterna, ve aguas limpias y llama a la comadrona diciendo que he roto aguas y que son limpias. Hacía cinco minutos que yo había hablado con ella.
El padre corre como pollo sin cabeza. Yo entro en la ducha como para ducharme, pero en cuanto el agua caliente me toca los pies digo que no, que a la mierda la ducha, que me estoy cagando. Me siento en el váter y pienso:
—Nena, no te estás cagando, esto es la niña que quiere salir.
Me levanto del váter y empiezo a andar por el pasillo diciendo:
—¡Es la niña, es la niña!
Me pongo encima del colchón, en la cama, pero muy en la puntita. Así, con los pies saliendo del colchón, a cuatro patas. El padre por allí, que no sé ni qué coño está haciendo. La doula al teléfono con la comadrona. Y yo siento cómo sale la cabeza de mi niña sin ningún esfuerzo. Aquí solo atiné a pensar: espero que alguien la coja.
Oigo a la doula decir:
—No lleva vuelta de cordón…
Y zas, como un pececito, sale mi hija, que la doula ya esperaba con una toalla limpita para recogerla.
—Levanta una pierna —me dice mi ángel de la guarda—, que te paso a tu hija.
Y así fue. Levanto la pierna mientras me tumbo en la cama y me pasa a mi bebé, que ha nacido rosada y con los ojos muy abiertos. Nos quedamos unidas por el cordón, mientras ella empieza a estornudar un poquito y me mira muy interesada.
—Parece un alien —me sale decir—, con estos ojos tan grandes y sin pelo…
Y llega la comadrona. Le abren la puerta, entra sonriendo de oreja a oreja y me dice:
—¿Qué has hecho?
Y le respondo:
—Parir…
– Pues vamos a inaugurar a esta preciosidad- dice ella- Papi ¿cortas tu el cordón?
Ahora la criatura tiene 18 años y ha empezado primero de carrera. Sigue teniendo los ojos muy grandes, pero también tiene mucho pelo, mucho morro y a veces aun me mira raro.
Parvaty
