Mi chico y yo llevábamos viviendo juntos un año cuando, por nuestro aniversario, decidí hacerle un regalo que lo cambiaría todo. Siempre me había dicho que desde niño había querido tener un gato, pero por distintas razones, nunca había podido adoptarlo. Por eso, al ver que nuestra relación era estable y ya llevábamos bastante tiempo juntos y conviviendo, me pareció que sería la sorpresa más especial que podía darle.
Me puse manos a la obra y contacté con la protectora más cercana. Me esforcé al máximo en todos los test y cuestionarios y, cuando me dieron el visto bueno, me pasé a conocer a los felinos disponibles. Lo tuve claro nada más verle. Se me acercó ronroneando y paseando entre mis pies, súper cariñoso, con unos ojos verdes enormes y un pelaje negro súper suave. No era una cría, tenía ya seis meses, pero me daba igual. Tenía que ser él. Rellené los papeles y le llevé a casa conmigo.
Le puse un collar con lazo y esperamos a que mi chico volviera del trabajo. Me moría de la ilusión imaginando su reacción. Se abrió la puerta y Garfio, como le habían asignado en la protectora, salió corriendo a recibirle, curioso.

De entrada, se quedó petrificado y con cara de desconcierto. Miró al gato y me miró a mí. De acuerdo, no era la reacción de emoción y lágrimas que había imaginado, pero bueno, era normal que se sorprendiese. Cuando le expliqué todo se relajó un poco y fue acercándose a Garfio, ya con la sonrisa que yo esperaba ver en su rostro.
Los primeros días fueron geniales, todo risas, alegría y selfies con el gatito. Era un pequeñín super divertido y cariñoso. Pero los problemas no tardaron en aparecer. Y es que cuidar de un animal requiere atención y sacrificios. Los gatos son muy independientes, pero hay que estar atento a sus horarios, limpiar el arenero, darle juego y cariño. Y me fui dando cuenta de que su nivel de implicación era mucho menor que el mío.
La primera discusión fue por el arenero. Nunca lo limpiaba cuando le tocaba a él y tenía que limpiarlo yo al volver cansada del trabajo. La siguiente porque el animal había rascado un mueble. Después discutimos por el aumento del gasto que suponía tener una mascota. Y así, una tras otra. Yo cada vez me sentía más frustrada, porque mi intención al añadir a Garfio a nuestra familia era tener junto a nosotros un símbolo de nuestro amor y nuestra implicación, un pequeño ser vivo al que cuidar y querer entre los dos. Y su falta de atención hacia él me dolía como si me lo hiciera a mí. Ese símbolo de amor se convirtió en la representación de nuestras diferencias y nuestros problemas.

Un día, tras la enésima discusión motivada por Garfio, estuve meditando y me di cuenta de algo fundamental: el pequeño felino solo era el detonante. Pero el problema real entre nosotros estaba mucho más arraigado. Él no había sido capaz de implicarse en el cuidado y crianza de un ser vivo adorable que dependía de nosotros. Pero las señales estaban ahí antes de eso. La casa la cuidaba y limpiaba principalmente yo, si se estropeaba algo tenía que pasar semanas pidiendo que lo arreglase y muchas veces también lo acababa haciendo yo, no era detallista y solía olvidar las fechas señaladas (aniversario, cumpleaños…) que le tenía que recordar yo, etc. Me di cuenta de que su nivel de implicación y responsabilidad en la relación era muy desigual al mío, y no solo con el cuidado y cariño del gato.

En cuanto me di cuenta de eso, todo fue de mal en peor. Las discusiones aumentaron, porque yo me negaba a dar mi brazo a torcer si sabía que llevaba la razón. Antes de eso, solía ser yo quien zanjase las discusiones al callarme, pero ahora tenía mucho que decir. Llegó un momento en que la situación fue insostenible y rompimos. Por supuesto, me llevé a Garfio conmigo. Hice bien en no añadirlo a él en los papeles de la adopción, después de todo. Aunque lo cierto es que no hizo ni el intento de quedarse con el gato. No le quería.
Lo pasé mal y al principio me echaba la culpa a mí misma por haber traído a Garfio a nuestras vidas. Al fin y al cabo, creía que éramos felices antes de eso. Pero ahora, con el tiempo y la distancia, he podido ver que Garfio me salvó de una relación infeliz y desigual que no me habría traído nada bueno. Además, el amor de mi gatito es más que suficiente para sentirme completa, y el que quiera compartir mi vida en el futuro, tendrá que amarlo a él también.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.