Ser madre es una experiencia increíble y desafiante en muchos aspectos, pero hay ciertas situaciones que no te ves venir, de las que nadie te avisa, como que cuestionen la paternidad de tu marido porque los niños no se parecen a él.

Tengo dos hijos, de 1 y 5 años, y cualquiera que los vea puede decir, sin dudarlo, que son míos. Literalmente, son una fotocopia: mismos ojos, mismo color de cabello, mismos gestos… ¡es como si los hubiera clonado! Lo curioso es que mi marido es moreno de piel, pelo negro y rizado y siempre pensé que sus genes prevalecerían, pero no. Los niños tienen el pelo claro, liso, el pequeño directamente es rubio, y las facciones de la cara son las mías. De hecho, el pequeño se parece tanto a mí que lo confunden constantemente con una niña.

El problema es que cómo del padre han sacado poco o nada, pues a la gente le choca y es cuando empiezan los comentarios y las bromitas. Para ser sincera, más de una vez he tenido que morderme la lengua para no responder una bordería.

 

“¡Bueno, al menos sabemos quién es la madre!”

El primer comentario incómodo que recibí vino de una amiga cercana, apenas unas semanas después del nacimiento de mi primer hijo. Estábamos todos admirando al bebé cuando ella, con una risa medio incómoda, miró a mi marido y le soltó: «¡Bueno, al menos sabemos quién es la madre!».

Pues sí, yo soy la madre, los he llevado nueve meses dentro, los he parido, dos cesáreas que me han dejado secuelas, y afortunadamente se parece a mí. Otras madres no han tenido esa suerte, que después de todo ese calvario que sufrimos por traer una vida al mundo, sus retoños se parecen al papá.

“Tu marido estaba ausente el día que los concebiste”

Pues sí. Estaba el hombre dándolo todo. Pero no pudo ser. Mis genes se han impuesto. En cierto modo, es cierto que a veces parece que me he clonado, que utilicé el espermatozoide de mi marido porque sin él no podía engendrar un bebé, pero parece más una clonación. Mis hijos, sobre todo el mayor, tienen hasta mi mismo carácter. Hasta el mismo sentido del humor, que yo no sabía que eso era genético, pues lo es, nos hacen gracia las misma tonterías.

 

“¿Has pedido ya la prueba de paternidad?”

Esto ya me toca un poquito la moral. Porque sí, esta frase se la han soltado a mi marido en más de una ocasión y molesta. Entiendo que si los niños tuvieran los ojos azules, y no hubiera nadie con los ojos claros en nuestro árbol genealógico, o tuvieran rasgos distintos de ambos padres, podría haber una ligera duda. Pero es que mis hijos son iguales que yo.

Me molesta que la gente haga este tipo de comentarios, porque estás sembrando la duda en una pareja que tú no sabes si les puedes afectar. Nosotros tenemos una relación sólida, basada en el respeto, en la confianza y en el amor, y mi marido no tiene ni la más mínima duda de que los niños son suyos. Pero das con una pareja que no tenga esa estabilidad y puedes hacer mucho daño con este tipo de insinuaciones.

Al final del día, lo que he aprendido de todo esto es que lo importante no es cuánto se parecen o no mis hijos a su padre. Lo que importa es el amor que compartimos como familia, el hecho de que mi marido es un padre increíble, presente y amoroso, y que nuestros hijos, independientemente de su aspecto físico, son el reflejo de esa unión.

El parecido físico es algo anecdótico. La genética es caprichosa y no siempre sigue las reglas que uno espera, pero lo que realmente importa es el cariño, la dedicación y el vínculo que construimos cada día.

Y si algún día mis hijos heredan algo de su padre, espero que sea su increíble paciencia para soportar comentarios absurdos, porque, ojo, la gente puede llegar a ser muy pesada.