Entre otras muchas cosas he trabajado durante años como técnico de farmacia. Me apasiona el trabajo: aprender cada día cosas nuevas, descubrir nuevos productos y, sobre todo, me encanta el clima de confianza que se crea con los clientes cuando ya llevas un tiempo detrás del mostrador escuchándoles día a día.
No siempre he trabajado en la misma farmacia así que los comienzos con los clientes en cada puesto nuevo traen siempre anécdotas divertidas: yo las llamo mis “farmanécdotas” (tope de original yo, eh!). Una de ellas me pasó cuando apenas llevaba dos semanas trabajando en un sitio nuevo. Me llevaba genial con las compañeras y parecía que, aunque al principio venían con recelo por ser la nueva, los clientes me estaban cogiendo cariño.
Uno de estos clientes habituales era un chico de mi edad más o menos que siempre venía a comprar medicación para su madre, que estaba en silla de ruedas por una enfermedad. Siempre era agradable pero no sonreía apenas y se le veía algo tímido así que, cuando pasó lo que pasó, no pudo ponerse más rojo.
Un sábado a mediodía vino a comprar y le atendí yo mientras mi compañera terminaba de limpiar uno de los estantes. Tras el pertinente saludo me dijo: “dame los pañales de mi madre y una caja de preservativos”. Busqué los pañales en la rebotica, saqué la receta y cuando acabé le pregunté que cómo quería la caja (de preservativos). “Me da igual, es para mi madre”

¿Para su madre? Me extrañó un poco pero oye ¿que una señora que ronda los 65 años, está en silla de ruedas y con incontinencia necesita preservativos y le pide a su hijo que se los compre? Pues quién soy yo para ponerlo en duda. Así que le empecé a sacar la variedad que teníamos: normales, ultrafinos, con estrías…¡le saqué hasta los XL por si acaso!
Conforme iba sacando cajas, al chico se le iba cambiando la expresión de la cara. Rojo como un tomate y sin saber dónde mirar me dijo: “te he pedido una caja de paracetamol. Los pañales para mi madre y una caja de paracetamol”
¿Qué? ¿En serio? Vi como mi compañera salía corriendo hacia la rebotica muerta de risa, el chico no levantaba la vista de los pies y yo no sabía dónde meterme. Así que saqué la caja de paracetamol y puse la excusa más mala del mundo para justificar mi equivocación: “Perdona, es que es sábado…y ya se sabe que los sábados…”
Desde entonces el chico siempre sonríe cuando entra a la farmacia y me ve. Y yo a veces le hago repetir dos veces las cosas que quiere para estar segura y no volver a meter la pata.