La maternidad ha sido más o menos lo que yo esperaba, de verdad, no lo digo por  autoconvencerme. Tenía más que claro desde siempre que quería ser madre y también que  tenía que ser un cambio grande. Pero igualmente me llevé una hostia con la mano abierta. Y  grande. Mi pareja y yo siempre habíamos sido de discutir pero pocas veces variábamos el  tema. Casi siempre discutíamos o por mi suegra, o por el ritmo del que es ahora mi marido,  que por si cabe duda, era el mío dividido entre 10.  

Buscar el bebé, genial. El embarazo, que como experiencia no me atraía nada, a nivel de  pareja, guay. ¿El inicio? Idílico. Éramos padres primerizos a los que los tres primeros días de  hospital nos sentaron como unas vacaciones en un resort. El bebé era bueno, no hubo  complicaciones y todos estábamos más que ilusionados y felices. El posparto tampoco lo  recomiendo como plan para disfrutar, pero pasó. Hubiera agradecido eternamente que mis  amigas madres me hubieran contado lo mucho que se te puede ir la olla en esos momentos.  Un día escribí en uno de mis grupos de whatsapp reconociendo que necesitaba ayuda, quizás  terapia, porque después de estar mi suegra en casa tenía que ventilar, ducharme y duchar al  bebé. Las otras dos participantes del grupo me dijeron que eso era algo generalizado, que  ambas habían abierto las ventanas de par en par cuando se iban las visitas de sus casas.  Haberlo sabido me hubiera evitado pensar que estaba majareta, pero bueno, vas aprendiendo  mucho, sobreviviendo, y desde luego, llenándote de un amor que no habías imaginado poder  sentir. Todo marcha bien. 

Volví a trabajar. Mi pareja de paternidad, ok. Volvemos a trabajar los dos, y ahí viene la  segunda hostia que te da la vida. Empecé a entender a todas esas familias que hablaban de  conciliación, cansancio, tiempo, tiempo para uno mismo, tiempo para la pareja. Todo metido  dentro del pozo más profundo que conozcas. O nosotros nos organizábamos fatal, o es que  las horas pasaban muy rápido en ese momento. Después todo se va estabilizando, hablas  con gente y si te atreves a abrir el melón, muchas parejas te confiesan que tener un bebé es  una crisis y que se tarda hasta años en volver a respirar sin hiperventilar. 

El problema es la paciencia que esa espera exige. La comunicación, comprensión y  entendimiento que debe haber en la pareja. Y que, obviamente, si llevas 20 meses durmiendo  a trompicones de 2 horas, sin sacar más de 45 minutos a la semana para ir al gimnasio o las  canas hasta mitad de cabeza porque no encuentras momento de teñirte, no sabes dónde te  has dejado todos esos valores.

Y eso pasa en mi casa, que no llegamos al punto de  encuentro. Tengo un marido implicado, que nos ama al bebe y a mí por encima de todo, que  se queja poco y que hace todo lo que se le pide. ¡Eureka! Lo que se le pide, no es lo mismo  que a lo que se ofrece. Lo que se le recuerda, no es lo mismo que de lo que él se acuerda.  Lo que le anticipas, no es lo mismo que lo que él resuelve con autonomía.

Y es que el  concepto de carga mental, y disculpad que generalice, está intrínseco a la palabra madre. Y  te cansas y te hartas y desbordas. Y puede parecer altivo, creer que tú tienes razón o que tus  maneras son más válidas que las de tu marido. Pero es que un poco sí. Así que en esas  andamos, entre el querernos y el querernos, pero matar, unas cuantas veces cada día. Aún  no puedo contar cómo acabará esto y es que a ratos no puedo ni decidir cómo quiero que  acabe.