Creo que en el título os he destripado un poco mi historia, pero os puedo asegurar que lo que os voy a contar merece la pena, al menos por aquello de lo curioso del asunto. Desde que empezó la maldita pandemia del Coronavirus he quedado con muy pocos tíos en Tinder. Primero porque me daba miedo contagiarme y después porque más o menos me convertí en una ermitaña de mi querido hogar. Pero un buen día me llegó un mensaje de Pepe (que no se llama Pepe pero al cual llamaremos así) y me hizo la gracia la forma en la que me entró.

Así que nos pusimos a chatear, revisé su perfil y me gustó bastante. Vivimos en una ciudad bastante grande aunque por lo que me contó residíamos en el mismo barrio. No se le veía un tío que fuese a saco, simplemente me dijo que le había gustado mi perfil y que estaba aburrido en su casa. Un poco como yo, la verdad. Que podía ser el argumento trilladísimo para después mandarme de golpe una foto-polla pero bueno, quise confiar y al menos vía chat el chico parecía merecer la pena.

Al día siguiente fui yo quien propuso unas cervezas por el barrio. Pepe me dijo que no se lo esperaba pero que el plan le apetecía mucho. Me puse mona pero informal y bajé al bar donde habíamos quedado. Decidí que fuese cerca de mi casa por si tenía que escapar corriendo o bien si la cosa se ponía interesante, nunca se sabía y ante la duda…

Cuando llegué Pepe estaba ya sentado en una mesa levantando el cuello a lo periscopio. Se le intuía ya nerviosete y eso me gustaba bastante. Me sentí un poco como una diosa empoderada cuando lo vi levantar las cejas en señal de sorpresa (de las positivas). Me lanzó un piropo sutil y gracioso y nos pusimos a hablar sin parar. Pepe tenía retahíla para rato, pero no de esta que te aburre tipo la gente que está encantada de escucharse, más bien como un tío que quiere saber más de ti y que disfruta conversando. Nos tomamos un par de cañas acompañadas por unas tapas y a cada minuto que pasaba yo me sentía más y más cómoda con aquel chico.

Algo en mi cabeza hizo click y pasé de desear invitarlo a casa para pasar un buen ratillo a preferir marcar las distancias sin ir tan a saco. Me sorprendí pero en el fondo sabía que tener una historia con Pepe podía estar bien. Quizás ir tan a saco terminaría con aquello rápidamente, o no… ¿quién sabía? Y mientras yo me comía la cabeza muchísimo, aquel chico seguía comentándome entre risas anécdotas terribles de cuando era pequeño.

Un día en clase de educación infantil la que era mi novieta me tiró tanto del pito que mi madre tuvo que llevarme a urgencias.‘ Lo dijo tras dar un largo trago a su cerveza y sin dejar de reírse, como si le invadiese un poco la vergüenza pero también le apeteciese contarme aquel momentazo de su vida.

¿Perdona?‘ Un tremendo flash se me vino a la cabeza. La clase de infantil, Pepe, un niño con un mandilón de cuadros llorando sin parar y yo allí, sin entender muy bien por qué no se podía jugar a policías y ladrones agarrando por el pantalón a los bandidos. Tragué saliva. ‘¿A qué escuela infantil fuiste, Pepe?

Los dos dijimos un poco a la vez el nombre de aquel pequeño colegio que ya no existía, y a mí se me dio por sonreír abochornadísima.

¿Saraaaaaa?‘ Pepe me miraba de cerca como intentando encontrar en mi cara a esa niña de 3 años que casi lo había dejado sin descendencia. Yo asentí pronunciando un perdón entre dientes esperando que aquello no desembocara en que se levantara y me dejase allí sola por algo que había ocurrido hacía más de 25 años.

¡Mira que hay mujeres en el mundo, y tienes que ser tú, aquella niña, mi mejor cita en muchos meses!

Epaaaaa, había dicho que yo era su mejor cita en muchos meses ¿qué importaba lo demás? No lo vi enfadado ni mucho menos, así que me relajé y entre risas volví a disculparme. Pepe me contó que tuvo dolor en el pene durante varios días, de hecho había faltado al colegio y todo. Yo tenía el leve recuerdo de no volver a hablar del tema, simplemente fui una niña más de 3 años que había tirado de donde no se debía. Aunque después tuve varios flashes en los que recordé a mi madre diciéndome que eso nunca lo volviese a hacer. Creo que le hice caso, al menos hasta que algún hombre me lo pidió siendo ya mayorcita.

Como comprenderéis, después de aquel descubrimiento la cosa se puso mucho mejor. Haber ido juntos al colegio, tener aquella historia en común y sobre todo recordar ese primer piquito que nos habíamos dado un día en el patio, nos hizo conectar mucho más. Pepe dejó de ser una cita Tinder para convertirse en mi colega de infantil con el que me había reencontrado. Preferí no invitarlo a casa y terminar nuestro primer encuentro con un pequeño beso en mi portal. Eso sí, desde entonces hemos repetido en varias ocasiones y ya se ha dado la situación en la que Pepe me ha podido pedir, por favor, que le volviese a tirar del pito, eso sí, con cuidadoooooo.

 

Anónimo

Fotografía de portada