Querido diario

Carta a mí a mis 19 años

Querida Yo a mis 19 años:

Gracias por haber sido tan imbécil y tan fantástica a la vez. En serio.

Si los viajes en el tiempo fueran posibles y pudiera retroceder a cuando teníamos 19, podría mirarte muy seria y enumerar una a una todas esas cosas que estás haciendo mal y que sólo a mis treintaytantos soy capaz al fin de distinguir. Sé más valiente. Sé más constante. Haz más. Fuma menos. Cuídate más el cuerpo. Quiérete más. Duda menos. Fuera miedos y complejos. Perdónate de una vez.

Y es que a veces miro atrás y digo, menuda imbécil.

Pero no. Si los viajes en el tiempo fueran posibles de nada serviría volver para reñirte. Sólo volvería para decirte GRACIAS.

Gracias por haber sido una retrasada del corazón. Por acostarte con ese imbécil, por enamorarte de ese subnormal y por llorar tantísimas noches por ese perdedor. Por no perder nunca la fe y por haber querido una y otra vez, sin miedo y amnésica, a tanta gente equivocada. Por obsesionarte con los mecanismos poco rígidos del amor, por no saber escoger tus batallas, por elegir pelearlas todas. No, no hemos mejorado: aún no sé qué es el amor ni de qué se compone, pero te agradezco el haberme entrenado el corazón para volverlo al mismo tiempo fuerte y vulnerable, esa combinación contradictoria que es la única manera en la que sé querer. ¿Recuerdas al tío ese del bar con el que nunca te atreviste? Te lo reencontrarás en unos años y follaréis sin honradez tras un subidón de Johnnie Walker. Sí, será tu novio. No, no nos casaremos con él.

Gracias por no cumplir tantísimas promesas. Por prometerte nunca trabajar en una oficina y por terminar trabajando en una oficina. Por prometerte nunca teñirte el pelo para luego volverte rubia, morena y pelirroja. Por prometerte querer para siempre y que la eternidad te dure cinco semanas y media. Por dar marcha atrás y hacer el moonwalk tantas, tantas veces. Gracias por dejarte sorprender, por volverte cosas que nunca imaginaste que serías, por descubrir que de promesas rotas es que se abren todas las puertas y por hacernos cruzar siempre los umbrales del cambio: muerta de miedo, pero cruzando. Acéptalo de una vez: esos no son pelos rubios, son canas. No, no irán a menos con el tiempo. Si, ser pelirroja es lo más.

Gracias por ser una reverenda vaga. Por faltar a todas las clases de matemáticas y por perder las horas largas con las antologías de Benedetti y tropecientos cafés. Por dejar pasar las tardes universitarias con esos amigos nuevos y raros que hablaban de lite, de filo y de hacer teatro. Hey: Gracias por hacer teatro. Por persistir en ello y por descubrir que la vida es mucho más que rigidez y fórmulas exactas. Por aprender a sortear esos territorios poco familiares de la gente a la que no conoces de nada, por escogerlos a ellos como amigos y, sobre todo, por dejarte escoger. Ahora son sólo compañeros de tablas y cervezas pero serán ellos quienes, a lo largo de los años (de tus caídas y tus tropiezos), te harán volver a la vida una y otra vez. Serán siempre ellos, y nunca las integrales y derivadas. Esas para qué.

Gracias por tropezar al andar. Por ser lenta e insegura. Por dudar una y mil veces y por vivir aterrorizada. Por beber. Por fumar. Por hundirnos. Por ordenar y que nunca nada esté ordenado. Por vivir en un permanente Hiroshima, por llevarnos a terapia, por ser una volátil del coño. Por saber hacernos pequeñas y permitirnos encajar en lugares nuevos donde luego, fortalecidas, nos hicimos enormes. Gracias por darte cuenta, desde el abismo, de que sin luz no hay sombras. No, no te vas a morir en las próximas 24 horas. 

Gracias por querer a mamá. Por querer a papá. Por querer a tu familia entera con sus fracasos y sus genialidades, por quererlos incluso cuando los quieres matar. En unos pocos años estaréis todos repartidos en cuatro países y será necesario que los quieras mucho más que ahora para ser capaz de construir los puentes que unen el cariño y la distancia. Gracias por haber entendido tan joven que el amor nunca es un error y que perdonar con sinceridad, tampoco. En eso no fuiste nada imbécil, y te lo agradezco con el corazón. Por si sientes curiosidad: mamá acaba de cumplir 70 años. Sí, está muy bien. Sí, está más bonita que nunca.

Y óyeme:
Sé que te duele.
Sé que te cuesta.
Sé que no es fácil tener 19 y no saber quién eres ni qué quieres de la vida ni nada de nada. Si los viajes en el tiempo fueran posibles me gustaría que viajases a 2015 y que vieras que resultaste bien. Que resultamos bien. A los treintaytantos seguimos sin tener muchas respuestas, pero ha sido a pesar de todo lo imbécil que fuiste (y también gracias a ello) que nos convertiste en una tía muy de puta madre. ¿Me ves? No te tiranices más por tus desaciertos y descuidos: hoy más que nunca siento que mi vida vale la pena. Porque tú a tus 19 vales la pena. Hemos triunfado al fin en esas pequeñas grandes batallas emocionales así que gracias, pequeña, por hacerme imbécil y fantástica.

Si pudiera volver otra vez hacia atrás repetiría mil veces todo lo que hemos pasado (Leiva VS Ferreiro – Anticiclón)

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