Lo que me ocurrió a mí he ido descubriendo que no es casualidad y que, de hecho, hablando con especialistas, es bastante más común de lo que pensamos. Vamos, que no soy un unicornio: hay más como yo, solo que no relinchamos tan fuerte. Pero empecemos por el principio.
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A uno de mis hijos le diagnosticaron trastorno del espectro autista cuando tenía 12 años. Grandecito ya, diréis… Pues sí. Porque, aunque yo insistía e insistía en que algo raro le pasaba, como en la escuela no causaba problemas, era educado, tenía un lenguaje oral que rozaba la perfección y unos resultados académicos bastante brillantes, el diagnóstico oficial fue: madre histérica con exceso de imaginación.
En casa era otra cosa: broncas, llantos, descontrol… No siempre, pero generalmente al llegar de la escuela había algún que otro estallido. Como quien dice: todo el autocontrol gastado en clase y cero existencias para el hogar. Cuando empezó la secundaria hablé con su tutora y la línea seguía siendo la misma: que no me preocupara, que él era así, que estuviera tranquila, que era un espíritu libre… Vamos, que básicamente tenía un artista incomprendido viviendo en casa.
Hasta que un día él mismo me contó que, cuando llegaba la hora del recreo, se escondía en la biblioteca solo para no tener que salir al patio y encontrarse con la gente. Gente con la que, mayoritariamente, había ido al colegio. En ese momento mi paciencia hizo crack y decidí acudir a un centro de psicología privado, porque lo de “ya se le pasará” llevaba años sin pasar.
Tras la primera visita —dos horas con él— me llamaron al despacho:
“Ven, bonita, ven, que te vamos a contar unas cosillas…”.
Nunca nada bueno empieza así.
Me dijeron que habían observado rasgos compatibles con TEA y que les gustaría pasarle las pruebas diagnósticas. Evidentemente accedí. No os mentiré: al principio me agobié un poco. Se mezcló la inquietud de afrontar un nuevo reto con la tranquilidad de que, por fin, alguien había dejado de pensar que yo veía fantasmas.
Resultado: TEA grado 1. Lo que antes se llamaba síndrome de Asperger. Así que oficializamos el papeleo para el instituto, las adaptaciones metodológicas y empezó terapia con una gran profesional que lo ha acompañado durante muchísimos años.
En casa pensé: a ver, si llevas 12 años funcionando sin manual de instrucciones y lo único que ha cambiado es que ahora tenemos un papelito oficial, pues seguimos igual… pero mejor organizados. Y nada, tiramos para adelante, como siempre.
No sabría decir en qué momento mi mente hizo clic. Pero un día mi cerebro empezó a detectar patrones en mi hijo que, curiosamente, también vivían en mí desde hacía años y pagaban alquiler.
Pequeñas manías sin importancia: el odio visceral a los pantalones de pijama que se enrollan y te convierten en un canelón humano; los jerséis de cuello alto y apretado, que más que abrigar parecen diseñados para probar tu tolerancia; la rigidez en mis rutinas y la dificultad extrema para aceptar cambios de planes a última hora, hasta el punto de bloquearme y pensar: no, ya no salgo, cancelo la vida.
Todo, eso sí, desde la educación y las buenas palabras. Porque una es educada. Educada hasta que alguien me lleva la contraria en algo en lo que estoy absolutamente convencida de tener razón, y entonces monto un cirio que deja a mi hijo como un principiante.
Aquí entra en escena mi pareja, que cuando le comenté que me veía un poco reflejada en mi hijo me respondió:
—¿Solo un poco? Si te haces las pruebas, sacas matrícula.
No supe si reír o llorar, así que hice lo más sensato: pedir cita.
Y claro, al mirar atrás, muchas cosas empezaron a encajar. De pequeña andaba siempre de puntillas, como si el suelo fuera lava. Mi padre se ponía tan nervioso que decidió enseñarme a “andar bien”. Practicaba por el pasillo:
talón–planta–punta, talón–planta–punta…
Mientras oía a lo lejos:
¡NO ANDES DE PUNTILLAS!
Mierda, se me había vuelto a olvidar: talón–planta–punta, talón–planta–punta…
Siempre me costó relacionarme con la gente. Sin yo saberlo, los de mi edad me veían rara. Extraña. Lo suficientemente peculiar como para no acabar de encajar. Por eso muchas amistades no duraban… salvo mis tres amigas de siempre, que son igual de raras que yo, lo cual confirma que el sistema funciona.
Me obsesionaban los perros y los caballos. Podía hablar horas sobre razas, comportamiento, lenguaje corporal y todo lo que no me había pedido nadie. Con los caballos mi sueño era tener uno solo para poder abrazarlo. Cuando entraba en modo monólogo temático podía ser intensita, porque mi verborrea no traía botón de apagado.
Cuando estaba muy agobiada, necesitaba andar en círculos o tumbarme boca arriba en la cama con la cabeza colgando, como un murciélago emocional. Y funcionaba. Cosillas. Cosillas que en los 80 y 90 se resumían en: la niña es rara.
Y claro, en esas aulas abarrotadas de la época, donde éramos treinta y pico criaturas por clase, ahora pienso: bastante hacían las maestras con que nadie saliera mordido.
Hasta que un día mi pareja insistió: hazte las pruebas. Y me las hice. Las mismas que a mi hijo, pero versión adulta. Y ¡sorpresa! TEA grado 1. Nadie lo vio venir. Bueno… alguien sí.
La pregunta del millón es: ¿cómo impacta este diagnóstico? ¿Las etiquetas ayudan o hacen daño? ¿Hace falta contarlo? Son muchas preguntas, pero la respuesta es sencilla: depende.
El TEA es un espectro enorme. En mi caso, siempre digo que es mi superpoder. Literalmente: tengo una camiseta que lo dice. Mi cerebro retiene datos como si no hubiera mañana, piensa en imágenes, funciona por ramificaciones y detecta patrones a la velocidad de la luz. Y encima mi trabajo es uno de mis hiperfocos. Así que ir a trabajar es, básicamente, disfrutar… con contrato.
Pero también hay dificultades. Nos cuesta leer el contexto social y tenemos pocos filtros verbales. Una vez me preguntaron si iba a la comida de final de trimestre y respondí que no, que yo cuando salía a comer lo hacía con mis amigos. Dicho con la inocencia de quien comenta el tiempo. Mi pareja luego me explicó que eso no se dice. Que queda feo. Que hay que mentir un poco. Y claro, para mí mentir es un concepto sospechoso.
La hipocresía, además, nos descoloca profundamente. No la entendemos y cuando la detectamos nos indigna. Mucho. Demasiado.
Eso me ha traído más de un conflicto laboral, porque cuando algo no se hace bien (y es mi hiperfoco, y estoy formada, y sigo estudiando…) me reboto con entusiasmo. A los superiores no siempre les entusiasma tanto.
Cuando el entorno aprieta demasiado —estrés, ruido, estímulos— entro en desregulación. En mi caso necesito dormir. Dormir mucho. Dormir como si fuera un deporte olímpico. A veces dos días seguidos. La familia ya lo sabe: mejor no molestar.
Desde hace unos meses hago terapia con un equipo especializado en neurodivergencias adultas. Porque los niños neurodivergentes crecen, aunque nadie nos diera el manual. Mi terapeuta es maravillosa. El otro día mi pareja le dijo:
—Cada vez es más TEA.
Y ella respondió:
—No. Cada vez es más ella y se enmascara menos.
Así que sí: las personas TEA adultas existimos. Podemos ser directas, raras, intensas, sin filtros, andar de puntillas, odiar los cuellos altos y la hipocresía.
Pero sinceramente…
los neurotípicos sois muy, muy, muy raros.
Parvaty
