Mis amigos nos dijeron que se casaban a tres días del evento. Casi nos da algo, porque no teníamos tiempo de prepararles nada, ni una cena antes, ni un vídeo emotivo ni una buena comida para ese día. Ellos insistían en que no era necesario, que no harían nada especial, pero igualmente queríamos poder celebrar con ellos su amor y devolverles un poquito los detalles que ellos se habían currado para las bodas de los demás del grupo de amigos. Así que nos pusimos manos a la obra.
Manuel nos avisó de que si queríamos hacer algún plan, fuese hacia la noche, pensamos que tendrían planes familiares y que a los amigos nos dejarían para más tarde, hacer algo informal y distendido. Seguían insistiendo en que no harían nada… Pero no imaginábamos hasta qué punto.
Les pedimos permiso para entrar con ellos en el juzgado, aunque fuese un mero trámite, nos hacía ilusión poder presenciar el si quiero y la firma e incluso grabar esa parte un poco peñazo en que les leen los derechos y obligaciones y todo eso. Ellos no pusieron problemas, pero nos advirtieron de que no estábamos interiorizando bien lo que nos querían decir. Y tenían razón.

Ese viernes llegamos a la puerta del juzgado los amigos de los novios. Éramos 7 y no sabíamos a quien más llevarían, así que intentamos no hacer mucho ruido ni llamar mucho la atención. Todos vestíamos ropa informal, pero no de diario. Los chicos llevaban camisa y americana, para que os hagáis una idea del estilo. Cuando se acercaba la hora que nos habían marcado, vimos a Laura bajar la cuesta de al lado del juzgado corriendo. Llevaba una malla negra, como la que uso yo para andar por casa, y una camiseta larga con un dibujo de un personaje Disney. Diría que el fabricante lo hizo pensando en que se usase de camisón. El pelo recogido en una coleta de esas que te haces para sacarte el pelo de la cara para hacer una limpieza rápida por casa. Creímos que había pasado algo y no entendíamos por qué no nos había llamado por teléfono. Entonces se acercó muy nerviosa y nos dijo “Tenemos un problema, ¿alguno de vosotros aparcó el coche en esta calle?”, todos negamos con la cabeza y nos miramos extrañados entre nosotros. Cuando le preguntamos que qué pasaba y nos lo iba a empezar a explicar, le sonó el teléfono y nuestras dudas se fueron despejando a medida que la escena de volvía más bizarra. Ella contestó y pudimos oír la voz de Manuel al otro lado. “No, no hay sitio, no sé qué puedes hacer, déjala en el parking que hay dos manzanas más abajo y ven corriendo, que no llegamos”. Él protestó algo más y ella le dijo: “Eso como tu veas”.

Entonces vimos aparecer al fondo de la calle la furgoneta de reparto de paquetería de nuestro amigo, con él al volante vestido de uniforme. Se acercó a nosotros y nos preguntó si a alguno le importaba vigilar por si venía la poli y contarle la situación al agente, si fuese el caso, mientras él no podía salir para intentar evitar la multa. Y, delante de nuestras caras de asombro, montó las ruedas de un lado en el bordillo de la acera del lateral del juzgado, puso los intermitentes, comprobó que las puertas de atrás estuvieran bien cerradas para asegurar que la carga no corría ningún peligro, y se fue a casar, con sus manos llenas de polvo de pasar la mañana cargando paquetes, con su uniforme llamativo con el logo en el pecho de una conocida compañía de paquetería y con el asombro de sus amigos más cercanos.
Si en ese momento me dan un bofetón creo que ni me entero. Pero lo mejor no acaba ahí, y es que, al salir del juzgado, se dieron un piquito rápido y ella subió de nuevo la cuesta por la que 20 minutos antes la habíamos visto bajar y nos dijo que nos vería por la noche, que había dejado las lentejas al fuego a cargo de la vecina y no la quería molestar más. Manuel nos dijo que se iba corriendo para que le diera tiempo de terminar el reparto de la mañana para poder ir a comer a casa. Y allí nos quedamos los 7, con cara de idiotas, intentando entender qué había pasado. Los testigos habían sido unos vecinos que ya estaban dentro, por eso no los vimos, aunque también iban mucho más elegantes que los novios.

Esa noche les habíamos organizado una cena en un sitio donde celebrábamos muchos eventos. Pero, dadas las circunstancias de esa mañana, decidimos acudir todos en chándal o ropa vieja, con manchas y despeinados. Ellos vinieron a la hora esperada y no pararon de reír en toda la noche.
Si es que a la gente hay que escucharla. Si no van a hacer nada especial, es que no van a hacer nada especial.