¿Sabes cuando de niña tus padres te decían que le dieras un beso a tu tía la del pueblo y tú decías que no? Pues ojalá de adultas nos saliese tan bien rechazar cosas. Y besos. Quizá sea porque al final te obligaban a ceder para que tu tía la que sigues sin saber cómo se llama no pensase que eras una maleducada, pero “no” es muchas veces una de las palabras que más cuesta pronunciar. Más que esternocleidomastoideo, imagínate el nivel. Porque ser una niña, una chica educada, es decir sí. Porque aprendemos desde ese “venga no seas así, despídete de la tía” que si dices “no me da la gana, esta tipa me da miedo” alguien se enfada.

De mayores esa señora con vestido de flores, de esos que, al parecer, te dan automáticamente al vivir en un pueblo con menos de mil habitantes, la encarna un jefe que te pide que te quedes un ratito más. Aunque tengas planes, o claramente, ganas de clavarle un boli y gritarle que es un explotador. Sin embargo, seguro que el mendigo que duerme debajo de tu casa empezó así, rechazando trabajar quince minutos gratis y luego nunca más le contrataron. Así que dices sí. La señora del vestido de flores pueblerino también puede ser un grupo de amigos que te llaman para quedar cuando tu pijama y tu sofá también te están llamando. Si te quedas con tu manta a lo mejor te pierdes la fiesta más divertida del año, o a lo peor, te conviertes en la amiga aburrida. Así que dices sí. Lo más heavy es cuando el círculo se cierra y son los besos lo que de nuevo das sin querer dar. Porque es tu novio y si le apetece tampoco pasa nada, no estás tan cansada. Porque es un tío que tal vez dentro de diez meses sea tu novio, aunque de momento solo sea un borracho guapo en un bar. Acaba de decirte que eres preciosa, así que dices sí. Como una niña bien educada.  

Que le den. Que le den a poner la mejilla o los labios a señoras que huelen raro. Y a quienes nos hacen daño o no nos apetecen. Nadie te lo cuenta, es un secreto mejor guardado que el de Ricky Martin y la mermelada, pero existe algo mejor que ser obediente. Y es ser libre. Crecemos con la estúpida y limitante idea de que dejarán de querernos si no nos esforzamos por agradar a los demás. Crecemos obedientemente equivocadas. Muchas veces decir no a algo o alguien es decirte sí a ti misma. Se terminó besar a señoras que no conocemos. Nos toca conocernos a nosotras. 

Amaia Barrena