Estaba revisando tranquilamente mis redes sociales cuando me aparece un vídeo de una joven con cierta notoriedad, de las que tienen varios miles de seguidores. Usando un audio en tendencia y con una breve “performance”, venía a decir que daría lo que fuera por ser una de esas chicas con ombligo vertical.
¿Ombligo vertical? ¿Pero qué coño es eso ahora?
Me pongo a buscar, más por la curiosidad de ver cómo es uno que otra cosa, y me encuentro no solo con el ombligo vertical, sino con una lista de diferentes tipos en orden, desde el aceptado como más bonito hasta el considerado más feo.

Todo el mundo ahora a mirarse el ombligo.
¿No me digas? ¿Tienes uno de esos salidos? ¡Oh, qué horror! No se te ocurrirá ponerte en bikini en la playa, ¿verdad?
¿O es uno de esos en horizontal tan grotesco, tipo ojo de Horus? Bueno, podría ser peor. Podrías tenerlo salido o con una hernia umbilical colgando.
No teníamos bastante con la imposición de una figura delgada y en forma de reloj de arena para que el mundo nos catalogue como atractivas.
Con no poder tener texturas en la piel, ni pelos.
Con que se nos recriminen los tobillos anchos como el mayor crimen estético de la vida.
Con que se consideren los pies grandes como una aberración propia de payasos, muy poco femeninos.
Y otro montón de atropellos que me podría llevar meses recopilando.
Es verdad que el ombligo se ha asociado mucho a la sensualidad, pero antes era suficiente con estar perfectamente encuadrado en un vientre plano. Ahora el canon ha llegado a una parte destinada a almacenar pelusas y que nos da repeluco tocar muy profundo. Un sitio que, en vida, no vale más que para recordarnos nuestra condición de vivíparos.
Un día alguien decidió que se veía bonito con un piercing, y muchas estuvieron de acuerdo y se sometieron a mutilación y a un largo periodo de cura que, muchas veces, terminaba en infección y dolor. Pero, al margen de esta aportación destacable a la estética en toda su trayectoria, el ombligo era algo relegado a la ignorancia. Pues ahora tiene su canon.
¡Basta!
He de decir que el mío es de lo que provocan náuseas, al parecer. Los dictadores de los cánones le dan un triste cuatro porque se ve algo profundo y oscuro, y eso no mola. He probado a tirarme en la cama y estirar mucho mucho los brazos y las piernas, a todo lo que da, pero ni así se vuelve vertical. Qué lástima.
Para sorpresa de NADIE también hay cirugías del ombligo. Umbilicoplastia, se llama, y la venden por ahí con un eslogan: “mejora el tamaño, la forma y la posición de tu ombligo”. La operación no tiene ningún objetivo más allá de lo supuestamente estético, obvio, como tampoco hay nada más allá de lo presuntamente estético en tener el pecho más grande. Pero lo de las tetas se puede entender por histórica carga erótica asociada a la feminidad, pero coño, ¿el ombligo? Me bajo de la vida.
Una tiene ya muchos pelos en el chocho para que estas cosas le afecten. Me he venido a contarlo por el placer de hacerlo, no porque de repente me pase el día examinándome el ombligo para torturarme con lo feo que dicen que es. Pero me molesta que haya gente con mucha atención y foco difundiendo estas gilipolleces.
Lo de siempre. Las jóvenes piensan que ningún esfuerzo es suficiente para verse bien y que, si no se ven bien, no son válidas. El sistema y sus aliados/as no saben ya qué coño inventarse para que estén insatisfechas y sigan invirtiendo en su cuerpo.
Azahara Abril
(IG: @azaharaabrilrelatos)