Me van a caer palos por esto. Lo sé. Las buenas madres me vais a decir que fomento la violencia y que estoy convirtiendo a mis hijos en matones, pero me da igual. Lo digo bien claro: Prefiero que sepan dar una hostia a tiempo antes de que se las lleven ellos.
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Si, soy esa madre que les dice a sus hijos que se defiendan, que si alguien les pega, que se la devuelvan. No quiero que agachen la cabeza. No quiero que pongan la otra mejilla. No quiero que pongan una sonrisa mientras otro niño los humilla.
Os voy a hacer una pregunta sencilla: ¿Qué preferís, que vuestro hijo sea el malote del colegio o que sea la víctima de todas las burlas? ¡Pues eso!
Vivimos en una época obsesionada con lo políticamente correcto. Hasta los niños tienen que ser políticamente correctos. Les enseñamos a compartir, aunque no quieran. A pedir perdón, aunque no sientan culpa. A perdonar, aunque la otra persona les haya hecho algo grave. A dar besos aunque no les apetezca. A no levantar la voz nunca. A no contestar. A no ser problemáticos.

Y mientras tanto, el patio del colegio sigue siendo una jungla donde el más fuerte devora al débil. Conozco casos de acoso en niños muy pequeños. Aún no están ni en Primaria y ya hay grupos y mafias en el recreo del colegio de mi hijo mayor.
Obviamente yo no voy a decirle a mi hijo que moleste a sus compañeros, ni que se meta con los demás. Le estoy enseñando a respetar a todos los niños, a que cada uno es distinto y que eso es maravilloso, y que no porque un niño lleve gafas, o no sepa jugar al fútbol, o no sea el más rápido corriendo en una carrera, hay que darle de lado.
No fomento que mi hijo sea el cabecilla de los matones del colegio, pero tampoco que se quede callado si un día se meten con él.
Y sí, algún día me llamará la directora del colegio. Probablemente me digan que mi hijo ha respondido mal, que ha empujado, que ha contestado. Y yo hablaré con él. Pero también le pienso decir que estoy orgullosa de que no se haya quedado quieto si alguien le estaba molestando o haciendo daño.
Luego está mi hijo pequeño que, con solo dos años, ya apunta maneras. A la mínima, si un niño se le cruza en el parque y no le deja pasar, su reacción automática es el empujón. Y sí, es algo que intento corregir cada día, porque no quiero que vaya por la vida repartiendo golpes por frustración. Pero tampoco voy a enseñarle que, si le pegan primero, tiene que quedarse quieto. Una cosa es educar la impulsividad; otra muy distinta es criar a un niño que aprende a soportarlo todo sin defenderse.

A mí me educaron para ser buena. Buena hija. Buena alumna. Buena trabajadora. Y ¿sabéis qué significa muchas veces ser buena? Callarte. Tragar. No molestar. No incomodar.
Ser buena fue quedarme en sitios donde no debía. Fue no responder cuando me faltaron al respeto. Fue aguantar bromas que no tenían gracia. Fue sonreír para no tener un conflicto.
Y no quiero eso para ellos. No quiero que sean buenos niños. No hablo de pegar por pegar, hablo de defenderse, de que no sean presas fáciles. Porque los acosadores no buscan al niño fuerte. Buscan al que duda. Al que baja la mirada. Al que no contesta. Al que saben que no va a devolver el golpe.
Y a mí me da más miedo criar a una víctima permanente que a un niño que alguna vez se haya metido en un lío por defenderse.

Sé que el discurso oficial es otro. Que hay que dialogar. Que hay que avisar al profesor. Que hay protocolos. Y claro que sí. Ojalá funcionaran siempre, pero no. El bullying no ha desaparecido porque llenemos los colegios de carteles con palabras bonitas. El acoso sigue existiendo y la única manera que tengo yo de proteger a mis hijos es enseñarlos a defenderse.
Porque el mundo es duro. Es competitivo. Es cruel. Y yo no puedo estar siempre en el patio, ni en el instituto, ni en la oficina donde trabajen el día de mañana. Lo único que puedo hacer es darles herramientas para que se defiendan.
Enseñarles a respetar, sí. A ser empáticos, sí. A no empezar una guerra innecesaria, también. Pero, sobre todo, enseñarles que ellos valen lo suficiente como para no permitir que nadie los pisotee.
Prefiero hijos valientes que hijos sumisos. Prefiero hijos que sepan decir no.