Lee aquí la primera parte del relato

 

Rocío podía ser una metiche, un poco cotilla, pero en absoluto mentirosa. Así que no me extrañó cuando justo unos minutos antes de la hora de comer recibí un aviso en mi correo electrónico citándome a mí y buena parte de mis compañeros para una reunión importante. Sin más detalles, tan solo un breve apunte en el que Roberto, nuestro jefe, nos invitaba a abrir la mente para una serie de cambios que debían llevarse a cabo.

Y los minutos pasaron lentos hasta la llegada de la hora señalada en aquel email. La oficina se había convertido aquel mediodía en un rebumbio de susurros y comentarios intentando dilucidar qué era lo que estaba ocurriendo. Algunos sin darle mayor importancia, otros rezando y ya pensando en qué sería de ellos en el paro. Yo me había encerrado en mis propios miedos, intentando encontrar un poco de luz en aquella mierda de día.

Buenas tardes, no quiero prolongar más la espera. Somos muchos y necesitamos tomar decisiones cuanto antes, así lo piden desde la sede central y así lo haremos.‘ Roberto estaba más serio que nunca, él, que había entrado a la empresa pocos meses antes que yo, siempre se había caracterizado por ser un jefe capaz y muy empático con sus empleados. Verlo tan recto, con la voz un poco titubeante y evitando mirarnos a los ojos, daba terror, auténtico pánico.

La cuestión es que la oficina de Roma se desmorona. Desde la central no han querido dar demasiados detalles, pero hasta donde hemos podido saber, muchos de los managers han decidido rescindir su contrato. Sin más, por mi parte en una semana estaré en la oficina de Roma tomando el mando, y necesito voluntarios o no voluntarios que se unan a mí. La situación es complicada, no sabemos por cuánto tiempo estaremos allí, pueden ser meses o años, sé que es difícil, pero no saldremos de esta sala sin una solución…

Mis ojos se abrieron como dos persianas en pleno verano. Respiré hondo y una energía muy extraña me invadió por completo. Mis manos dejaron de sudar, el dolor de cabeza cesó al instante y un impulso bestial me hizo saltar de mi silla. El mono con platillos de mi cerebro me observaba asombrado.

Cuenta conmigo, Roberto.‘ Allí estaba, sin pensarlo, sin meditarlo, sin darme más opciones.

Mi jefe, aquel chico de mi edad que había demostrado su valía en aquella oficina, giró su mirada hacia mí casi emocionado y sin creerse muy bien lo que estaba pasando. Yo sonreí ante la incredulidad del resto, que me veían allí de pie como si ahora el mono estuviese posado sobre mi pelo. No tenía ni la menor idea de lo que acababa de hacer, mi yo interior tan solo había escuchado Roma y tiempo indefinido. ¿Buscar una salida para lo que me estaba pasando? ¿Estaba huyendo? ¿Qué narices acababa de hacer?

Tras dos horas de deliberaciones otras tres personas se unieron a nuestro equipo, con muchas dudas y algunas quejas al respecto pero al menos con un extra en su nómina que les ayudaría a dar el paso. Poco a poco todos abandonaron aquella abarrotada sala. Roberto recogía sus papeles y yo me disponía a encerrarme en mi pecera para darme unos cabezazos contra la pantalla de mi ordenador.

Elena, muchísimas gracias por dar el paso, de verdad. No esperaba en absoluto que fueras tú la primera. Todo esto es una locura pero tenemos que hacerlo…‘ Roberto seguía pensativo, era evidente que aquello no estaba siendo nada sencillo para él. ‘Me pidieron que eligiese, que me quedase y enviase a gente de confianza, pero el primero que tengo que dar ejemplo soy yo.

Le honraba. Por eso había llegado tan lejos contando con una plantilla que lo adoraba y a la que le encantaba trabajar a su lado.

Si al final los que salen perdiendo son los que se quedan aquí ¿te imaginas que ascienden al petardo de Paco para liderar la oficina? ¡Antes en Roma que aguantar eso!‘ Procuraba restar un poco de hierro a aquella situación. Roberto sonreía aunque todavía podía atisbarse un resquicio de malestar en su interior. ‘No será para tanto, además, Roma no está tan lejos, al final podrás volver para ver a tu gente siempre que quieras.

Me di cuenta, ellos tenían a esa gente para visitar, yo estaba literalmente buscándome una vida lejos de Madrid esperando que al menos Roma me diese una oportunidad.

Bueno, digamos que aquí tampoco dejo tanto… Ser adicto al trabajo es lo que tiene, que no te atas a nadie. Y mis padres ya han dicho que pasarán medio año visitando el Vaticano.‘ La gran sonrisa que caracterizaba a Roberto había vuelto, más sincera que nunca. ¿Le había ayudado? Era evidente que de algún modo sí.

Volví a mi despacho, cerré cada una de las persianas buscando intimidad en medio de aquella gran locura. Era casi de noche y la gente empezaba a irse. Descolgué el teléfono ansiosa, miré mi agenda nerviosa. Aquello no daba opción a valoraciones, en tan solo tres días estaríamos volando hacia Italia. Gemma contestó burlona, tratándome con un apelativo cariñoso en torno a lo pesada que me había vuelto en los últimos meses.

Cállate tía, tengo novedades, y creo que me vas a matar. La semana que viene me voy a vivir a Roma.

Se hizo el silencio. Los segundos pasaban y allí no había respuesta. Solo podía escuchar la respiración de Gemma, todo un alivio.

¿Me has oído? Me voy, la empresa necesita gente allí y me largo, con Roberto y algunos más del equipo. ¡Gemma! ¡Dime algo, joder!

Madre mía, amiga. Tú eso de cerrar puertas y abrir ventanas te lo tomas al pie de la letra ¿eh?

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Había repasado tantas veces las cosas por hacer que ya me las sabía mejor que el Padre Nuestro que las monjas me hacían repetir cada mañana antes de empezar las clases en la EGB. Gemma se haría cargo de devolver a mi casera el piso que habíamos conseguido vaciar casi por arte de magia (magia y el buen hacer de mi fiel amiga, que ya atesoraba en su casa muchas de mis pertenencias). Mis padres se habían sorprendido, casi más que el día que mi hermana y Felipe nos habían desvelado su affaire erótico-festivo.

Roberto me había llamado hacía tan solo unos minutos, vendría a buscarme en un taxi para ir juntos al aeropuerto. Pasaríamos los primeros días alojados en uno de los hoteles de la compañía, mientras tanto nos tocaría buscarnos la vida en Roma para encontrar un piso que pasase el filtro de nuestros jefes. Estaba nerviosa pero también emocionada, un poco triste por no sentir ni un poco de pena por dejar atrás Madrid. ¿Qué me pasaba? ¿Tenía el corazón de piedra o qué?

Entré en el taxi sentándome junto a Roberto, que olía a una mezcla entre aftershave y perfume que parecía meticulosamente medida. Su sonrisa se volvió a dibujar mientras se colocaba la chaqueta con cuidado. El coche se puso en marcha.

¿Preparada? Menuda aventura en la que nos hemos metido, Elena…

Creo que no he estado tan segura de algo en toda en vida.

Continuará…

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