Nunca me colgué la etiqueta de “Lesbiana”. De niña, tenía un póster de David Bisbal en mi habitación y mi carpeta del colegio estaba forrada con fotos de Leonardo DiCaprio. Mi primer beso fue con un compañero de clase y mi primera experiencia sexual con el hermano mayor de un compañero de clase. En ningún momento, percibí señales que anticiparan la posibilidad de que terminara enamorándome de una mujer. He tenido muy buenas amigas, hemos organizado fiestas de pijama y despedidas de soltera muy intensas, pero jamás sentí interés por una persona de mi mismo sexo.

Hasta que llegó ella.

Ella me cautivó como persona. La admiré desde el primer momento. Nos conocimos en la universidad. Ella vivía con pasión los estudios, mientras yo esperaba la oportunidad de cambiarme de carrera. Había trabajado durísimo como para conformarme con una opción que no terminaba de gustarme, pero me descubrí pidiéndole al destino que me diese un año de margen antes de recuperarme mi sendero académico. No quería perder el contacto con ella, necesitaba ese tiempo para afianzar nuestra amistad.

Al principio, creí que era eso: amistad. Esa “hermana” separada al nacer, por la que sufres si le hacen daño y te alegras cuando algo la hace feliz. A mí ella, me hacía inmensamente feliz. Su sonrisa iluminaba mis días, sus ojos eran un par de faros. Una personalidad arrolladora, pasional, aventurera. Jamás había conocido a nadie igual, pero… era una mujer. ¡A mí no me gustaban las mujeres! ¿O sí?

Me llamaron de la carrera de mis sueños y tuve que renunciar a verla a diario. Por fortuna, los astros se pusieron de mi parte: también llamaron a su compañera de piso y la dejó colgada con el pago de un alquiler insostenible. Yo aún vivía con mis padres y consideré que era la ocasión perfecta para abandonar el nido. No tenía cómo mantenerme, así que busqué un trabajo (de mierda) de media jornada para convertirme en su nueva compañera de piso. A decir verdad, al ver el esfuerzo que estaba dispuesta a hacer por mantenerme a su lado, supe que lo que realmente quería era convertirme en su compañera de vida.

Ella me acogió con entusiasmo e ilusión. Me confesó que no podía imaginarse una compañera mejor, alimentando de esa manera mis sentimientos. No íbamos a la misma facultad, pero sí que hacíamos el resto juntas. Tumbarme a su lado por la noche para ver el programa de prime time de turno era el postre de un día agotador.

Me mantuve en la sombra mucho tiempo. No quise reconocer abiertamente que me había enamorado de una mujer. Tuvo que ser ella, con su personalidad arrolladora, pasional y aventurera, la que me plantó un beso en mitad de una fiesta.

Todo ese tiempo, ella sintió lo mismo que yo. También considerada hetero-orgullosa, tardó menos que yo en reconocer que no necesitaba la etiqueta de “Lesbiana” para querer a una mujer.

Desde entonces, somos inseparables.

Terminamos nuestros estudios. Nos hemos casado y somos mamás por el método ROPA. Triunfó el amor por encima de nuestros propios prejuicios y aprendimos que “nunca digas nunca” porque puede ser el “para siempre” más inesperado de tu vida.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.