Mi hijo tenía unos 11 meses. Iba a cambiarle de ropa porque se había mojado (qué raro, ¿verdad?). Lo senté en el cambiador, me giré un nano segundo, sólo para coger una camiseta limpia de la cómoda, y de repente… ¡plaf! Niño al suelo.
Me sentí la peor madre del mundo. Creo que lloré yo más que él. Lo levanté en un segundo, lo revisé de pies a cabeza buscando el más mínimo rasguño. Por precaución, me lo llevé a urgencias y allí me lo confirmaron el diagnóstico: Un susto monumental. Para él y para mí. El niño estaba perfecto.

Cuando volvimos del hospital, llamé a una amiga mía que también es mamá y se lo conté. Necesitaba desahogarme con alguien que me pudiera entender, que no me juzgara por el error tan grave que acababa de cometer. Su respuesta fue gloriosa:
—Tranquila, a mí también se me cayó del cambiador… y de la cama varias veces… y una vez casi me lo dejo en el coche.
Pues, ¿sabéis qué? Me sentí mucho mejor. El hecho de saber que a mi amiga también se le había caído su hijo me hizo sentir menos mala madre. Y es que la madre perfecta no existe. Todas metemos la pata alguna vez. Así que, si tu hijo se te ha caído también alguna vez del cambiador o la cama, no te preocupes, no estás sola. Y si no se te ha caído nunca, tranquila, porque se te va a caer…
La madre perfecta no existe
Madre perfecta: dícese de aquella criatura etérea que aparece en los anuncios de la tele con el cabello peinado, siempre bien vestida, la cocina impoluta y un bebé sonrosado que nunca llora.
O aquella que te cuenta que sus hijos son los mejores en todo: sacan dieces en la escuela, siempre van con una sonrisa al colegio, y en su casa todo está bien. Si le preguntas, te dice que le da tiempo a todo: a cocinar platos caseros, a limpiar hasta el último rincón, a hacer los deberes con sus hijos y a trabajar ocho horas fuera de casa sin un solo pelo fuera de lugar.
Pero la verdad es que esa madre perfecta no existe, y la que lo parece seguramente también comete errores. Es probable que en la intimidad de su hogar también grite a sus hijos, que a veces se sature y les ponga nuggets congelados para cenar porque, ese día, no tiene ganas de cocinar. Pero de eso no habla nadie. Vivimos en una sociedad en la que parece que admitir que te has equivocado como madre es algo imperdonable, como si fuera un tabú.
Errores que no contamos
Seamos honestas. No solemos ir por ahí admitiendo que hemos cometido estos deslices. No se lo vas contando a la gente ni publicándolo en redes sociales. Pero cuando se lo cuentas a alguien de confianza, te das cuenta de que a todas nos ha pasado.
A mí se me cayó aquel día el niño del cambiador. Otro día me equivoqué con el medicamento y se lo di dos veces. Alguna vez le he puesto la ropa al revés o le he dejado el pijama debajo de la ropa porque, total, iba a estar en el carro metido y nadie se iba a dar cuenta. En algún despiste, he cogido el chupete del suelo y se lo ha metido en la boca, sin lavarlo antes. Y sí, también ha habido días en que no lo he bañado porque simplemente me daba pereza o estaba demasiado cansada.

Estas cosas que a veces hacemos por puro agotamientos físico o mental, no nos hacen malas madres, nos hacen humanas. Criar a un hijo no viene con manual de instrucciones, y muchas veces hacemos lo mejor que podemos con lo que tenemos en ese momento. Estamos aprendiendo sobre la marcha. A veces acertamos, y a veces nos equivocamos. Pero de todo aprendemos.
Creo que como madres debemos ser más amables con nosotras mismas. Nadie es perfecto, y pretender serlo sólo nos genera más estrés y culpa. Es importante rodearse de personas con las que podamos hablar de nuestras experiencias sin miedo a ser juzgadas, porque al final todas estamos en el mismo barco.
Con este artículo lo único que quiero es que veas que no estás sola. Resulta que las madres no somos robots ni superheroínas. Nos equivocamos, nos despistamos, y sí, a veces la ley de la gravedad hace su debut en nuestras vidas cuando menos lo esperamos. Y eso está bien. Porque lo importante no es ser perfectas, sino estar presentes. Así que respira, ríe, aprende de los errores y sigue adelante. Eres una gran madre, incluso en tus peores días.