Me encanta follar. Sí, me gusta, lo disfruto y lo probaría (prácticamente) todo. Llevo unos meses saliendo con un chico que conocí por Tinder. En su perfil parecía muy abierto, divertido, cosmopolita… Y, en persona, lo era, lo es. Sin embargo, hay algo que me choca: pese a su aperturismo en casi todos los ámbitos, en el sexual es una seta: misionero y poco más. 

Al principio, vale. Entiendo que le costaba coger confianza y que, al final, nos estamos conociendo y hay que ir pasito a pasito. Pero, claro, yo ya me aburro. Sí, me aburro porque me gusta probar, innovar, jugar, divertirme y ver cómo se divierte mi pareja. 

Como así, con la confianza, la cosa no fue cambiando, preparé una noche especial con todo tipo de alternativas: juguetes, un juego de cartas del Kamasutra, un vino riquísimo para entonarnos y algo de porno.

Cuando llegó a mi casa las únicas cosas que le hicieron ilusión fueron el vino y el porno. Pero me dijo que lo elegía él. ¡Claro! ¡Por supuestísimo! Yo ya estaba como una moto… Hasta que empezaron las primeras escenas. No quiero sonar mal, que cada uno tiene sus gustos, pero era porno homosexual entre enanos. Bueno, no me cerré. 

El caso es que no duró ni tres escenas y se corrió. Así que me acerqué con un consolador y le dije que por qué no lo usaba conmigo, que me había quedado a medias. ¿Su contestación? “No me molan esas historias raras”.  Lo de raras me lo dijo tan tranquilo después de habérsela meneado como un mono en celo viendo el porno. 

Esa noche, que tanto prometía, me dejó rallada pensando en qué pasaba. Así que, a la mañana siguiente, hablé con él. Le dije que me encantaba innovar en la cama, probar, disfrutar y salir de lo clásico. Y él me dijo que a él no, que era de “sota, caballo y rey” y que de ahí no iba a salir. Que lo único que le gustaba más allá era el porno. 

Bueno, esa era su decisión y, como me gusta, decidí ver si la cosa podía funcionar. Cuando una de las veces que estábamos juntos le propuse jugar un poco se puso como una moto y fue directo a poner su porno. Yo, para entonarme, cogí el Satisfyer y nos pusimos juntos frente a la tele. Estaba como fuera de sí, él, no yo, que era incapaz de ponerme a tono con los enanos porque me parecía una situación más de vulneración de derechos que para disfrutar. Pero mi chico, ni dos minutos tardó en correrse sin, ni siquiera, mirarme. 

Cuando acabó, se espanzurró y siguió viendo la peli. Así que yo me fui a mi habitación con mi Satisfyer. Cuando vino mi chico a dormir le dije que si no veía otro tipo de porno y me dijo que qué le pasaba a ese, que cada uno tenía sus gustos y que él no se metía con los mío. Todo esto, sobra decirlo, a la defensiva y ofendido. Y, para qué mentiros, me sonó a red flag en toda regla. 

Quitando el tema de la cama, el chico es un amor: cariñoso, educado, divertido, trabajador… Pero, claro, la cama es importante y, visto lo visto, nosotros no funcionamos a la par y no parece haber cambios posibles. 

Así que, tras planteármelo un tiempo y seguir intentándolo, decidí hablar con él ya en modo ultimátum. Y me llamó retrógrada, egoísta y ninfómana. Y ya, ahí, cruzó la línea. Y le dejé. 

Pero, lo peor no fue dejarlo, fue la de mensajes suyos tanto en redes sociales como por WhatsApp repitiendo esa idea. Así que ya, un día, hasta los huevos, le escribí que, o me dejaba en paz, o empezaba a atacarle yo con su nopor gay de enanos. 

Me bloqueó. Y, colorín colorado, Blancanieves sin los enanos se ha quedado.

 

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