No es algo de lo que una pueda sentirse orgullosa, pero durante tres años fui “la otra” de una relación. Todavía hoy me escuece admitir que fui responsable del dolor y la decepción en los ojos de una chica que lo único que hizo fue confiar ciegamente en su novio, mientras él mantenía una relación paralela conmigo.
Durante los primeros años, ella no supo de mi existencia, pero yo sí sabía de la suya. David y Jennifer llevaban juntos como cuatro años, y todo el barrio lo sabía. Por suerte o por desgracia, David y yo vivíamos en la misma urbanización y, quisiera o no, siempre me cruzaba con él y su pandilla.
Yo, por aquel entonces, era una cría modosita y prácticamente invisible para alguien guapo, popular, conflictivo y casi veinteañero como él. Durante mi adolescencia me pasaba las horas comparándome con su novia y soñando con ser como ella: guapa, decidida y, por supuesto, tan genial como para que alguien como David bebiera los vientos por mí.
Un día, todo cambió. De la indiferencia pasamos a miradas descaradas, sonrisas cómplices, piropos a viva voz delante de sus amigos… Hasta que un día le pidió mi número a mi mejor amiga y, sabiendo lo loca que estaba por él, ella se lo dio.
En presencia de su novia, yo volvía a ser invisible. Pero cuando estaba solo, corría a llamarme, a decirme lo guapa que era y lo mucho que quería verme. Me parecía normal que me ignorara delante de ella, y ahora, con los años, no entiendo cómo pude ser tan ingenua.
Pronto empezamos a quedar a escondidas. Me recogía en el coche de su padre por la noche y nos íbamos a un camino perdido a escuchar música y hablar… hasta que un día pasó lo que tenía que pasar: nos enrollamos. Y no fue la última vez. Durante casi tres años seguimos viéndonos a escondidas. Él me decía que quería dejar a Jennifer pero que no encontraba el momento porque ella tenía depresión y le amenazaba con suicidarse. Yo me lo creí todo.
Estaba tan enamorada que me convencí de que solo era cuestión de tiempo que él dejara a su novia. Incluso llegué a serle “fiel” a él, rechazando a otros chicos, aunque ni siquiera era mi pareja oficial.
Al final, la relación de David y Jennifer se rompió, pero no porque él quisiera: ella se enteró de todo y le dejó. Yo, egoísta, me alegré pensando que por fin podría estar con él. Pero pronto llegaron los rumores de que se acostaba con otras, y aunque él lo negaba, su comportamiento se volvió violento. Acabé atrapada en una relación tóxica y vejatoria, preguntándome si Jennifer también había pasado por lo mismo.
Con ayuda de amigos conseguí salir de ahí. No fue fácil: sufrí depresión, estuve meses sin poder trabajar y cuando por fin me sentí preparada, encontré empleo en marketing. La chica que iba a formarme se marchaba y yo ocuparía su lugar.
Llegué ilusionada… hasta que vi quién era: Jennifer. No sé si por educación o por estrategia, actuó como si no me conociera. Me enseñó todo con profesionalidad, y aunque no era especialmente simpática, tampoco fue desagradable.
A la hora de comer, no aguanté más y le pregunté si me había reconocido. Me dijo que sí, perfectamente. Se me escaparon unas lágrimas y le pedí perdón, diciéndole que la vida me lo había hecho pagar con creces. Ella, para mi sorpresa, me dijo:
—Sé lo que has pasado, porque yo también lo pasé.
Me agarró la mano. Después seguimos como si nada. Al final del día se despidió, me deseó suerte y se marchó. No la he vuelto a ver, pero aquel encuentro inesperado me enseñó el verdadero significado de la sororidad.
