Mis padres se separaron cuando yo tenía dos años. No los recuerdo juntos, ni para bien ni para mal. En mi memoria no retengo discusiones, pero tampoco muestras de afecto. Es más, apenas tengo instantes en mi mente en los que compartan una misma habitación.

Los motivos los conozco: ambos se fueron infieles. Mi padre se enrolló con una compañera de trabajo y mi madre con un tipo que conoció por Internet. Y ambos rehicieron su vida por separado.

Mamá se fue primero

Mi madre se fue del país con el chico que conoció a través de Internet. De esta manera, tampoco tengo recuerdos de convivencia con mi madre. Ella se fue enamorada y a miles de kilómetros formó otra familia: tengo tres hermanos (¡dos gemelos preciosos!) y un par de perros. La visito una semana al año; ella no viene nunca.

Yo me quedé con mi padre, que no tardó en meter en casa a la compañera de trabajo con la que se lio y a la que yo no le caía demasiado bien. Tuve la ilusión de tener una familia, pero fue tan solo un espejismo. La mayor parte del tiempo me quedaba con la canguro o en casa de mis abuelos. A medida que crecía, sentía que molestaba.

También se marchó papá

A los cinco años de irse mamá, se fue papá. Él no cambió de país, pero sí de ciudad. Se fue a la otra punta de España, junto a la familia de su mujer. Yo tenía 7 años cuando tuve que mudarme a la casa de mis abuelos septuagenarios. Ya tenía edad de suplicar, y supliqué. Le supliqué a mi padre que por favor me llevase con él, pero no lo hizo. A cambio tuvo un bebé con su novia y a mí me hacía llamar un par de días en diciembre, por Navidad.

A cargo de mis abuelos

Mis abuelos lo dieron todo por mí, y siempre estaré eternamente agradecida con ellos, pero queráis o no ya eran muy mayores. Nunca fui a una cabalgata de Reyes porque les agobiaban las multitudes y cogían frío. Tampoco me celebraron cumpleaños con amigos ni hice ningún viaje a la playa o a un parque acuático o de atracciones.

Ellos me ponían comida sobre la mesa y me financiaron una magnífica educación con extraescolares que me mantenían fuera de casa más de 12 horas al día.

Con 10 años volví a suplicar. En esta ocasión, a mi madre. Acaba de ser madre de los gemelos e intenté convencerla ofreciéndome a ayudarla con la crianza, pero se negó. Ella aseguraba que yo estaría mejor en mi país, con más oportunidades académicas y un futuro más prometedor. Era “por mi bien”.

“Por mi bien”, pero vacía y olvidada

A día de hoy tengo 25 años, un título y máster universitario, hablo 5 idiomas y he conseguido logros deportivos significativos en gimnasia rítmica. Estoy independizada y tengo bajo mi tutela a mi abuela de 96 años con Alzheimer; mi abuelo falleció hace bastante tiempo.

¿Qué siento? Vacío. He logrado el éxito profesional, pero me siento una fracasada. Asisto a terapia para aceptar por qué unos padres decidieron dejar en tierra de nadie a una hija que no eligió venir a este mundo. Me tuvieron, se arrepintieron de su relación y le dieron la espalda al resultado, a mí, para rehacer sus vidas. ¿Por qué? ¿Qué culpa tenía yo? Podía haberlos querido muchísimo, aunque no siguiesen juntos. Ellos decidieron no quererme, olvidarme, “por mi bien”. Mi bien hubiese sido tener una familia. Crecer con mis hermanos y hermanas, contar con mamá y papá e incluso con sus parejas. ¿Por qué no? “Por mi bien”. Una herida que aún dudo ser capaz de cerrar.

 

Anónimo

 

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