A ver, nadie la soporta, lo sabemos todos. No creo que haya nadie a quien le parezca que unos cuernos son justificables, sin embargo, suceden. Y siempre son culpa de quien los pone, si bien a veces he pensado que la otra parte de la pareja puede tener una responsabilidad también que no ha de obviarse. Eso no exculpa, desde luego, pero no es lo mismo juzgar a alguien por cometer un asesinato a sangre fría que por dar muerte a un atacante en defensa propia: en ambos casos se ha cometido un acto execrable que nunca se puede justificar, pero en el segundo, la víctima también ha tenido responsabilidad en su propia desgracia. 

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Pues eso era lo que -llamémosle Diego- era incapaz de entender. Para él no había circunstancias atenuantes, ni situaciones secundarias a tener en cuenta, ni absolutamente nada que tomar en consideración. Un infiel, del sexo que fuera, era un ser despreciable que no merecía más que soledad, porque, ¿cómo ibas a fiarte de alguien que ya tenía “antecedentes”? Claro está, él jamás había sido infiel ni “se rebajaría” nunca a estar con alguien que supiera que alguna vez lo habría sido. 

Eso no significaba -como buen fundamentalista no le podía faltar su pizca de hipocresía- que se cortase un pelo a la hora de coquetear a chicas que tuvieran pareja a sabiendas de este hecho. Alguna dejó a su pareja por él y después de acostarse con ella unas cuantas veces la dejó, aduciendo lo dicho: él nunca estaría con alguien infiel, ni jamás podría perdonar una infidelidad, y las relaciones abiertas no eran más que cuernos camuflados. “Si mi pareja me engaña, ya pueden pasar años, que yo nunca voy a perdonarla, es que donde me la encuentre, le escupo a la cara. Alguien que lleva una relación abierta es cornudo y bobo, yo no sé cómo eso hay quien lo soporta, ya hay que ser incel para aguantar algo así, yo nunca lo consentiría”, solía decir. 

“No escupas al Cielo, que igual te cae en la cara”, solía decirle su mejor amigo y se ponía como ejemplo, “si yo le fuese infiel a mi pareja, ¿dejarías de hablarme, ya no significarían nada casi veinte años de amistad?” Según Diego, no. No podría ni mirarle a la cara, le darían náuseas cuando lo hiciera. A mí me parecía una postura demasiado radical, acertada, sí, pero en exceso radical. “Es que cuando se trata de la confianza más íntima que le concedes a una persona, ¡hay que ser radical!”. Lo malo de esas convicciones tan sólidas es que siempre acaba llegando algo que las hace tambalearse y pasar del principio férreo al “es que no es lo mismo”. 

Diego tenía -y sigue teniendo- una hermana menor a la que él había cuidado con mucho recelo cuando, de adolescentes, empezaron a salir de noche. Se llevaban apenas once meses (un caso de descuido en la cuarentena) y se tenían mucha confianza. Eva -le diremos así- conoció con quince años a su novio del instituto, a los veinticuatro se casaron y todo estaba dicho, o así pareció. Su marido era comercial y se pasaba fuera de lunes a viernes. Llevando casados como tres años, Diego estaba en casa de su hermana una tarde cualquiera, ella se levantó a poner café y dejó el móvil en la mesa. El móvil brilló con un mensaje. Diego, sin recelar nada, lo cogió para decirle a su hermana “Tal te dice nosequé”, y lo que leyó hizo que el móvil se le cayera de entre los dedos. 

“Estoy deseando volver a verte, avísame en cuanto se marche Diego y subo, que te voy a…”, no hace falta que complete la frase, ya suponéis que no era contenido para todos los públicos. ¿Y a que no sabéis quién le enviaba aquel mensaje? Obviamente, su marido no. Era el mejor amigo de Diego. De inmediato este confrontó a su hermana. ¿Cuál fue la reacción de Eva?

“Bueno, tarde o temprano habías de enterarte”. Según le dijo, su marido y ella se llevaban bien, se querían, ella no es que estuviese contenta, pero de lunes a viernes ella necesitaba una mandanga que su marido no le daba. Lo había hablado con él, le había pedido que buscase otro trabajo que les permitiese estar juntos, pero su marido no quería dejarlo porque ganaba bastante dinero, hablamos de que se levantaba más de 3000 al mes y la gasolina iba a cuenta de la empresa. Según Eva, lo que su marido quería era no colaborar en casa al no estar, porque el finde se lo dejaba todo para ella, y segundo, esa cantidad de dinero no la necesitaban. Era cierto, la casa era pequeña pero era de los padres de Diego y Eva y se la habían dado como regalo de bodas, así que no tenían gastos grandes y ella curraba también. “Si él ha decidido que el dinero le importa más que yo, entonces yo decido que mi coño me importa más que él”. 

Diego puso enseguida el grito en el cielo y dijo que no lo podía dejar así, que se lo iba a contar ahora mismo a su cuñado. Eva le dijo que si se le ocurría, ella diría a todo el mundo (a sus padres) que el responsable de su divorcio era él. Que su marido y ella llevaban una relación abierta, que Diego se había enterado, había empezado a reírse de su marido y finalmente él se había divorciado por no poder aguantarlo más. Y que sus padres sabrían que el matrimonio de su hija pequeña había fracasado porque Diego era un metiche que no sabía tener quieta la lengua. 

Claro está, Diego no quería ser el malo de la película y enfrentarse a la condena de por vida que iba a suponerle aquello, con sus padres y toda su familia echándole en cara lo sucedido porque NADIE en absoluto iba a creerle a él, todo el mundo creería a su hermanita pequeña, porque todos sabían cómo era Diego con los asuntos de la confianza. 

Desde aquél momento, Diego tomó una postura mucho menos radical, aludiendo a que, en fin,       la convivencia desgasta mucho, que la infidelidad está mal pero es que, bueno, dentro de una pareja uno nunca debe meterse a juzgar, cada pareja es un mundo y en realidad nunca sabemos con seguridad… Años más tarde, Eva y su marido rompieron de mutuo acuerdo y hasta donde sé, él nunca llegó a enterarse de nada. Ahora Eva está con el mejor amigo de Diego y, seguro que lo adivináis, les sigue hablando, quedan para cenar, ir de conciertos, les quiere y no, no les escupe a la cara. 

Delice.