Jugando con la ley. Cap 9: Una risita y una noche divertida.

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  • Ilenia
    Ilenia on #236393

    Prólogo https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley/
    Capitulo 1: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-2/
    Capitulo 2: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-2-una-no-oferta-y-una-fantasia/
    Capitulo 3: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-3-un-sirope-y-escalofrios/
    Capítulo 4: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-4-control-de-alcoholemia-y-el-salto-del-tigre/
    Capítulo 5: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-5-un-deseo-desvelado-y-ojos-dilatados/
    Capítulo 6: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-6-un-hombre-de-champions-league-y-ajustar-cuentas/
    Capitulo 7: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-7-una-orden-y-un-limite/
    Capítulo 8: https://weloversize.com/topic/jugando-con-la-ley-cap-8-un-trago-de-cerveza-y-una-detencion/
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    Capítulo 9: Una risita y una noche divertida.

    Me dejó caer sobre la cama sin suavidad, parecía más desatado que la primera vez. Se desabrochó la camisa y antes de quitársela por completo, a petición mía, la dejó unos segundos bien abierta para que observara ese fuerte pecho que me moría por acariciar.
    Dejó caer la camisa al suelo y se posicionó sobre mí, haciéndome sentir cada parte de su cuerpo sobre mí piel. Gemí ante el contacto y mis manos cobraron vida propia. Llegué al cierre de sus pantalones, pero no pude desabrochárselo porque nos hizo rodar posicionándome encima de él. Me quitó la camiseta y se levantó para lamerme alrededor del ombligo. Lo aferré por su pelo incitándolo a que continuara. Me sentía tan llena de vida sintiendo sus labios sobre mi cuerpo, sobre todo me hacía sentir deseada como ningún hombre jamás lo había hecho.
    Se paró en mi sujetador y alzó la mirada para penetrarme con ella.
    –Quítatelo tú–ordenó con esa voz ronca que me ponía a mil por hora. Era un hombre demasiado erótico para la salud mental de cualquiera.
    Busqué el cierre de mi sujetador en mi espalda, fui desabrochándolo poco a poco, quería hacerle sufrir, ponerlo ansioso. Deslicé las tirantas por mis hombros, primero una y después la otra hasta que finalmente mi sujetador cayó entre nosotros. Me miraba tan fijamente que por unos instantes me sentí un poco cohibida.
    En un arrebato me lancé a sus labios, haciéndolo caer de espaldas a la cama. Ambos soltamos unos gemidos que fueron ahogados en la urgencia de nuestro beso.
    De mis labios bajó hacía mi cuello, me mordió con fuerza y yo me quejé, sabía que a la mañana siguiente tendría una marca en ese lugar, pero me daba igual, solo me importaba sentir su cuerpo unido al mío.
    Volvió a rodar nuestros cuerpos para dejarme debajo de él, se incorporó un poco para tener el espacio suficiente para quitarme los pantalones cortos de un rápido tirón. Sonrió ampliamente.
    Mordió mi monte de Venus. Me quedé sin aire por unos segundos.
    –Lo siento, pero esta noche no me siento capacitado para esperar más–comenzó a desabrocharse la cremallera de los vaqueros, pero lo frené, yo también quería darme el gusto de desnudarlo.
    –Yo lo haré–ordené empujándolo para que se tumbara. Me obedeció con una media sonrisa en los labios. Terminé de desabrocharle la cremallera, las manos me temblaban, lo tenía totalmente desnudo ante mí, a mi alcance para hacer lo que quisiera. Me acerqué despacio y le di un pequeño beso a su masculinidad. Gimió desesperado. Me monté encima de él y nos transporté al paraíso. Esa noche quería dominarle.
    Volvió a gruñir con fuerza. Me cogió por las caderas haciéndome subir y bajar con rapidez por su miembro. Coloqué las manos sobre su pecho para poder apoyarme mejor y hacer las cabalgadas más rápidas y placenteras.
    –Te deseo–abrí los ojos como platos, no pude evitar que esas palabras escaparan de mis labios. Me puse nerviosa pero las embestidas eran tan rudas y deliciosas que no me dejaron pensar en lo que había dicho.
    Me agarró por los hombros obligándome a bajar a su altura, me abrazó acariciando mi espalda con sus fuertes dedos. Las corrientes eléctricas eran cada vez mayores y más fuertes.
    –Desearte es poco para mí. Te deseo tanto que me duele–sus palabras me hicieron sentir la mujer más poderosa de la faz de la tierra.
    –Daniel me…–no pude acabar la frase pues el orgasmo llegó arrasando con todo, no podía parar de vibrar encima de él. Por unos segundos no escuché nada más que mis propios gemidos. Todo se nubló, hasta que el placer comenzó a apaciguarse dando una tregua para poder respirar. Me dejé caer contra su pecho y lo sentí temblar debajo de mí a la vez que proliferó un rugido propio del rey de la selva.
    Se levantó de la cama sin ningún pudor, fue al baño y después de unos segundos escuché la cisterna del inodoro. Regresó a mi lado y me atrajo hacía su cuerpo abrazándome. Me sentí muy extraña ante aquel gesto, pero realmente cómoda.
    No tenía por qué rechazar aquello, al contrario, conseguí convencerme de que debía vivir el momento, disfrutar a ese hombre mientras durara. Cuando todo acabara serian otros sentimientos los que afrontar, pero mientras llegaban, ¿Por qué iba a ser tan estúpida de rechazar a un hombre que deseaba como a ningún otro?
    Sentí la yema de sus dedos recorriendo la desnudez de mi espalda. Podría haberme pasado horas sintiendo sus caricias sobre mi piel.
    –Creo que será una pérdida de tiempo y comida dejarte el desayuno preparado mañana–que manera tan sutil de sacar el tema, genio.
    –No entendí porque te tomaste la molestia–quizás era el momento de ser sinceros y hablar sobre lo que fuera que era lo nuestro, si nos llevaba a algún lado. Aunque una parte de mí deseaba que no lo hiciéramos pues me daba miedo que la respuesta me hiciera daño. Era consciente de que comenzaba a sentir algo por él aparte de deseo físico. No sabía si era simpatía, cariño o algo más fuerte, lo que si tenía claro es que era algo bonito.
    –Fui demasiado fogoso contigo, pensé que un buen desayuno te ayudaría a reponer fuerzas–o quizás no era él momento. Al parecer nunca dejaría de ser un egocéntrico. Lo peor de todo era que ya incluso me estaba empezando a acostumbrar, casi a gustar esa parte de su carácter. No podía negar que me iba la marcha.
    No le conocía como para juzgarlo, para dar por hecho que por su cama habrían pasado miles de mujeres, pero su seguridad, su pose atractiva y su forma de hablar, daban a entenderlo. Odiaba tener esos prejuicios con él, siempre había intentado ser de esas personas capaces de mirar más allá de las apariencias, pero con él me costaba demasiado, aunque empezaba a sospechar por qué. Teniendo en cuenta el modo en que nos conocimos y como habíamos acabado las pocas veces que nos habíamos visto, era bastante evidente que no me comportaba de una manera racional cuando lo tenía delante de mí, todo ello sumado al pinchazo de celos que sentía cuando me lo imaginaba en esa misma cama con otras muchas mujeres. No era demasiado descabellado pensar que todos mis malos pensamientos hacia él eran producto de los celos, unos celos sin sentido alguno pues ni él sabía nada de mi vida amorosa ni yo sabía nada de la suya.
    –No fue para tanto–mis palabras no eran del todo ciertas, pero me apetecía picarle un poquito, probar un poco de su medicina no le vendría mal, pero increíblemente se limitó a reír. No me fulminó con la mirada ni me dedicó una de sus sonrisas de superioridad.
    –Para mí sí que lo fue–me dejó muy sorprendida con su confesión, de alguna manera me estaba diciendo que lo había dejado sin aliento o al menos eso quería creer yo. Tampoco pasaba nada porque mi imaginación adornara un poco su respuesta. Bien es sabido que algunos hombres no eran muy buenos con las palabras.
    –Vamos a preparar algo de cena, estoy muerto de hambre–se levantó de la cama, abrió el armario y sacó unos pantalones cortos de deporte.
    Yo ya había cenado hacía unas horas, pero la verdad, después de tanto ejercicio no rechazaría una segunda cena y menos con semejante compañía.
    Intentando que no me viera desnuda, conseguí alcanzar mi ropa interior que estaban en el filo de la cama. El resto de la ropa estaba tirada por el suelo y no conseguía alcanzarla sin que la sabana resbalara por mi cuerpo y me dejara totalmente desnuda e indefensa ante su atenta mirada. Lo que si tenía a mano era una camisa blanca. La cogí y me la puse.
    Salí de la cama en busca de mis pantalones, pero antes de ponérmelos, Ross me lo impidió, cogió mi mano y la apretó provocándome un escalofrió. Habíamos tenido dos encuentros increíbles, pero a pesar de eso parecía que mi cuerpo no podía tener una reacción normal ante su cercanía o su tacto.
    –Hace calor–con una sonrisa pícara me quitó los pantalones de la mano y los dobló perfectamente para luego dejarlos encima del escritorio que había en la habitación.

    Miraba en las alacenas, en el frigorífico, incluso en el congelador, pero no parecía haber nada que lo convenciera para preparar algo de cena. Yo me senté en uno de los taburetes de la barra americana.
    La cocina era preciosa y muy amplia, todos los electrodomésticos eran de alta gama. Los armarios y la barra eran blancas, y la piedra de granito tenía un tono marrón muy oscuro.
    Finalmente sacó unos filetes de pollo, lechuga y un bote de salsa rosa.
    –No voy a poder ofrecerte una gran cena. Si quieres podemos pedir comida a domicilio.
    –Me encanta la ensalada de pollo–sonreí.
    Mientras él se encargaba de hacer los filetes de pechuga, yo corté la lechuga en tiras no muy gruesas como a mí me gustaba. Después de tener lista la lechuga. Por suerte a nuestro plato de lechuga con pechuga se unieron dos tomates que encontró en el cajón de las verduras del frigorífico.
    Necesitaba una cuchara para mezclar la lechuga y el tomate con la salsa, pero al estar en una cocina que no era mía no sabía dónde estaban los cubiertos. Me giré hacía él para pedirle una cuchara y un par de tenedores, pero me quedé quieta al verle. Me estaba mirando, más que a mí, parecía estar absorto en mis piernas. No pude evitar que una risita se me escapara.
    Salió de su trance y esbozó una sonrisa, pero no se sonrojó ni nada por el estilo. Si hubiese sido yo la pillada mirando cualquier parte de su cuerpo me hubiese puesto muy nerviosa.
    –Ahora debería decir que no es lo que parece, pero la verdad es que tienes unas piernas preciosas–esbozó una amplia sonrisa que me dejó sin aliento.
    –Eres un viejo verde–intenté sonar segura pero la realidad era que en ese momento mis piernas eran un par de flanes por culpa de sus palabras y su sonrisa.
    –Tengo 27 años, no soy ningún viejo verde–intentó hacerse el ofendido, pero no tardó ni cinco segundos en reírse.
    –Dame una cuchara y un par de tenedores por favor–abrió un cajón enorme de los que había a su lado y sacó todo lo que le pedí.
    Estiré la mano para que me diera los utensilios, pero me ignoró y se acercó posicionándose detrás de mí, logrando que el ritmo de mi corazón se acelerara. Ese hombre imponía demasiado como para intentar ignorar su cercanía.
    Dejó los cubiertos cerca de mi mano. Mientras lo hacía procuró que nuestras manos entraran en contacto, intenté por todos los medios evitar temblar, pero no pude. Le gustaba hacerme temblar. Empezaba a creer que su ego de hombre crecía cada vez que lograba que me estremeciera por sus actos.
    –La carne se va a quemar–fue lo primero que se me ocurrió en mi intento desesperado porque dejara de estar tan cerca de mí.
    –Ya está hecha, la he dejado en la sartén para que no se enfrié–sentí su aliento en mi oreja, sino fuera porque estaba apoyada en la encimera me hubiese caído en ese instante al suelo.
    Por suerte todo lo que tenía que picar ya estaba listo, con su presencia desconcentrándome, me podría haber cortado un dedo.
    –Trocea la pechuga para que pueda mezclarlo todo con la salsa–por suerte no opuso mucha resistencia a mi petición, incluso me sorprendió con la rapidez con la que obedeció. Observé como cortaba la carne. Se veía tan delicioso con tan solo esos pantalones cortos.
    A los pocos segundos se acercó de nuevo a mí con la carne bien troceada dentro de un plato hondo. Me lo ofreció, lo cogí y volqué su contenido sobre el plato de la ensalada. Acto siguiente metí la cuchara en el bote, saqué un buen pegote de salsa y lo mezclé todo.
    – ¿Tienes prisa por llegar a tu casa? –preguntó a la vez que servía vino en las dos copas que había puesto en la encimera.
    –No te preocupes. Me marcharé después de cenar.
    –No te estoy pidiendo que te vayas–sin esperarlo cogió mi mano derecha y me atrajo hacía él aferrándome por la cintura. –Perdona si ha parecido que te estaba echando–con su mano libre acarició mi barbilla. Despacio se acercó a mis labios y me besó con suavidad. Era un beso distinto. No estaba cargado de deseo y desesperación, al contrario, era tierno y cariñoso. Abrió más la boca intensificando el beso, chupo mi labio inferior y su lengua buscó la mía. Con un rápido movimiento, me aferró por las caderas y me sentó en la encimera de la cocina. Abrió mis piernas y se colocó entre mis muslos a la vez que los acariciaba. Le rodeé el cuello con ambos brazos y me dejé llevar por sus caricias. Metí mis dedos en su pelo e intensifiqué el beso. Solté un gemido en cuanto sentí su mano apartando la tela de mis bragas para introducirme dos dedos. Dejó de besarme para mirarme directamente a los ojos, aceleró el ritmo de sus dedos y yo no pude evitar cerrar los ojos y entregarme al placer que me estaba proporcionando.
    –Abre los ojos. Quiero que me mires mientras te corres–le miré a los ojos, introdujo otro dedo más y sentí que me moría. Me mordí el labio inferior intento controlar la desesperación de mi cuerpo.
    –No aguanto más–esbozó una pequeña sonrisa y volvió a acelerar el ritmo provocando que explotará en un gemido que me dejó por unos segundos sin respiración.

    Fui al baño para asearme y recomponerme un poco. No sabía dónde estaban los límites del placer con ese hombre, quizás no los hubiera.
    Cuando volví a la cocina, había puesto la mesa y servido los platos con la ensalada de pollo. Con un gesto me pidió que me sentara. Dejó una de las copas de vino a mi lado y se sentó enfrente de mí.
    Estábamos en completo silencio. No sabía que decir. ¡Por Dios! Acababa de correrme mirándole a los ojos. En ese momento no había sentido vergüenza, al contrario, el deseo de sus ojos me había calentado aún más la sangre.
    –Nunca me llegaste a decir porque llorabas el día que nos vimos en el parque–estaba agradecida de que rompiera el silencio, pero hubiese preferido que lo hiciera con cualquier otro tema de conversación.
    –Querrás decir aquel día que me acosaste en el parque–fue la primera vez que lo noté un poco avergonzado a pesar de que esbozaba una sonrisa.
    –No fue esa mi intención, estás exagerando.
    –¿De verdad exagero? De acuerdo, analicemos la situación. Primero…
    –Mejor vamos a descansar–me interrumpió y se puso de pie. Me levanté de la mesa y cogió mi mano para llevarme al dormitorio.
    –Hay que limpiar la cocina.
    –Ya lo haré por la mañana–me dio un beso en el cuello que hizo que toda la piel se me erizara. Con cierta brusquedad, me giró hacía él y sin darme tiempo siquiera para reaccionar, apretó sus labios contra los míos. Rápidamente cerré los ojos y abrí la boca para él, su lengua se hizo paso y buscó la mía con desesperación, chupé su labio superior. Me gustaba tanto su boca. Subimos las escaleras hacía su habitación. Al llegar me giré hacía él y comencé a besar su cuello. Dirigí mi boca y mi lengua hacía su oreja, dejando un húmedo camino de besos. Lo sentí temblar, me apretó más contra sí y yo lo abracé con mayor ímpetu. Volví a su boca que me recibió de buena gana, se me escapó un gemido. Posé las manos sobre su pecho y aparté la boca de la suya unos centímetros.
    –Voy a devolverte el favor–comencé a bajarle los pantalones, pero me detuvo.
    –No tienes que sentirte obligada a hacerlo.
    –No lo hago.
    Le empujé para que se tumbara en la cama, me subí a horcajadas encima de él y comencé a trazar un camino de besos por su pecho que previamente había sido señalado por mis manos. Llegué a su cintura y comencé a bajar los pantalones. Su pene saltó totalmente erecto. Alcé la mirada hacía él, observaba cada uno de mis movimientos, respiraba agitadamente, cosa que me encantaba.
    No le hice esperar más y chupé su glande, lo introduje en mi boca hasta la mitad, volví a chupar el glande y lo lamí de arriba abajo. Acaricié sus testículos con mi mano libre a la vez que volvía a lamerlo. Vi como aferraba las sábanas de la cama con fuerza, sabía que estaba disfrutando de lo que le estaba haciendo.
    Sin esperármelo nos hizo girar posicionando su cuerpo encima del mío, me quitó la ropa interior, me miró a los ojos y me penetró de una estocada dejándome sin aliento. Comenzó a embestirme con un ritmo frenético. El cabecero de la cama golpeaba contra la pared.
    Tiró de la camisa haciendo que varios botones saltaran para poder acariciar mis pechos sin piedad. Clavé las uñas en su espalda, estaba desesperada por explotar, jamás en mi vida había sentido mi cuerpo arder de aquella manera.
    Me siguió embistiendo y besando los pechos hasta que el orgasmo se apoderó de nuestros cuerpos. Nunca había gritado de aquella manera, no pude evitarlo, me sentí tan sobrepasada por el placer que de haber intento ahogar mis gemidos me habría vuelto loca.
    Apartó su cuerpo de encima del mío y nos quedamos un rato allí mirando el techo mientras nuestras respiraciones volvían a la normalidad.
    Se giró hacía mí y besó mi hombro. Me rodeó por la cintura y apretó mi espalda contra su pecho. Siguió dándome tiernos besos en los hombros y la espalda, él no me veía, pero yo esbozaba una sonrisa de oreja a oreja.
    Me giré hacía él y quedamos frente a frente, me sonrió y besó mis labios con ternura. No me creía lo que me estaba pasando.
    Con su mano buscó la sábana y nos tapó hasta la cintura. Posé mi mano en su pecho y le acaricié suavemente. Fui descendiendo hasta llegar a los abdominales, me fascinaba su cuerpo.
    –Si sigues no te dejaré dormir en toda la noche–susurró en mis labios. Dejé besos por su mejilla hasta llegar a su oído.
    –No lo hagas.
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    Chicas/os me he dado cuenta que los pensamientos de ella que en mi Word tengo escritos en cursiva, aquí salen con letra normal. Cuando lean alguna ironía hacía ella misma, es su yo interior.

    Un saludo especial para: Rosa, Lucía, MarSoñadora, Silvia, Marieta, SCT, Itziar, AARIANNI, SILVIXCO, Roberta, Sumire, Cientifica empedernida, Ius, Mery, AARI, Mel, Mic y Sumire. Gracias por todos los comentarios que han ido dejando.
    ¡Nos leemos!

    Respuesta
    Científica empedernida
    Científica empedernida on #236793

    qué ilu que me hayas saludado!!! me encantaría ponerle cara a Ross…jo es que hasta el nombre suena de lo más sexy!!

    Respuesta
    silvixco
    silvixco on #237004

    OHHHH gracias! me tienes enganchada, a mí personalmente el protagonista sí que me gusta de momento :))

    Respuesta
    Mery
    Mery on #237101

    Ieee!! Aquí estamos y seguimos leyendo totalmente enganchadas!!!

    Respuesta
    Sumire
    Sumire on #237105

    Uffff, me va costar coger el sueño después de leer esto…Sin palabras una vez mas!!
    Muchas gracias por mencionarme 😍

    Respuesta
    Roberta
    Roberta on #237415

    Buenas noches Ile:
    ¡Qué emoción verme citada por ti! ………… tu novela sigue encantándome……. siempre quiero saber más y a veces tus capítulos me parecen tan breves…. tienes el poder de engancharme… espero tus relatos semanales con impaciencia. Rob.

    Respuesta
    Sct
    Sct on #239241

    Tengo curiosidad por saber más cosas fe ese Ross 🤔🤔

    Me encanta!

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