Conocí a mi pareja cuando ambos éramos adultos independientes. Él trabajaba ya en lo mismo que trabaja ahora. Y yo en el mismo sector en el que sigo, aunque en otra empresa. Desconozco hasta qué punto esto tendrá que ver con lo que quiero contar, que es lo siguiente: Ni yo sé lo que cobra mi marido ni él sabe lo que cobro yo. Y nos queremos igual.

Aclaro que nos queremos porque, por algunos comentarios que me han hecho, hay gente que lo duda. Al parecer, no es posible querer a alguien si no le confías al detalle lo que tienes, lo que ganas y en qué inviertes cada euro que sale de tu cuenta. Por eso aclaraba que nos conocimos siendo adultos con trabajo. Porque puedo entender que la cosa sea diferente si los dos miembros de la pareja son más jóvenes y están empezando a abrirse camino en el mundo laboral. Supongo que en ese caso se comparten datos que, una vez establecidos y asentados, ya no se comparten.

Lo ignoro y la verdad es que me importa bien poco. Tengo el mismo interés que el que deberían tener los demás sobre ese aspecto de mi relación. Sin embargo, el caso es que es un tema que ha salido varias veces en mi entorno y con el que me siento una incomprendida.

Nadie nos juzga por tener separación de bienes. Ni siquiera por tener cada uno su propia cuenta y una conjunta en la que tenemos los gastos comunes, que son la gran mayoría. Lo que más les sorprende es que no estemos al tanto de lo que cobra el otro.

Y yo no sé qué decir, la verdad. ¿Que nunca nos lo hemos preguntado? ¿Que nos da igual lo que gana nuestra pareja? Es que no me parece algo tan sumamente importante. Lo cierto es que yo me hago una idea aproximada de lo que debe de ganar mi marido. Y supongo que él se imagina más o menos lo que gano yo. Pero ninguno de los dos necesita confirmarlo. Nos da igual. A mí me la sopla. Estoy bastante convencida de que gana más que yo, pero no necesito saberlo.

Igual que no necesito saber cuánto ahorra al mes ni cuánto gasta en su ocio, su ropa o en salir con sus amigos o en regalos para sus padres. O en lo que sea. No es una cuestión de desconfianza ni de envidia ni de control. Solo… pasamos.

Lo que nos importa es que el otro esté bien, a todos los niveles, incluido el económico. ¿Tiene trabajo e ingresos suficientes? Pues perfecto. Yo estaría ahí para él en cuanto eso cambiara. Y sé que él estaría para mí. Somos pareja para lo bueno y para lo malo. Lo que no somos es inspectores de Hacienda. No nos fiscalizamos en lo económico ni en ningún otro aspecto. Somos personas que se quieren y viven juntas, pero el matrimonio no nos ha fusionado en un solo ente indivisible. Ni siquiera nuestro hijo lo ha hecho.

Y no por ello somos peores que nadie, ni más egoístas ni nos queremos menos.

 

Anónimo

 

 

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