Tengo un hijo. Uno. Y no, no quiero tener más.
No estoy dudando. No estoy esperando a ver si me llegan las ganas de tener otro. Ni me dejo llevar y si viene, pues viene, porque tomo precauciones. No quiero más hijos. Y lo tengo súper claro. Clarísimo, cristalino, escrito con letras gigantes en mi cerebro.
Pero, al parecer, para el mundo esto es simplemente temporal. La gente da por hecho que tarde o temprano me volverá a sonar el reloj biológico y traeré otro churumbel a este mundo.
Parece que en cuanto se confirma que has tenido un bebé, automáticamente entras en una especie de sala de espera invisible donde todo el mundo asume que ya estás planeando el siguiente. Como si los hijos vinieran con un dos por uno, como si no se pudiera concebir la maternidad si no es con más de una criatura. Como si ser hijo único fuera algo malo.
Fui madre primeriza con 36 años, mi hijo actualmente tiene 7 años y no sabéis la de chorradas que he tenido que escuchar desde que mi hijo está en el mundo. Mi doctora de cabecera, por ejemplo, que no me quería volver a recetar la píldora tras ser madre, “para que me pusiera cuanto antes a buscar el hermanito porque tenía ya una edad”, os lo juro, así que me lo dijo.

He recibido tantas miradas de decepción o extrañeza cuando digo que no voy a tener más hijo, tantos consejitos de gente que opina sin saber, que os voy a dejar por aquí algunas de las perlitas que me han soltado:
“Pobrecito tu hijo, se va a quedar solo en el mundo”
¿Cuántos de vosotros no os habláis con vuestros hermanos? Darle a mi hijo un hermano no es sinónimo de darle un amigo. Son personas distintas y es muy posible que cuando sean adultos no se miren ni a la cara. O sí. Nunca lo sabremos.
Además, mi hijo jamás estará solo. Nos tiene a nosotros, tiene primos, tiene tíos, y cuando sea adulto tendrá su propia red de seguridad con amigos que lo querrán como si fueran familia.
Mi hijo no tendrá hermanos, pero ¿sabéis lo que si va a tener? Unos padre que se lo van a dar todo. Que van a viajar con él, a llevarle a sitios, a pagarle una buena vida y que le van a dejar una herencia que mañana no tendrá que compartir con nadie.
“Los hijos únicos salen muy egoístas y consentidos”
¿Y qué pasa? Yo voy a mimar a mi hijo, a consentirle y a darle todos los caprichos. Pero también le voy a procurar una educación, para que el día de mañana sea una persona de bien. Porque una cosa no quita la otra. Que tenga juguetes, ropa de sobra y que no tenga que pelear con otro mini ser humano por el último trozo de pizza no significa que vaya a convertirse en un tirano.

“Cuando tu hijo crezca un poco te entrarán las ganas de tener un bebé”
Mi hijo tiene ya 7 años y ganas de otro bebé tengo 0. Además, soy libre de decidir sobre mi cuerpo, sobre mi familia, sobre mi energía y sobre mi vida. Tener solo un hijo no me hace menos madre. No me hace egoísta. No me convierte en una mujer incompleta. Me convierte en alguien que se ha conocido a sí misma lo suficiente como para decir: hasta aquí.
“¿Es que tuviste un mal embarazo y por eso no te animas?”
Que manía tiene la gente con meterse donde no la llaman y de preguntar cosas personales. Pues no, ni tuve un mal embarazo, ni un mal parto, ni mi hijo fue un bebé de alta demanda pegado a mí todo el día. Simplemente creo que con un solo hijo todos tendremos mejor calidad de vida, y me apetece muy poco volver a someter a mi cuerpo a los cambios del embarazo, a pasar noches sin dormir.
“¿Y qué vas a hacer cuando tu hijo te pida un hermanito?”
Pues le explicaré las cosas y santas pascuas. Lo peor es que esta presión que la sociedad ejerce sobre las mujeres para que sean madres no siempre viene de desconocidos. A veces viene de tu madre, de tu tía, de tu amiga con tres criaturas que te mira como si fueras una comodona por no querer tener más de hijo.
“¡Si luego se crían solos!”
¡Y una mierda! Están las cosas ahora mismo como para traer niños a este mundo. Cada día todo más caro, cada día todo más difícil. Hay una especie de romanticismo tóxico alrededor de tener varios hijos. Como si por ser madre de dos o más fueras “más madre”. Como si la maternidad se midiera en número de bocas que das de comer, no en el vínculo que construyes con ellas. Pues mira, yo prefiero tener sólo uno y darle todo mi amor, todo mi tiempo y construir para él un futuro mejor, dentro de mis posibilidades.

Así que no. No quiero más hijos.
Y no necesito justificarme.
Quizás tú tienes tres y te encantan. Y me parece maravilloso. Quizás tú quieres cinco y sueñas con una casa llena de alegría y de caos. Adelante. Pero mi proyecto no pasa por repetir la experiencia de la maternidad. Pasa por vivir la que ya tengo con plenitud.
Y por favor, no me sueltes lo de “ya cambiarás de idea”. No me hagas sentir que estoy esperando una actualización como si fuera un teléfono móvil. Esta es mi decisión adulta, informada y profundamente sentida. Y merece respeto, aunque no encaje en lo que esperabas escuchar.
Mi útero no está en oferta. Mi vida no está incompleta. Y mi hijo no necesita un hermano para ser feliz.