Lee aquí la primera parte de KARMA.

 

Para que podáis entender lo importante que fue Leo en mi vida, antes tenemos que echar la vista atrás, bastante atrás, exactamente a cuando yo tenía quince años, iba a un colegio religioso, era la más brillante de la clase casi sin estudiar, llevaba uniforme con faldita escocesa y un gilipollas tuvo que venir a joderme la vida.

Quince años, quince. Ya os adelanto que este capítulo no será plato de buen gusto para nadie, pero bueno, es lo que tienen las historias de verdad, que tienen que arañar el corazón de quien las lee. No acostumbro a contar esto, de hecho Leo no lo sabe, mi familia y amigos no lo saben y en resumidas cuentas lo sabemos cinco personas: mi madre, mi mejor amiga del instituto, tú, Alejandro y yo. Alejandro, qué nombre tan bonito para grabar a fuego en tu ser.

Pues bien, yo era una adolescente bastante corriente, complaciente e inocente. Tenía a mis padres contentos, a mis profesores contentos y a mi yaya más que orgullosa. Era una chica con muy buenas notas, un don para la escritura, para recordar con facilidad datos y soltarte una milonga de dos folios por delante y por detrás en un examen para que creyeras que sabía del tema diez veces más de lo que en realidad sabía. Siempre he tenido mucho morro, es un hecho.

 

Mi vida era bastante corriente: instituto, academia de inglés, clases de teatro, estudiar, salir con las amigas a cenar a un bar que se llamaba Don Gruñón, hacer un poco el tonto en la discoteca los sábados hasta la una, hora en la que mis padres me recogían con el coche dos calles más arriba de la Saranda (antro maravilloso que vio los mejores momentos de mi adolescencia) y leer, mucho, Harry Potter y Crepúsculo en el top de mi lista. Eso era todo.

Bien… ¿Cómo empezar a hablar de Alejandro? Era moreno, pelo rapado casi al cero, ojos verdes, familia desestructurada, rabia contenida y un don acojonante para hacerte sentir especial. Ah, y veinte años. Yo tenía quince cuando empezó todo, él tenía veinte. No sé si es un dato relevante o no, a mi me lo parece. Eso de que el amor no tiene edad… A veces deberíamos revisarlo un par de veces antes de decirlo.

Pues bien, Alejandro era del pueblo de al lado, era chico de moto gorda, ojos penetrantes, cara de pocos amigos y con evidentes problemas con el alcohol. Alejandro siempre estaba bebiendo, fuera fin de semana o no. Alejandro siempre tenía una cerveza en la mano, Alejandro tuvo que dejarse el instituto para trabajar y así poder ayudar a su madre, Alejandro no hablaba con casi nadie, solamente estaba ahí de pie, con sus amigos, haciéndose el interesante, siendo interesante para mí.

Mis años de adolescencia coincidieron con la época dorada de las discotecas de mi pueblo, todos los habitantes de la zona y pueblos de alrededor venían cada fin de semana a salir de fiesta en nuestras discotecas, las mejores: la Saranda y la Quint. La Saranda era para los menores y la Quint para los mayores. Pero todos los mayores calentaban motores en la Saranda, hasta que llegaban las dos o tres de la mañana y ya se movían a la buena, a la grande, a la inalcanzable Quint. Cuántas noches soñando con pisarla aunque fuera durante un par de canciones… Ay, qué recuerdos.

Bueno, que me lío. El caso, conocí a Alejandro en el billar de mi discoteca de confianza, cerveza en una mano, palo de madera en la otra. Alejandro me miraba, era el único chico que lo hacía. Yo era preciosa, como lo soy ahora, pero ahí todavía no lo sabía. No es que yo me sintiera fea ni mucho menos, pero digamos que todavía no sabía quién era. Yo era la gordita de mi grupo, la simpaticona, la que caía bien a todos, pero la que no gustaba a nadie, la eterna mejor amiga a la que todos se acercaban para preguntar por alguna otra chica de mi grupo. Ay, pequeña Laura… si tú supieras.

Me acerqué a él, yo. Después de semanas y semanas y semanas mirándonos sin intermediar palabra, asumo que sería el subidón del vodka negro con limón, pero saqué ovarios de no sé dónde y fui al baño justo cuando sabía que él estaba dentro. Me hice la encontradiza cuando abrió la puerta y el principio de mi fin comenzó con un simple:

-Hola, me llamo Laura. 

-Yo soy Alejandro. 

Y nos miramos, como habíamos hecho tantas veces de una punta a la otra del garito, pero ahora frente a frente, con apenas unos centímetros separándonos. Me puse roja, como un tomate. Me gustaba ese chico, me gustaba de verdad. Y por desgracia yo no sabía cómo funcionaban las cosas, cómo se tenía que hablar con alguien que te gustaba, cómo se tenía que sentir. Pero él sí, él sabía mucho, él sabía demasiado.

¿Ya está? ¿Eso es todo lo que me vas a decir? ¿Te has presentado para no decirme nada más que tu nombre?

Bueno… Es que no sé muy de qué hablar, me ha costado mucho decidirme y la verdad es que no he pensado muy bien en ningún tema de conversación para poder sacarte. 

-Pero no te pongas nerviosa Laurita, que no muerdo. Todavía. 

Putos fuckboys de los cojones. Yo sé que todos aquí hemos visto a tres metros sobre el cielo, after o cualquiera que sea la película de malote conoce a chica mona y se enamoran, todas soñamos con un macho alfa que nos proteja, que nos vuelva locas y que nos mate de amor. Spoiler: NO SALEN BIEN. 

Pues nada, a la Laura de quince años después de ese ‘que no muerdo, todavía’  se le incendió el chichi que ni el vestido de Katniss en los juegos del hambre. Me colgué de él, como sólo una inocente romanticona enganchada a los libros de Crepúsculo se podía enganchar.

No quiero perder el tiempo en los detalles de cómo nuestra relación avanzó, esta historia no va de eso, así que me voy a saltar la parte en la que me recoge del colegio con la moto, me lleva a tomar helado, nos colamos en piscinas públicas de madrugada, pierdo la virginidad cuando no estaba preparada, me empiezo a alejar de mi gente, me centro solamente en él, descuido mis estudios, empiezo a caer en las garras del maltrato psicológico, luego pasamos al físico y acabo embarazada a un mes de cumplir los dieciséis.

No fue bonito, no fue nada bonito. Alejandro me pegaba, por mi bien. Alejandro no me dejaba quedar con mis primos porque decía que quería follármelos. Alejandro no me dejaba hablar con el camarero porque decía que le quería chupar la polla mientras me tomaba nota. Alejandro no conoció a mis amigas porque eran una niñatas que me comían la cabeza con mil mierdas. Alejandro se ponía celoso hasta de mi propio padre. ¿Cómo llegamos a eso? Aún no lo tengo claro, fue poco a poco, muy poco a poco, tan despacio como crece el césped, sin que te des cuenta, pero sin cesar.

Yo no hablaba con nadie de Alejandro, no solamente porque él no me dejara, si no porque nadie me quería escuchar hablar de él. Si alguna vez tenía movida con él e intentaba contárselo a alguna amiga ya no funcionaba, habían sido tantas las veces de ‘te juro que esta es la última, ya no lo permito más’ que todas acabaron cansadas de mí. Mis mejores amigas me dijeron ‘o lo dejas o nos dejas’. No quiero que penséis que eran malas amigas, quiero que penséis que eran personas que me querían que ya no sabían qué hacer conmigo, yo no atendía a razones, daba igual lo que me hiciera, yo siempre volvía arrastrándome a él.

Cuando me quedé embarazada me pilló de susto, muy de susto. Yo no tenía educación sexual alguna, en mi colegio no se hablaba de ello, en mi casa no se hablaba de ello y con mis amigas no se hablaba de nada que no girara en torno a Jacob o Edward Cullen. Era una petardilla inocente y cuando él me dijo que ‘no uso condón porque me aprieta’ yo lo entendí, lo respeté y ni lo cuestioné. Y ya, sin más. Demasiado tiempo tardé en quedarme embarazada.

La regla no me bajaba, desde que lo noté hasta que me atreví a hacerme la prueba pasaron cinco semanas, es decir, cuando me quise dar cuenta estaba de dos meses. Se lo conté a mi mejor amiga del instituto, le puse el test de embarazo en su mochila, le dije que fuera al baño a mirar lo que había dentro y así sin más, después de meses y meses, dejé que alguien me ayudara, la única persona que estuvo ahí para mí: Lorena.

Lorena era igual de petarda que yo, le pareció lógico el no uso del condón ante el apretamiento del pene y la verdad es que a día de hoy me río cuando nos recuerdo a los dos sentadas en la baño de un colegio de monjas, con un test de embarazo en la mano, sin tener ni idea de qué decir o de cómo decirlo, pasando minutos en silencio que se rompían por un:

-¿Qué vas a hacer?

-Pues no lo sé.

-Bueno… ¿y cómo es follar?

-Pues raro.

-¿Pero te gusta?

-No estoy segura.

-Pues yo quiero follar.

-En realidad no está mal, pero eso, es raro.

Desde que se le conté a Lorena hasta que se lo dije a mi madre pasaron quince días más y lo hice amenazada por ella, que básicamente me dijo que o se lo decía yo o se lo decía ella -la cabrona me vacilaba mazo, cada vez que teníamos que entrar a clase me dejaba pasar delante y me decía ‘las embarazadas primero’ yo la miraba con cara de TE VOY A MATAR, luego nos reíamos y gracias a esas pequeñas bromas de mierda yo era capaz de ser persona dos veces al día. No deja de alucinarme cómo en los momentos más oscuros seguimos siendo capaces de reír.-

Voy a ahorraros también el drama maternofilial de hija perfecta que le cuenta a su madre delante de un plato de macarrones con tomate que está embarazada de un chico seis años mayor que ella teniendo recién cumplidos los dieciséis.

Después de cruzarme la cara, llorar, gritar y no entender nada me preguntó que qué quería hacer, yo le dije que no tenía ni idea, que solamente tenía miedo. Me preguntó si Alejandro lo sabía, le dije que no. Me dijo que teníamos que hablar los tres y eso hicimos, quedamos los tres en un bar, no recuerdo prácticamente nada de todo lo que viene después. Sé que salimos de ahí diciendo que iba a abortar, que iba a pagar mitad mi madre y mitad él, que era lo mejor para todos y que dentro de unos meses nadie se acordaría de nada.

Una semana después me vi sentada en la camilla de un hospital con las piernas abiertas, viendo cómo un señor con bata blanca me metía un aparato metálico que parecía un pato por la vagina. Estaba frío, muy frío. Solo recuerdo eso, el frío.

El frío del hospital, el frío de llegar a casa después, el frío al recibir un correo electrónico de Alejandro:

Laura, 

Creo que hemos llegado a nuestro límite, ya no podemos seguir viéndonos. Me voy de Valencia, lejos. Te he bloqueado en todas partes y he borrado tu número, haz tú lo mismo. 

Un beso, 

Alejandro. 

Un correo electrónico. ¿Eso era todo? ¿Un correo electrónico? No entendía nada, absolutamente nada. Solo que había abortado un bebé que nunca sabré si yo quería tener o no, que mi novio me había dejado y que al día siguiente fui al colegio como si nada.

 

Tarde en volver a hablar, mucho tiempo. Más de diez meses. Tardé en dejar de intentar contactar con él a cada instante, más de diez meses. Fui a su pueblo, pregunté a sus amigos, a desconocidos y a cualquier persona que me pudiera decir cualquier cosa. Lo busqué en todas las redes sociales, le escribí más de doscientos mails y nada, Alejandro se fue para no volver y menos mal.

Le conté a Lorena cómo fue todo, porque se lo merecía y cuando terminé le dije que esa sería la última vez que íbamos a hablar del tema. Y así fue, desde ese día no se lo he contado a nadie más hasta ahora. Por eso somos cinco quienes lo sabemos: mi madre, Lorena, tú, Alejandro y yo.

Después de aquello vino la oscuridad, el dolor y la soledad. Mis padres decidieron que lo mejor era cambiarme de pueblo. Yo ya no tenía nada allí y veían que no había forma de sacarme de aquel pozo. Fui al psicólogo durante meses, me puse en manos de la mujer que me cambió la vida y que me hizo ser persona de nuevo, mejorada, más entera, más segura, más mujer. Os he mentido, la historia la sabemos seis personas, a ella nunca la cuento porque para mí no es una persona, no sé muy bien cómo explicarlo, pero básicamente como si fuese Dios en la tierra, le debo tanto a esa mujer… Me hizo entender que Alejandro me hizo un favor yéndose, porque si por mi hubiera sido jamás lo hubiera dejado ir.

-Hace nada me enteré de que mi padre le amenazó con matarle si volvía a verlo cerca de mí, le dio dinero y le dijo que se alejara para nunca más volver, o sea, que no se fue porque quiso, se fue porque le echaron. Mi padre puede ser muy chungo cuando quiere. Papá, no sé si estás leyendo esto, pero lo siento y gracias, de todo corazón.-

Y en medio de todo esto nació Karma, nueva ciudad, nuevo nombre, nueva persona.

Desde Alejandro no volví a tener sexo hasta los veinticinco, llámalo trauma, llámalo esperar al momento adecuado, llámalo esperar a la persona adecuada. Pero bueno, ya os hablaré de Gabi en otra ocasión, solamente os dejo de aperitivo que tuvo que esperar seis meses para verme desnuda, viviendo juntos y siendo novios, con veintiocho años que tenía el señorito. Qué santo varón, qué santa paciencia.

Por eso Leo es tan especial. Porque en mi vida solo ha habido cabida para Alejandro, Gabi y él. Con Gabi me costó horrores poder sentirme segura, libre, desnuda. Con Leo todo sucedió la primera noche y es que a veces la vida no es más que eso: un match en Tinder.

Instragram: @tereburbujea

No sabes la ilusión que me haría que me dijeras qué te ha parecido esta segunda parte, si quieres saber más y si te ha gustado.