Cuando mi chico y yo decidimos casarnos, lo primero que hicimos fue abordar las cuestiones que serían más complicadas de cuadrar: número máximo de invitados, niños si o niños no, presupuesto y, por último pero no menos importante, los padres de él. Desde el principio supimos que no iba a ser una cuestión fácil de abordar. Ya antes de decidir casarnos lo habíamos comentado alguna vez. Sus padres estaban divorciados desde hacía más de catorce años, pero ni habiendo pasado esa tonelada de tiempo desde entonces se habían vuelto a mirar siquiera a la cara. La palabra «cordialidad» había salido de su diccionario compartido en el momento en que mi suegra pilló a mi suegro con la secretaria y mi suegro le echó en cara que sabía que se había acostado con su fisio. Todo un clásico, si me preguntáis. Digno de una comedia mala de sobremesa.

divorcio

El caso es que nosotros teníamos en la cabeza una imagen muy concreta de cómo queríamos que fuese la mesa de los novios: el novio, la novia, mis padres y los suyos. Seis personas, una mesa larga, los novios en el centro y nuestros padres al lado de cada uno de nosotros. Pero esto tenía toda la pinta de ser un plan suicida, por mucha ilusión que nos hiciese a nosotros. No obstante, decidimos confiar en que el amor que sentían por mi pareja les haría capaces de soportarse las dos horas como máximo que pasarían el uno cerca del otro. Solo tenían que hacerlo por él, ¿no? Qué ingenuos fuimos.

Decidimos no abordar el tema hasta que la boda estuviera más cercana, pero las indirectas no se hicieron esperar. La primera fue ella. Estábamos comiendo en su casa cuando preguntó en qué mesa irían sentados ella y su novio. Mi chico y yo nos miramos, incómodos, pues nuestro plan de mesa no incluía a las parejas de sus padres. Salimos del paso diciendo que aún no habíamos organizado nada del salón, pero que se lo diríamos pronto. Y ella soltó un «mientras me pongas lejos de su padre, a mí me parece bien».

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Poco después, su padre nos abordó. Él fue más directo. Nada más entrar por las puertas de su casa nos soltó una frase la mar de concisa: «más os vale no sentarme con la bruja de mi ex mujer y el imbécil de su novio si no queréis que acabemos montando un numerito».

Visto lo visto, decidí que lo mejor sería hablar con ellos, obviamente por separado, y apelar al cariño que sentían por su hijo. Pero fue en vano. Intenté convencerlos, transmitirles lo importante que era para él que estuvieran presentes con nosotros en ese momento, les pedí que pensaran su felicidad. Pero ninguno dio su brazo a torcer. Les ofrecí añadir a sus respectivas parejas, ya me daba igual que los novios no estuviésemos en el centro de la mesa con tal de conseguir que ellos estuvieran al lado de mi chico sentados. Pero nada surtió efecto.

Tristemente, nos reunimos con la wedding planner y nos pusimos a organizar las mesas buscando el modo de que ambos estuvieran alejados entre sí pero no demasiado lejos del novio. Hicimos lo que pudimos para intentar contentarlos, pero aquello era surrealista. Soñaba con el momento de organizar las mesas, el hecho de pensar el lugar ideal para cada cual era algo que me hacía mucha ilusión. Y ahora todo estaba siendo eclipsado por crear un mapa propio de una guerrilla entre dos bandos para intentar que mis suegros ni se cruzaran.

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El día de la boda llegó. En la mesa de los novios estarían mis padres y los dos hermanos del novio, para equilibrar, lo cual no era lo ideal por la comparativa con mis propios hermanos, que iban sentados en otra mesa, pero fue la mejor solución que se nos ocurrió. Pues, a pesar de todo, en plena celebración su padre se pasó a vernos durante la comida con cara de pocos amigos y nos soltó: «ya veo que, además de haber sido la madrina y estar en el altar durante la ceremonia, la has puesto a ella en mejor sitio que a mí, que estoy mucho más lejos del centro del salón. En fin, siempre supe que la preferíais a ella». Nos quedamos tan helados que no supimos ni contestar. Pero es que, al rato, vino mi suegra también con mala cara a decirnos que, siendo ella la madrina, deberíamos haberla sentado con nosotros, que se sentía despreciada al ver que el padrino, mi padre, sí que estaba en la mesa de los novios. Le expliqué, haciendo gala de una paciencia infinita, que no podíamos sentarla a ella en la mesa y a su ex marido no, que ella ya lo sabía porque se lo habíamos explicado mil veces, pero decidió no atender a razones e irse refunfuñando para su sitio. Vi cómo mi marido estaba cada vez más triste y decidí coger al toro por los cuernos. Ya estaba bien.

enfadada

Me excusé diciendo que iba al baño y le pedí ayuda a dos amigas. Una vez en el baño, le pedí a cada una que hicieran venir a mi suegro y a mi suegra con alguna excusa. Cuando llegaron y se vieron las caras, bufaron, pero les mandé a callar, cosa que no se esperaban. Les dije que ahora me tocaba hablar a mí, que para eso era mi boda. Con una sonrisa gélida en la cara, les expliqué que su actitud estaba amargando el día al novio y que yo, como su mujer que era ahora, no lo iba a seguir consintiendo, así que les advertí que si alguno de los dos volvía a darle alguna queja o se les ocurría montar algún numerito incómodo en nuestro día, me encargaría personalmente de que les invitaran amablemente a marcharse de nuestra celebración. Tal y como pronuncié la última palabra, eché a andar para no darles la oportunidad de replicar. Solo alcancé a oír un «¿Pero esta qué coño se ha creído?» a lo lejos pronunciado por mi suegro.

Parece que mi amenaza fue mucho más efectiva que todas las palabras amables y comprensivas que les había dedicado hasta entonces, porque el resto de la boda fue como la seda.

Mi marido no se enteró de nada hasta que, al llegar al hotel, le conté con pelos y señales lo ocurrido. Y tras eso, yo obtuve la mejor recompensa posible. Me abrazó con fuerza e infinito amor y me susurró al oído: «Gracias. Sabía que me quedaba con la mejor mujer del mundo cuando te di el sí quiero esta mañana».

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.