Ha llovido mucho desde entonces, pero todavía recuerdo el día que conocí a Rocío, la que fue mi mejor amiga durante mis años de adolescencia. Nada más cruzar dos palabras con ella, supe que aquella chica alegre, de enormes ojos azules, sería muy importante en mi vida, y no me equivoqué. El destino quiso que, por un error administrativo, me cambiaran de clase el segundo año de instituto y me pusieran en la suya; yo no conocía a nadie y ella, que me vio más sola que la una, vino a sentarse conmigo. Desde entonces, nos hicimos íntimas.

Con el tiempo, fuimos pasando de curso hasta llegar a bachillerato. A diferencia de muchas otras pandillas que yo había conocido, la nuestra se resistía a romperse. A pesar de las discusiones o de que algunos habían repetido de curso y nos habíamos separado durante las clases, seguíamos estando juntos. Pero todo cambió el último año, cuando Alberto nos contó que uno de sus mejores colegas iba a ir a nuestro instituto y nos pidió que fuéramos amables con él porque era un tío genial. Y la verdad es que yo no pude darle un mejor recibimiento, porque al cabo de un par de meses ya estaba saliendo con él.

Julio fue mi primer novio y, supongo que debido a mi falta de experiencia o a su poder de manipulación, no supe ver que no se estaba comportando conmigo como era debido. Fue gracias a la relación de Rocío y Alberto —que empezaron a salir juntos por aquella época— que me enteré de que me era infiel desde hacía meses. Mi mejor amiga me contó que su chico, el mejor amigo de mi novio, le había confesado que él llevaba liándose con otra desde hacía tiempo. Con todo el dolor de mi corazón adolescente, rompí con él.

Lo peor fue tener que verle la cara después, ya que seguíamos formando parte del mismo grupo de amigos. Pensé seriamente en empezar a salir con otra gente, pero me dolía en el alma tener que borrar de mi vida a la que había sido mi pandilla de toda la vida y, sobre todo, a Rocío, así que hice un esfuerzo titánico. Poco a poco conseguimos normalizar la situación hasta que finalmente me saqué a Julio de la cabeza y pudimos volver a ser colegas. Sin embargo, mi autoestima quedó muy tocada después de aquello. Tanto que, cuando el “innombrable” me conoció, se frotó las manos.

El “innombrable” es mi ex, un desgraciado que se cruzó en mi vida cuando más débil me sentía, que supo decir las palabras exactas que mi corazón herido necesitaba escuchar. Supo ver la grieta y aprovechó para colarse y hacer de mí su marioneta. Yo veía en él a mi príncipe azul, a ese caballero de reluciente armadura que venía a rescatarme. No os voy a mentir: me encantaba darle en las narices a Julio con mi nuevo y flamante novio, y cuando veía la cara que ponía al vernos, me daban ganas de dar saltos. Sin embargo, poco tiempo después me dijo que prefería no quedar con mis amigos si mi ex iba a estar presente, que no soportaba ver a un tío sabiendo que se había acostado conmigo.

Tonta de mí, por evitar discusiones, cada vez quedaba menos con mis colegas, hasta que, cuando quise darme cuenta, solo nos relacionábamos con su gente. Ahora que soy consciente de lo que viví, veo todas las banderas rojas que ignoré. Aunque al principio era el chico más dulce del mundo, con el tiempo empezó a mostrar su verdadera cara: la de alguien dañino, cruel, manipulador, tóxico, machista… Las palabras cariñosas dieron paso a los insultos; el trato gentil, a los celos; y llegaron el control de mi teléfono, los empujones, la revisión de mis redes sociales, de mi dinero y, por supuesto, el aislamiento de mi círculo más cercano.

Sabía que todo aquello no estaba bien y echaba de menos a mi mejor amiga —a la que llevaba sin ver al menos cuatro meses— o a mis padres, con los que no me dejaba pasar todo el tiempo que quería.

Un día, Rocío se tragó su orgullo y me propuso quedar. Yo había estado ignorando sus llamadas y dejando sus mensajes en visto, pero me moría de ganas de verla. Acepté encantada, aunque nerviosa, porque sabía que a mi ex no le haría gracia. Cuando se enteró, me quitó el teléfono y me prohibió reunirme con ella, amenazándome con dejarme. A día de hoy, se me cae la cara de vergüenza al recordar que dejé plantada a mi mejor amiga, que no tuve el valor de avisarla por otros medios y, sobre todo, que no tuve las agallas para confesarle lo que estaba viviendo. Como era lógico, Rocío no volvió a escribirme.

Ocho años después, cuando las malas palabras y las amenazas dieron paso a algo más, abrí los ojos y tuve el coraje de romper con él. Muerta de miedo pero convencida, intenté volver a mi vida: estudios, familia, costumbres, amigos… Algunos quisieron escucharme y retomamos la amistad, pero Rocío no fue una de ellas.

Pude ver en redes que se había casado con Alberto, que había sido madre de un niño precioso, idéntico a ella, y que yo no había estado ahí. Intenté hablar con ella durante meses, sin respuesta. Lo mismo ocurrió con el resto de la pandilla; los pocos que me contestaron lo hicieron sin entusiasmo. Al único que le conté todo fue a Alberto, esperando que su mujer entendiera. Él fue comprensivo y me prometió que le daría el mensaje, pero no sirvió de nada.

A día de hoy, sé que todos ellos siguen siendo aquella pandilla tan unida que siempre fueron… y de la que yo formé parte un día.

Escrito por Mar Martín basado en una historia real