Mi prima y yo nos criamos prácticamente juntas. Ambas éramos hijas únicas, con familias que vivían en un mismo edificio, incluso nuestros abuelos tenían su casa en el mismo bloque, lo cual era bastante divertido. De niñas nos pasábamos las tardes en una u otra casa, pero siempre juntas. Yo era siete meses mayor que ella nada más, por lo que fuimos creciendo a la par en nuestras etapas vitales y escolares. Éramos inseparables, como hermanas y mejores amigas todo en uno. Nos lo contábamos todo, la confianza y el apoyo entre nosotros era absoluto. Compartíamos juegos, travesuras, secretos, risas, y también miedos. Siempre estábamos la una para la otra, y así fue a lo largo de los años. Pero una noche todo cambió.
Teníamos dieciséis años en aquel momento. En los últimos tiempos se había obsesionado con su cuerpo, especialmente con su barriga, que en realidad no era más que una barriga normal y corriente de una adolescente de cuerpo normativo. Pero ella decía que le sobraba «chicha» y hacía meses que comía poco con la excusa de que estaba a dieta. Empezó a adelgazar bastante, pero en lugar de verse mejor, ella se veía cada vez peor y se sacaba mil defectos frente al espejo, defectos que no existían más que a sus ojos. De todos modos, las alarmas no saltaron rápidamente para nadie, ya que eran muchas las chicas de nuestra generación obsesionadas con sus cuerpos. Se consideraba «normal» a esas edades. Lo que pasa es que detrás de todo aquello había algo mas serio.

Nuestros padres se fueron de viaje y nosotras nos quedábamos con nuestros abuelos todo el finde. Mi abuela nos hizo nuestros platos favoritos para cenar, y ella apenas quería comer nada, pero lo acabó haciendo ante la insistencia de los abuelos. Se pasó todo el tiempo sería, como malhumorada, hasta que nos acostamos a dormir. Pero en algún momento de la madrugada me despertaron unos ruidos. Cuando me incorporé vi que estaba sola en la habitación, mi prima no estaba en su cama. Escuchaba un grifo abierto en el baño y me acerqué a mirar. Fue entonces cuando escuché las arcadas. Abrí la puerta sin llamar y la encontré de rodillas frente al inodoro. Se puso muy nerviosa y se levantó de inmediato diciendo que le había caído mal la cena. Creo que fue eso, su nerviosismo y su insistencia en que me fuese a dormir lo que hizo que no la creyera. Insistí e insistí hasta que acabó confesando: me dijo que a veces vomitaba, pero que solo lo hacía cuando comía mucho para evitar «cargarse sus progresos con la dieta». Me quedé helada. Le dije que no podía seguir haciendo eso, que tenía un problema, pero ella insistía en restarle importancia. Decía que lo tenía todo controlado y que no le contase nada a nadie. Mi yo de dieciséis años accedió erróneamente a no contarlo por lealtad si me prometía dejar de hacerlo. Ella lo prometió y yo me la creí. Pero comencé a observarla con otros ojos ahora que sabía lo que estaba ocurriendo y me di cuenta de que aquello no fue un hecho aislado ni tampoco estaba bajo control, ni mucho menos.
Se lo conté a mi madre, y ella llamó a mi tía para que pudiéramos hablar las tres. Les conté todo. Cada palabra que salía de mi boca me pesaba, porque tenía miedo de la reacción de mi prima cuando se enterase de mi traición, pero más miedo me daba que le pasase algo grave. Temía lo peor: cargarme nuestra relación para siempre. Y, efectivamente, nuestro vínculo se fue al traste y me retiró la palabra.

Los meses siguientes fueron difíciles. Pasamos semanas sin hablarnos, ni siquiera en clase. Mi prima comenzó a ir al médico, obligada por sus padres, claro, y tuvo que pasar algún tiempo internada, aunque no fue demasiado porque lo habíamos «cogido a tiempo», según decían los adultos. Mi familia me estaba inmensamente agradecida, todos decían que había sido muy madura al tomar la decisión de hablar con ellos y contarlo todo. Pero mi prima me culpaba de, según sus propias palabras, «haber arruinado su vida». La culpa me devoraba, la había traicionado y había roto un vínculo que parecía irrompible. Echaba demasiado de menos a mi prima y eso hacia que me debatiese entre la culpa de la traición y la sensación de haber actuado como debía. Pero también sentía una especie de alivio: ahora había adultos atentos ocupándose del tema y no sentía sobre mis espaldas el peso de la seguridad de mi prima.
Tuvo que pasar muchísimo tiempo, pero muy poco a poco nuestra relación fue volviendo a la normalidad, aunque el tema siempre fue tabú entre nosotras.
Años después, en una conversación adulta, madura y serena, me confesó que aquello había sido un punto de inflexión en su vida. Que al principio me odió, sí, pero que después, en medio de las sesiones de terapia, los llantos, berrinches y recaídas, fue siendo cada vez más consciente de que mi intervención había sido fundamental. Que esa “traición” fue el empujón que no sabía que necesitaba, porque no era ni remotamente consciente de cuán peligroso y dañino era lo que estaba sucediéndole. Al parecer su vida llegó a estar mucho más comprometida de lo que parecía. Cuando destapé el tema apenas comía nada y se provocaba el vómito a diario, sufría muchísimo y había llegado a autolesionarse, y aquella bola cada vez se hacía más grande y no tenía ninguna intención de parar. Y me dijo que si yo no hubiera hablado, probablemente no habríamos podido frenarlo a tiempo.

A veces, el amor y la lealtad nos llevan por caminos diferentes y nos obligan a tomar decisiones difíciles que no siempre serán comprendidas por los demás. Pueden darse circunstancias en las que proteger a alguien a quien amas significa tener que cargar con su odio momentáneamente, o incluso permanentemente. Pero si así les proteges, merecerá la pena, pues esas acciones que en aquel momento quizás no agradecieron o no supieron entender como bienintencionadas, podrían cambiar para bien el rumbo de su vida.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.