Llevando ya unos meses soltera, mi amiga estaba mas salida que el pico de una mesa.

Hablando un día con su padre, le dijo que necesitaba un empotrador en su vida como el comer.

Os puede sonar raro a algunas, pero es la clase de relación que tienen. Cuando éramos adolescentes, él nos solía llevar de fiesta y se quedaba con algún amigo a controlarnos desde la distancia para asegurarse de que estábamos bien. Así, mis padres y los de las demás amigas se quedaban mas tranquilos y nos dejaban salir hasta más tarde.

Total, que me lío, le dijo a su padre que necesitaba un empotrador, y su padre se puso a la búsqueda de uno: un compañero de curro que siempre iba presumiendo de lo bueno que era follando.

Físicamente era muy de su rollo así surferillo pihippie (mitad pijo, mitad hippie), así que le dio su número y no tardó en llamarla para quedar.

Quedaron cuatro o cinco veces, en las que todo parecía marchar como la seda, y a punta de promesas, quedaron para “enseñarte lo que es follar de verdad. Te voy a dejar que no vas a poder andar en una semana”. Y esto fue tal cual, que he rebuscado entre mis antiguos pantallazos de whatsapp que nos mandábamos con esas cosas.

Elegimos el outfit apropiado, y, a la hora indicada, más emocionada que un niño la noche de Reyes, se presentó en su casa.

El surferillo había comprado comida mejicana para cenar. Mal presagio. Con el estomago lleno no se folla igual, pero bueno. Su fama le precedía, ¿Qué tan malo podría ser?

Después de cenar, pasaron al sofá, donde en menos de lo que canta un gallo, mi amiga estaba despatarrada y con menos ropa que uno que se va a bañar. La cosa prometía: traje de saliva √, carne de gallina √, el chichi dando palmas √. Si esto iba así ya solo en el sofá, no podía ni imaginarse lo que pasaría cuando llegaran al dormitorio.

Le pidió ponerse a cuatro patas para hacerla gritar hasta quedarse sin voz y ella accedió rauda y veloz. Y esperó, y esperó y esperó. Hasta que se cansó de esperar y giró la cabeza para ver que narices estaba pasando. Igual el maromo no atinaba a ponerse el condón, o se había hecho la picha un lio con el calzoncillo, o igual se había muerto.

Pero no, el hombre que la había prometido una noche inolvidable la estaba follando, si, y de una manera que no iba a olvidar en la vida. La estaba follando con un dedo. UN DEDO. El meñique para ser exacto.

Mi amiga intento tomar el control de la situación, pero aquello no tenía arreglo. En cuanto había ocasión, el amigo sacaba el meñique a relucir.

Así que hizo lo único que se le ocurrió para que aquella tortura acabase: cuatro gemidos mal dados. Aunque debió de hacer una interpretación digna de un Oscar, porque el pavo empezó a decirle que ya sabía el que le iba a gustar. Que no había mujer que pudiera resistirse a la magia de sus manos.

No sabemos qué pasó después con el chaval, pero su padre nos contó que días más tarde había pedido el traslado a Barcelona y desapareció.

Eso, si, aprendimos que, si a un empotrador quieres encontrar, en tu padre no has de confiar.

Andrea M.