Imaginad una familia, feliz y bien avenida, con cuatro hijos, dos niños y dos niñas. Una casa llena de risas y alboroto, especialmente por parte del más pequeño, el más travieso pero encantador de todos. Crecen felices, amados por sus padres y llevándose bien entre todos. Pero un día la tragedia sacude a la familia: el padre es atropellado por un coche en plena calle y fallece.

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Yo no había nacido aún, pero esa historia ha sido siempre el prólogo de todo lo que vino después. La muerte prematura de mi abuelo los unió de una forma casi feroz. Eran jóvenes, demasiado para perder a un padre, y se prometieron, sin decirlo en voz alta, que jamás se soltarían la mano. Mi abuela se quedó sola con cuatro hijos, sin ayuda y una pena que nunca terminó de curarse, pero los terminó de criar con mucho esfuerzo y amor sin que les faltase nada. Porque tenía carácter, sí, pero también era inmensamente tierna y cariñosa.

Crecieron. Llegaron los novios, las novias, las bodas, los hijos. La familia se expandió como un árbol frondoso. Las fiestas eran enormes, ruidosas, felices. Mesas largas, platos que no cabían, niños corriendo entre las piernas de los adultos y metiendo las manos en las tartas de cumpleaños. Yo crecí pensando que aquello era indestructible. Que la familia, la nuestra, era una piña de hierro. Mis mejores recuerdos son de aquellos años, aquellas navidades, aquellos veranos en la playa o en el campo.

Y todo fue así de maravilloso… Hasta que mi abuela enfermó. Principio de alzheimer. Al principio fue algo leve, casi imperceptible, pero luego empezó a necesitar ayuda de verdad. Mis tíos, mi madre y mi tía quedaron en que pasaría dos semanas en casa de cada uno. Sonaba justo. Equitativo. Pero la realidad tardó poco en torcerse. Mis dos tíos dijeron que no podían tenerla en casa, que era demasiado trabajo, que quizá habría que pensar en una residencia. Recuerdo el escándalo. La indignación de parte de la familia, encabezados por mi madre y mi tía. El “¿cómo podéis decir eso?” flotando en el aire como una bofetada sin mano.

Mi abuela acabó viviendo entre mi casa, que era la de mis padres realmente, y la de mi tía. Ellas y sus familias cargaron con el cuidado diario, con las noches sin dormir, con las citas médicas, con el desgaste silencioso. Mis tíos aparecían de vez en cuando, como quien hace un favor. Siempre con prisa. Siempre con excusas. El ambiente empezó a enrarecerse. Las comidas dejaron de ser alegres, así que dejamos de reunirnos todos a la vez, lo hacíamos por grupos, por un lado ellos y por otros nosotros que sí cuidábamos a la abuela. Las conversaciones se llenaron de pullas, de silencios tensos, de miradas de reproches.

Un año y cuatro meses después del diagnóstico que lo cambió todo, mi abuela sufrió un derrame cerebral y falleció. Y ahí algo pareció recolocarse, al menos durante unos días. El dolor compartido volvió a acercarlos, a acercarnos. Hubo abrazos sinceros como no los había habido en mucho tiempo, lágrimas como para inundar aquella sala de tanatorio. Me embriagué de esa sensación engañosa de que todo lo malo quedaba atrás.

Pero diez días después, uno de mis tíos empezó a preguntar por la herencia. Diez malditos días días. ¿Sabéis cuando alguien a quien crees conocer genial actúa de una manera que no te entra en la cabeza? Así nos sentimos en mi lado de la familia. Indignados y sorprendidos a partes iguales.

Aquello fue como echar una cerilla sobre un charco de gasolina. Las discusiones estallaron sin disimulo. La casa. Las vajillas. Los cuadros. Algunos valían dinero, decían. Otros tenían “valor sentimental”, decían también, pero siempre casualmente para quien los reclamaba. Me resultaba imposible no pensar en quiénes habían estado allí de verdad cuando mi abuela ya no podía valerse por sí misma. Los últimos meses de mi abuela fueron tan duros y dolorosos, que me parecía inevitable compararme con quienes no habían sufrido viéndola así y ayudándola a subsistir. Yo aún la lloraba y ahí había gente reclamando y peleándose por lo que ella había dejado en la tierra. Me parecía una tremenda falta de respeto.

Qué más puedo decir. Han pasado dos años desde su muerte y nada se ha resuelto. Siguen discutiendo y echándose cosas en cara. Siguen hablándose como extraños, o incluso peor, como enemigos. Se han roto lazos que creía irrompibles. Yo los veo y no reconozco a la familia que me mostró un día lo que era el amor incondicional. Me duele pensar que todo pueda romperse por simples objetos, por cuatro duros y por una casa antigua y vacía. Una casa que un día albergó tanto amor y felicidad. Qué triste debe estar mi abuela, donde quiera que esté.

Cuando pienso en ella, tengo claro que, en su memoria, mi mayor tesoro no será nada que pueda repartirse. Serán los recuerdos, algo que nadie puede robarme o reclamarme, memorias de cuando todo era distinto. De cuando éramos una piña. De cuando aún no sabía que una herencia podía convertir al amor en odio y a la familia en extraños.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.