Tiró fuerte de la sábana que llevaba años puesta en el espejo del baño. El polvo inundó toda la estancia como si de un millón de partículas de purpurina se tratasen. Estornudó, y esto le obligó a cerrar los ojos. Se resistía a abrirlos, por miedo, por ansiedad, por arrepentimiento. Quién sabe, ni ella misma tenía muy claro por qué se comportaba de esa manera, pero estaba decidida a hacerlo de una vez por todas.

A la cuenta de tres, se dijo. Respiró hondo y empezó a contar… uno, dos y… ¡TRES! No podía, no era capaz, demasiados años de castigo, demasiados años de malos tratos, demasiadas palabras duras, demasiadas piedras en la mochila. No estaba preparada para hacerlo tan rápido ¿quizás si cuento hasta diez? Suspiró. No, no quería posponer más todo esto. No, tenía que ser justa y hacerlo de una vez por todas. Ya no había vuelta atrás.

Una, dos…¡DIEZ! Abrió los ojos y después de dos años se vio reflejada en el espejo, llevaba todo ese tiempo sin mirarse. Ni si quiera lo hacía en los reflejos de los escaparates por los que pasaba todas las mañanas cuando iba al trabajo y todas las tardes cuando volvía. Escaparates llenos de vestidos que jamás se pondría y que también había dejado de anhelar hace mucho.

Había dejado de mirarse, pero también de verse a si misma. De verse como la mujer inteligente y maravillosa que era. A pesar de su talla 54, se había anulado tanto que había perdido hasta su sombra.

Se toco la cara y permaneció inmóvil unos minutos. Por un instante apartó la mirada, pero volvió la vista inmediatamente, no había llegado hasta aquí para ser cobarde. Se había puesto una camiseta negra y unas bragas del mismo color y permanecía sentada en una silla alta.

Esbozó una sonrisa de medio lado y una lagrima recorrió su mejilla, pero como todas aquellas personas que lloran de rabia se la limpió de manera feroz. No estaba ahí para ser condescendiente una vez más, esta vez no.

Negó con la cabeza y en ese momento se arrepintió de todo lo que se había hecho a sí misma esos dos años. Siempre había sido objeto de burlas, de insultos y de vejaciones, pero nunca había comprendido que su mayor enemiga había sido ella misma.

Recorrió su silueta y miró su mano mientras lo hacía. Se tocó el brazo, desde la punta de los dedos hasta el hombro y descubrió el precioso sitio que había en esa extremidad para un tatuaje.

Hizo lo mismo con el otro brazo, con sus pies y sus piernas. Y volvió a fijar su mirada en el espejo. Descubrió el pelo de una mujer con unos ojos hermosos, llenos de brillo pero no solo por las lágrimas que asomaban como si quisieran suicidarse tirándose a un vacío ya inexistente.

Se quitó la camiseta y admiró sus pechos, sus hermosos pechos, diferentes uno del otro, pero maravillosos por su singularidad. Y su vientre lleno de estrías, cicatrices de una guerra de la que había perdido muchas batallas, pero estaba ganando en ese preciso instante.

Una nueva lagrima resbaló por sus mejillas, pero esta vez la dejo correr hasta mojar la comisura de su boca. Subió la intensidad de la luz y con un movimiento muy preciso, casi milimétrico desenfundó el neceser que llevaba años guardado en el cajón. Un brillante carmín del más sangriento rojo pintó sus labios, juntó uno con otro, se miró y admiró.

Entresacó la legua. –“Perdón”- dijo en un susurro, mientras se abrazaba fuerte a sí misma.

 

@lolamento1984