Amor & Polvos

Ella y el músico

Siempre dijo que no iba a contar su historia; que la guardaría solo para ella porque yo solo ella podía entender. Pero llegan esos jueves en los que tienes que tomar vino para aguantar lo que queda de semana y claro, todos sabemos que el vino es uno de los mejores sueros de la verdad.

Normalmente, cuando uno deja de buscar ciertas cosas, puede sorprenderse al darse cuenta de que llegan solas. Fue un domingo de resaca en el sofá de su salón, luego de los inagotables sábados de juerga por Madrid. Ahí lo conoció. Así como se conoce el último single de tu banda favorita.

Las redes sociales a pesar de todo lo negativo, acercan. No lo rebatáis. En serio acercan, acortan barreras, juntan almas.  Y todo surgió por un comentario tonto, que se alargó en días y días de preguntas y respuestas impensables que se desvivían por leer. Era como ir escudriñando una pieza arte. Como lo dijo él: estoy a punto de mandar el móvil a la mierda y buscarte. Eso era lo que provocaba. Y en otro escenario, ella no hubiese dejado que ocurriera. No se hubiese convencido pero… eso de la intuición, es una fuerza que impulsa y que te hace ver con los ojos cerrados.

El único punto negativo es que era músico. Y no, nunca le gustaron. Siempre ha odiado a las groupies que se enamoran del ideal, del personaje. Pero ella ni siquiera sabía que él era músico y encima, al parecer, reconocido en el país. ¿Por qué no hacerle caso a la razón? ¿Por qué ser tan cabezota e involucrarte con músicos?, se dijo. Las historias con músicos siempre terminan mal. Pero si algo tiene es que es terca, muy terca, y mucho más en el mes de abril –abril siempre  da esa sensación de libertad infinita y abstracta.

Fueron cinco días de mirar los móviles idiotizados. Cuando al final decidieron verse cara a cara. Y aun así, lo que hicieron fue mirarse a los ojos idiotizados.

Lo vio. Herido, se veía herido. Sin sentimientos que dar.  Es como si hubiera entregado todo, todas las entrañas y ya no quedara nada. Se desnudó el corazón delante de ella. Lo contó todo y sobre todo. Los hechos y los sentimientos. Los miedos y las casualidades. Con ojos que no sabían mentir y un abrazo que abrazaba.

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Ella no quería que él se vistiese, porque mientras más se desvelaba, más le gustaba mirarle. No; más le gustaba admirarle, mientras él le tocaba el brazo y le decía que era increíble cuánto calor desprendía su cuerpo. Fueron dos cañas, 5 historias y mil carcajadas.

Que no duró 19 días 500 noches. Que fue una semana, joder. ¿Quién puede sentir tanto en una semana?

Y ella pensando: esto lo he vivido. Creo que ya he estado aquí. Con una comodidad impoluta y un deseo irrefrenable de inmortalizar la escena.

Y al final, el beso pasó.  Un beso cargado de sexualidad pero sin insinuaciones. Con lujuria pero sin tocar. Un beso que besó más que los labios. De dos extraños que parecían conocerse muy bien. Un beso que quitó el nerviosismo de los cuerpos y lo convirtió en éxtasis. Un beso y la sonrisa del adiós. Nunca más volverían a verse.

Él nunca se dio cuenta que a ella le asustaban pocas cosas. Que no le temía a su historia, ni a sus heridas. Que no le asustaba curarlas y descubrir mucho más de lo que había debajo de sus capas, porque ella estaba plenamente convencida de que disfrutaría el proceso de ir descifrándole.

Nunca le interesó conocer al músico, porque aunque era parte de él, ella sabía conscientemente que su mejor activo era esa mirada que invitaba a hablar, su pulso firme y la pasión de la sangre que corría en las venas. Nunca le interesó conocer al músico, le interesaba la piel del humano que llevaba puesta y que tanto había vivido.

Porque es cierto eso que dicen, no importa el tiempo –aun sea 5 días, para que alguien deje en ti,  el deseo de que quien te traiga el café por las mañanas sea él, de irte en furgoneta a un lugar al azar o de simplemente volverte a sentar en el mismo bar que los vio nerviosos y sonriendo aquella noche, algo así como lo que llaman felicidad.

Él y no el músico. Porque le interesaban más sus historias y ese calor que él no sabía, que también desprendía su piel.

Autor: Ana Álvarez

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