Hay gente que nunca recuerda lo que sueña y gente que puede contarte lo que ha soñado cada día.
Yo pertenezco al segundo grupo.
No sé por qué será, pero suelo despertarme varias veces por la noche con un sueño o una pesadilla y cada mañana dedico unos minutos a deshacerme de la sensación que me haya dejado instalada en el estómago el último, ya fuese este malo o bueno.
Los míos son sueños muy vívidos y, en la mayoría de las ocasiones, tremendamente realistas.
Sueño cosas tan cotidianas y verosímiles que, a veces, me cuesta recordar si algo me ha sucedido de verdad o solo lo soñé.

Además de lo anterior, me pasa también que mi subconsciente se me pone temático.
Me paso meses y meses reviviendo las mismas ‘experiencias’ mientras duermo.
Cuando era pequeña pasé un tiempo en el que el tema principal era que me perdía de mis padres. En la adolescencia consistía en que me iba al instituto en zapatillas, en pijama o incluso desnuda. Cuando me puse a trabajar empecé a tener pesadillas en las que tenía que ir a algún sitio y no había forma de llegar. Subía y bajaba escaleras infinitas, ascensores que no llevaban a ninguna parte, me perdía en calles que no conocía…
Unas paranoias muy raras.
Pero la peor de mis temporadas oníricas sería la que estaba por llegar porque…

Doce meses de infidelidades de lo más creativas y con todo tipo de hombres y mujeres. La mayoría con extraños, pero, en algunos casos, con personajes conocidos. Debo reconocer que esos solían ser los más divertidos. Ay, qué buen rato pasé una vez con Viggo Mortensen. El pobre se había enamorado de mí.
Es cierto que me reía mucho al despertar después de alguno de aquellos sueños, pero al principio.
Luego empecé a rayarme y muy en serio.
Así que me cuestioné mi relación, aunque todo parecía ir bien.
Me planteé mis sentimientos hacia mi pareja.
¿Ya no me gustaba? ¿Estaba con él por inercia? ¿Le quería?
Ya sé que los sueños, sueños son… Pero entended que me despertaba cada madrugada extasiada después de haber echado un polvo increíble con cualquiera menos con el hombre que dormía a mi lado, ignorante de mis actividades inconscientes.

Intenté darle un puntito más hot a nuestra vida sexual, pensando que quizá era eso lo que me quería decir mi subconsciente.
No estuvo mal, aunque no era necesario. En realidad, sabía que estaba más que satisfecha con la calidad de nuestras relaciones sexuales.
Y encima mis sueños erótico-festivos no descendieron ni una pizca.
Podría deciros que de verdad que estábamos mal. Que apenas intimábamos. Que ya no nos queríamos. Podría inventarme mil excusas y todas serían mentira.
Porque no hay pretexto que valga, estábamos igual de bien que antes de empezar con esta movida.
Pero yo, harta de tanta infidelidad de mentira, tomé la decisión de ser infiel también en la vida real.
Necesitaba saber qué pasaría. Saber por qué parecía que cada una de mis neuronas me lo estaba pidiendo sutilmente.
Es que lo recuerdo y me dan ganas de darme una colleja.
No obstante, admito que me descargué la app de Tinder.

Que deslicé los dedos por la pantalla hasta que encontré lo que andaba buscando y que le dije a mi chico que me iba de cena con mis amigas.
¿Qué creéis que pasó? ¿Os encaja si os digo que no volví a soñar nada parecido desde aquella cita?
Pues así fue.
De golpe y porrazo se terminaron ese tipo de sueños.
De hecho, ni siquiera he vuelto a soñar nada con dos rombos.
Ah, por si tenéis curiosidad, no.
No me lie con el chico de Tinder.
Sí que acudí a la cita, pero aún no nos habían servido las cervezas que pedimos cuando por fin entré en razón.
Me sentí tan estúpida y patética que me dio la risa. Medio le expliqué a mi acompañante qué era lo que pasaba, nos tomamos un par de birras y me fui a casa caminando para hacer el rato y no llegar demasiado temprano.
Joder, si es que mi marido es el mejor.
Nos queremos a morir y estamos plenamente satisfechos en todos los sentidos.
Jamás sabré por qué leches soñaba una y otra vez con distintas versiones de lo mismo.
Pero no sabéis lo que me alegro de haber parado mi ridículo experimento justo a tiempo.
Anónimo
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