Esta es una historia que solo la puedo contar con la boca pequeña, ya que oculté todo hasta el final y me acabó pasando factura.
Hace dos años me tocó la lotería. Me tocó bastante dinero, no tanto como para dejar mi trabajo y vivir del cuento, pero sí como para dar la entrada de un piso. En ese momento yo tenía pareja, vivíamos juntos y no estábamos en nuestro mejor momento económico, así que me vino de perlas.

Cuando me tocó, no se lo dije a nadie. A absolutamente nadie. Quería cobrar el premio y decidir como mover el dinero sin la presión de la gente o sin que se me acercasen por interés. Así que me guardé el boleto y quise esperarme un poco, para también evitar la prensa o gente curiosa. Como el plazo eran máximo tres meses, no tenía prisa.
Mis padres estaban bastante justos de dinero, en alguna ocasión les tuvimos que ayudar y mi plan era darles una parte del premio. Ahora, a toro pasado, todo se ve muy fácil y veo todo lo que podía haber hecho diferente, pero mira, en ese momento, las cosas se hicieron así.
Pasaron las semanas, y cuando creí que ya había pasado el tiempo suficiente, fui a echar mano del boleto para irlo a cobrar, y no lo encontré.
Me puse de los nervios, removí toda la casa, todos los pantalones, chaquetas, bolsillos, cajones, armarios, TODO. No estaba, no podía ser. No me podía creer que hubiera perdido todo ese dinero.

Quise ir a comisaría para poner la denuncia, pero tampoco tenía pruebas de haber comprado el boleto, lo compré pagando en efectivo acompañada de mi pareja, pero era imposible que él recordase el número. No tenía nada. Me entró muchísima ansiedad, no sabía qué hacer. ¿Valía la pena comentarlo ahora? ¿Qué iban a pensar? ¿Me iban a creer?
Por suerte o desgracia, no tardé mucho en tener noticias del boleto. Se me había caído en casa de mis padres, probablemente cuando saqué dinero de mi cartera, y lo habían encontrado. Ellos sabían que no habían comprado lotería, así que tenía que ser de alguien que hubiera venido a casa y, últimamente, solo habíamos estado allí mi pareja y yo.
Escribieron por el grupo de la familia pasando la foto del boleto y preguntando si era de alguno de nosotros, ni si quiera se fijaron en que estaba premiado, pero mis hermanos y mis primas, sí.
Se montó una fiesta tremenda en el grupo y mi novio me pidió explicaciones. Le dije tal cual lo que había pasado y que tenía pensado cobrarlo hacía unos días para así no llamar mucho la atención. En su cara vi lo que me temía que iba a pasar: no se lo creía.
Entiendo que pueda resultar poco creíble, tal y como fueron las cosas, lo que pareció es que yo quería quedarme el dinero y que no habría avisado a nadie, ni si quiera a él o a mis padres.
Mi novio se cabreó y me recriminó haber tardado tanto con lo justos que íbamos y con lo mal que estaban mis padres, me dijo que lo veía un gesto muy egoísta y que no había excusa para lo que había hecho. Yo intenté explicarme, pero tenía parte de razón y aunque realmente no me quisiera quedar con todo el dinero, podría haber hecho las cosas diferente.
Me tocó entrar en el grupo y reclamar el boleto.
Ya os podéis imaginar la reacción de mis hermanos y primos. Precisamente todo lo que quise evitar, me vino encima como un Tsunami. Todos me recriminaron mi decisión, me juzgaron y me cuestionaron la verdad, aprovechando claro, para dejarme caer que, si repartiese el premio, todo quedaría olvidado.
Mis padres ni si quiera contestaron, aunque lo estaban leyendo todo, así que preferí ir a su casa para evitar que pudieran estarlo pasando mal.
Cuando llegué, mi padre estaba muy disgustado. Me dijo que él nos había dado todo siempre, aunque no tuviera, y ahora que ellos estaban mal, no entendía como su propia hija no había pensado sus padres o su marido. Sentenció que él no me había educado así. Casi me hace llorar.
Mi madre estaba intentando pacificar todo y diciendo que, seguro que había una buena explicación, pero la que les di, no arregló nada, así que me tocó disculparme.
Recuperé mi boleto y fui a cobrarlo al día siguiente. Invité a todas las personas del grupo de Whatsapp a una comida para celebrarlo y no faltó ni uno. Y eso que había gente que hacía muchos meses que no veía.

En la comida apalabré con algunos de ellos, ayudarles económicamente. Sobre todo, con mis padres, a ellos les llevé un cheque directamente.
Al final, por no querer que la gente se enterase, me tocó alimentar a toda mi familia y repartir con más personas de las que me hubiera gustado.