¿Alguna vez has sentido que al llegar la noche se te ponía un nudo en el estómago, unas ganas de llorar sin motivo, una ansiedad muy fuerte porque ya sabes que no vas a poder pegar ojo? Pues tranquila, no estás sola. Es algo muy común que nos pasa a muchas mamás en el postparto y durante los primeros meses de vida de nuestro retoño.
Si te ha tocado un bebé intenso, de esos que se despiertan cuarenta veces durante la noche, lloran sin consuelo o deciden que la mejor hora para montarse la verbena es a las cuatro de la mañana, seguramente afrontes cada noche con desesperación. Y resulta que eso tiene nombre: sunset scaries.
No lo he inventado yo: se lo debemos a las mamás influencers americanas, que tienen palabros para todo. Traducido sería algo así como miedo a que caiga la noche. Y si has pasado o estás pasando por un postparto chungo, estoy casi segura de que sabes exactamente de qué hablo.

Cuando nació mi segundo hijo, yo iba con una seguridad que rozaba la soberbia. Pensaba: “Bah, si ya he pasado por esto, ya lo controlo todo”. Error de novata confiada. Porque resulta que mi primer hijo fue un santo: dormía del tirón desde el mes de vida, comía fenomenal, ni rastro de cólicos… vamos, que sin yo saberlo había tenido un bebé unicornio o, como me decía mucha gente, un bebé trampa. Eran tan bueno, tan bonito, que me hizo tener ganas de darle un hermanito.
Pero cuando nació el segundo descubrí lo que era el verdadero infierno postparto.
Ese niño tenía un detector ultrasensible de cunas, carros y hamacas. Apenas lo rozabas con la sábana ya se ponía a llorar. El único sitio aceptable para dormir eran mis brazos. Muchas veces tenía que elegir entre dejarle echarse la siesta en mi regazo mientras yo no podía hacer absolutamente nada, o jugármela, intentar dejarlo en el carro para poder, aunque fuera, poner una lavadora. Como os podéis imaginar, la mayoría de las veces ganaba él y la casa seguía echa un desastre.

Pero para mí, sin duda, lo peor eran las noches. El sol se ponía y yo sentía cómo se me aceleraba el corazón. Era ansiedad pura y dura. Porque sabía lo que venía después…
Los cólicos de mi bebé, los llantos inconsolables, las tomas eternas, los despertares infinitos, la sensación de que iba a pasarme la noche de pie en el salón o en la habitación meciendo al pequeño en mis brazos para que se durmiera. La cuna tenía pinchos y los brazos de mamás eran gloria bendita.
Que ves amanecer desde la venta y te alegras de que por fin sea de día. No has dormido una mierda, estás agotada, pero al menos ya ha pasado una noche más.
Y eso son los sunset scaries: anticipar lo que sabes que se viene encima. No es solo cansancio físico, es un terror psicológico. No quieres que llegue la noche porque sabes que no va a traer descanso, sino tortura. Porque no dormir es lo peor que te puede pasar en la vida.
Te puede tocar un niño que come mal, que no quiere el puré de verdura que le has hecho con todo tu amor. O que no para, que desde que se levanta hasta que se cuesta se está moviendo, que en lugar de venir cansado del colegio, viene con ganas de bajar al parque. Pero un niño que no te deja dormir por las noches, eso si que afecta a tu salud mental.
El problema es que muchos de esos niños que dan tan malas noches en el postparto, van creciendo y no mejoran. Mi hijo pequeño acaba de cumplir 2 años y aún me hace levantarme diez veces por la noche.
Y de repente una noche, no te llama, no llora, no se levanta… te despiertas a las 7 de la mañana sobresaltada porque crees que le ha pasado algo. Te asomas a su habitación y allí está, en su cama, dormidito como un bendito. Te emocionas con la idea de que ya va a empezar a dormir del tirón porque es más mayor. Pues no. La noche siguiente vuelve a ser el puto infierno.

La maternidad real es preguntarte si de verdad sobrevivirás otra noche más con tres horas de sueño cortado. Es sentir envidia de tu pareja porque duerme un poco más que tú. Es llorar de agotamiento mientras intentas que el bebé se vuelva a dormir. Y sí, es tener sunset scaries cada maldita tarde.
¿Soluciones mágicas? No existen. Puedes probar mil trucos: ruido blanco, porteo, infusiones para ti, masajes para el bebé… pero muchas veces nada funciona. Yo lo que más necesito es que me escuchen quejarme, que alguien te diga: “Lo sé, es una mierda, yo también lo pasé”. Que no te invaliden, sino que te reconozcan el sufrimiento.
Y sobre todo, que se lleven a los niños algún día para que yo pueda dormir ocho horas del tirón alguna noche. Ese es el mejor regalo que le puedes hacer a una madre.