Hace unos días estaba escuchando un pódcast en el que apareció este concepto: ser gordo de mente. Me llamó la atención. Un tío le estaba contando a otro que nunca dejaría de ser gordo, ni siquiera estando delgado, que para eso tendría que nacer otra vez. Puso ejemplos concretos con los que me sentí bastante identificada.
Soy la que nunca dejaría en el plato una croqueta o un trozo de pizza aunque ya me haya saciado. La que jamás diría que no a un helado si me lo ofrecen. La que nunca elegiría un postre a base de fruta en el restaurante habiendo tarta de queso. La que jamás diría que no a salir a cenar o pedir comida a domicilio si lo que hay en casa es merluza y ensalada.
Le hablé sobre el concepto a mi mejor amiga, que es delgada, y me dijo que a ella eso mismo le pasaba con otras cosas de la vida, como fumar, pero con la comida no. Sobre el tema alimentario tiene más control, así que me lo confirmó: la gordura de mente existe. Yo tengo de los dos tipos, la física y la mental.
Eso no se quita
A mí aquello me pareció toda una revelación porque empecé a explicarme muchas cosas, algunas de las cuales se remontan a mi infancia.
Desde que era adolescente, por ejemplo, vengo intentando dietas infructuosas. El ejercicio sí es un hábito que considero que he conquistado en los últimos años, pero no encarrilo 10 o 15 días seguidos sin ultraprocesados o excesos de algún tipo. Pese a ello, me he lamentado desde siempre de lo poco compensados que se veían mis sacrificios.
He hablado de esto mil veces con mi madre y ella me ha venido a decir, con todo el tacto que ha podido, que mi constitución es la que es y mi manera de comer no ayuda. Con frecuencia me ha puesto ejemplos:
—¿Tú no ves la Fulanita? La Fulanita era como tú, de caderas anchas y culo gordo. Hasta barriga tenía. Pero ¿esa? Esa no come de nada. Se le van los ojos detrás de un mini tocinito de cielo, que lo he visto yo. Pero no se lo come. Y así está, que parece una sílfide.
Es decir, que la Fulanita no es gorda de mente como yo. La Fulanita en su día se propuso estar delgada y no engordar nunca más. ¿Cómo pudo hacerlo? Probablemente porque no disfruta tanto con la comida como yo, o ha encontrado sustitutos adecuados, o ha hecho hipnosis, o se ha trasplantado el cerebro o yo qué sé.

La ciencia detrás de esto
Espero que nadie se ofenda con esto, solo trato de tomarme con humor todo esto de la presión estética y los cánones de belleza que nos inculcan desde pequeñas, y cómo tenemos que luchar por sobrevivir en algún punto entre eso, el placer de comer y nuestra propia cultura.
Hay ciencia detrás de esto de ser gorda de mente. Todas sabemos, a estas alturas, que nuestras decisiones están guiadas por factores psicológicos, biológicos y emocionales. La elección de comerte un helado o no hacerlo no es tan sencilla como ser débil o fuerte a la tentación, que es lo que los gordófobos no entienden.
Se sabe, por ejemplo, que hay personas con una sensibilidad mayor en el cerebro al sistema de recompensas, lo que las hace más propensas a buscar estímulos placenteros. La comida puede serlo. Y se sabe que, muchas veces, sabores y olores conectan directamente con experiencias sensoriales muy arraigadas a nosotros mismos, incluso desde la infancia, de manera que hay comportamientos adquiridos muy difíciles de revertir.
Esta, grosso modo, es la definición técnica de lo que es ser gorda de mente. Y la definición gráfica soy yo y mis decisiones cotidianas. No me hubiera importado conocer el concepto mucho antes y entender sus verdaderas implicaciones, si eso servía para entenderme y aceptarme tal y como soy. Hace tiempo que debería haber dejado las autoacusaciones de conformista y débil y dejado de pelearme conmigo misma.