Nunca he sido una mujer de rollos, sino más bien de relaciones largas y estables, pero aquel diciembre, tras un par de meses sola después de que mi novio me dejara y una gran cantidad de pañuelos de papel gastados en lágrimas, me prometí que iba a intentar abrir un poco mi mente y probar cosas nuevas. Salí con mis amigas a tomar unas copas un sábado, con la mente puesta en que igual esa podía ser «la noche». O como diría Raphael, «mi gran noche». Tenía treinta años y no conocía lo que era el clásico «rollo de una noche». No es que no hubiera tenido oportunidad, pero no había querido arriesgarme nunca.

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Y entonces lo vi. Alto, guapo, con una sonrisa que parecía querer conquistar todo a su paso. O al menos a mí me lo parecía. Se me acercó cuando estaba pidiendo en la barra y se presentó. Me pareció amable y simpático. Desde el primer momento me hizo sentir cómoda. Charlamos un buen rato y volví con mis amigas. Más tarde, me buscó por el pub y volvimos a estar juntos un buen rato. Entre risas y copas, conseguimos una especie de complicidad. Se notaba que había atracción. Al final de la noche, y tras muchas bromas sobre los peligros de irte a casa con alguien que acabas de conocer, le ofrecí acompañarme y tomar la última en la mía. Mi instinto gritaba precaución, pero mi deseo de dejarme llevar ganó. Obviamente estuve toda la noche muy atenta a cualquier cosa que pudiese encender mis alarmas sobre él, pero como no vi ninguna, decidí confiar.

Esa noche fue increíble. El mejor sexo de mi vida hasta entonces. Todo lo que había guardado, mi desconocido lado salvaje reprimido por años, salió a la luz. Fue excitante, intenso. Incluso liberador. Me desperté al amanecer y cuando recordé la noche sentí algo parecido al vértigo pero mezclado con satisfacción. Él seguía durmiendo, así que me levanté sigilosamente y preparé café. El intenso y delicioso olor le hizo venir a la cocina. A la luz del día me pareció aún más guapo que anoche. Desayunamos y charlamos sobre nuestras vidas, nos conocimos un poco mejor. Le conté que yo solía hacer eso antes de acostarme con nadie, conocer al chico por completo y esperar un poco para acostarnos, que era la primera vez que hacía aquello de llevarme a alguien a casa nada más conocerle. Él se rió y me dijo que se alegraba de haber sido el elegido, que esperaba que no me arrepintiese y que hubiera disfrutado, porque a él le había encantado. Después se duchó y se preparó para marcharse, pero antes de despedirnos quedamos en vernos otra vez.

Empezamos a quedar y todo parecía tener muy buena pinta. Lo pasábamos genial juntos. Empezábamos a conocernos de verdad y me gustaba lo que veía de él. Pero había algo que aún no conocía: nunca me había invitado a su casa. Siempre quedábamos en algún lugar en la calle, para hacer algún plan, y acabábamos en mi casa dando rienda suelta a la pasión. Así que un día le pregunté el por qué. Él le restó importancia y dijo que eso era porque vivía muy a la afueras y era un rollo tener que ir hasta allí cuando quedábamos siempre por el centro, y me propuso que la siguiente semana cenáramos en su casa. Acepté, feliz porque la explicación me pareció completamente lógica y por fin iba a conocer el lugar en el que vivía. Siempre he pensado que podías saber mucho sobre un hombre viendo su casa y su cuarto: si era ordenado o no, si era limpio o un guarro, si era descuidado o detallista, si tenía buen gusto o alguna rareza, etc…

Conduje a la dirección que me dio. Me di cuenta de que me estaba adentrando en un barrio bastante pijo. No es que me sorprendiese del todos, tenía pinta de tener dinero por cómo vestía y el coche que conducía, pero tampoco es que imaginase un barrio de casas de lujo. Claro, con razón vivía a las afueras, en el centro no había casoplones así. Aparqué en la puerta y me abrió con su sonrisa encantadora. Me hizo pasar y observé que todo tenía decoración estilo rústico, pero algo me dejó sin habla: había chimenea en el centro del salón y justo encima de ella colgaba la cabeza de un ciervo disecada, enorme. Me pareció horrible, odiaba eso de decorar estancias con animales muertos. Sonreí, intentando aparentar que no me había impactado el detalle, y él comenzó a enseñarme el resto de la casa. Dos plantas, era enorme. Respiré aliviada al ver que en el resto de las habitaciones no había más animales disecados. Todo parecía limpio y ordenado, incluso decorado con buen gusto. Él solía vestir de forma impecable, y su casa iba a juego con él. Me gustaba lo que veía, y decidí no darle más importancia a aquella cabeza de ciervo. Entonces llegamos a la última habitación. «Como vivo solo y la casa es muy grande, he podido montarme hasta una especie de armería», me dijo orgulloso. Me quedé helada y recé para que no fuese lo que creía que era. Pero era aún peor.

Entramos en una sala decorada con varias cabezas de animales disecados, que colgaban de las paredes, estantes con animales más pequeños también disecados, y varias escopetas y armas más pequeñas que me explicó que había empezado a coleccionar. Me dijo que en su familia siempre les había gustado la caza, y que la mayoría de los animales que había en la sala los había cazado y mandado disecar, que eran sus trofeos. Incluso me dijo que algunos no eran del todo legales, pero que su familia tenía buenos contactos, guiñando un ojo, orgulloso. A esas alturas mi estómago estaba revuelto. Aquello me producía un rechazo absoluto y visceral, pero no quería montar un número. Aguanté el tipo durante la cena, una agradable cena a la luz de las velas que habría sido increíble de no haber sabido lo que había en la planta de arriba, con unos platos exquisitos que obviamente había encargado para la ocasión. Al terminar me excusé diciendo que me encontraba mal y que iba a volverme a casa. Preocupado y galante, como siempre, me ofreció quedarme allí para cuidarme o al menos llevarme él a casa y quedarse conmigo, pero le dije que prefería irme por mi cuenta, poniendo la excusa de que aún era pronto para permitir que me viese con un virus estomacal. Él se rió y aceptó mi excusa. No tenía ni idea de la realidad. Una vez salí de allí y entré en mi coche, respiré aliviada. Aunque también fastidiada. Me encantaba ese tío. Pero la caza era algo contra lo que mis principios eran claros. No podía seguir viéndole.

A la mañana siguiente lo llamé. Era la primera vez que iba a dejar a alguien. Con la mayor tranquilidad y entereza que pude demostrar, le expliqué que no podía seguir viéndole y el motivo: que era animalista, que odiaba la caza, los animales disecados, los toros y todo lo que tuviese que ver con matar deliberadamente animales por diversión. Su reacción fue inmediata y cargada de orgullo: “Pues nada, tú te lo pierdes. Verás, que hay una fila enorme de tías por ahí esperando salir con un tipo como yo”. Escucharlo, frío y orgulloso, me hizo estremecerme, pero también sonreír por dentro. Me sentí extrañamente poderosa al ver su estúpida rabieta de niño rico disfrazada de pasotismo.

Su actitud me hizo entender que me había librado de un hombre que era todo apariencia, opulencia y falsa caballerosidad. Y que por muy guapo, encantador, detallista y rico que pareciera, a aquel tío le faltaba lo que para mí es lo más importante: compartir mis valores, ser empático y, sobre todo, saber encajar un «no».

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.