A lo largo de la historia, cada generación de mujeres recibía de sus madres, abuelas, vecinas, etc un concepto de la maternidad totalmente edulcorado. Era probablemente el objetivo más ambicioso que una mujer se podía permitir. Se vendía como algo romantizado para que cada una de nosotras, ilusas, ingenuas, crédulas y sumisas, cayese cuanto más temprano y cuantas más veces mejor. Las madres pasaban todo ese proceso físico, emocional, mental y vital en una soledad bastante abrumadora donde no estaba bien visto quejarse (como en general de ningún tema) porque querría decir que no quieres a tu prole. Y ya sabemos lo rápido que se puede colgar el cartel más doloroso, el de “Mala madre”. 

Jamás se hablaba de las complicaciones de un embarazo duro más allá de unas náuseas y algún antojo. No se mencionaba demasiado sobre el parto ya que “es un dolor que se olvida”, como si eso significase que no lo ibas a sentir. Pero lo más escondido, lo que nunca se contaba abiertamente era el postparto, ese proceso brutal que  lleva a un 1% de las mujeres recién paridas a la locura. Nadie te advertía sobre el cansancio, sobre la pérdida  de autonomía (y de orina), sobre el dolor incapacitante que sientes mientras te haces cargo de un ser totalmente dependiente, sobre soledad, angustia, ansiedad, sobre que tu cuerpo deja de ser tu aliado y pasa a ponerte a prueba, sobre que tu cabeza no es capaz de asumir su capacidad real y convierte cada decisión en duda y culpa. 

Podría decir mil y una cosas sobre lo que implica la maternidad pero, sinceramente, está todo dicho. Hoy sí. Si sabes escuchar prácticamente todas las madres de tu entorno te lo quieren contar, si buscas, si lees o si charlas con una sola que haya experimentado este proceso estará encantada en explicarte cada detalle. Ya no podemos decir eso de “hemos sido engañadas”. Por esto, al fin muchas mujeres han dado el paso adelante más valiente: admitir que no quieren ser madres. Como seguimos viviendo en una sociedad machista y bastante misógina en general estas mujeres son tachadas de egoístas, se les dice que es una fase, que se van a arrepentir… Y como históricamente estamos programadas para asumir verdades absolutas que no tienen que ver con lo que queremos sino con lo que nuestro entorno nos dice que debemos querer, muchas de esas mujeres se retractan y deciden ceder a los deseos de sus madres por ser abuelas, de su novio que soñaba con llevar a su hijo a los partidos el domingo o la amiga que siempre soñó que sus hijos jugarían juntos y de mayores serían tan amigos como lo eran ellas.

Y es que es un problema del que no somos conscientes del todo. El aumento exponencial de depresiones postparto es brutal ya que, si ya el proceso en sí lo propicia a alguien que lo deseaba, imagínate a alguien que en realidad no quería esto, no estaba preparada para algo tan radical que te cambia totalmente la vida. 

Pero es que además del obvio problema que supone para todas estas madres, no somos ni medio conscientes de lo que supone para esas criaturas que en algunas ocasiones cargan con las mochilas de culpa de sus mamás que, buscando liberarse de las piedras de su camino las lanzaron sin mirar a su lado y tuercen el camino de una chavalada que se sabe estorbo. Debemos pelear por estas nuevas generaciones y por las nuestras también, ahora que la salud mental está de moda provechemos para decir muy claro “Si no quieres tener hijos, por favor, por ti, por ellos, por quienes convivan con ellos, porque ellas no hagan lo mismo, de verdad, por favor, no los tengas”. 

Firma una madre encantada con la dura y abrumadora maternidad rodeada de madres arrepentidas.

 

Luna Purple