Puedes leer la primera parte aquí.
Por petición popular y porque la realidad siempre supera a la ficción, os escribo para contaros cómo reaccionó mi suegra y qué pasó después de que el capullo de mi ex me pusiera los cuernos y tuviera que ser yo quien se lo contara a sus padres.
Vayamos por partes, primero la reacción de la buena de la madre de mi ex. Resulta que, con mi mejor disposición y llena de empatía hacia la pobre señora, le expliqué que no me había separado de su hijo porque fuera un desastre. Ni por desastre ni por malcriado, no. Le expliqué, sin tampoco demasiado detalle, que el capullo de su hijo se acostó con otra mujer, que me lo ocultó y que trató de negármelo hasta que prácticamente le puse las pruebas en la cara. No las tenía, pero mi fuente era fiable, tenía muchos datos y no le quedaron más huevos que claudicar y confesar.

La señora se puso lívida. Dijo que eso era imposible, que su hijo era un pelín inmaduro e irresponsable, pero que jamás me faltaría al respeto de esa manera. Que ella no lo había educado así…
A mí me daba mucha pena, no entiendo por qué se tiene que culpar por los errores de su hijo. Primero se culpó de haberlo criado como a un señoritingo y ahora se iba a culpar de que fuera un capullo infiel. Así que le insistí en que no había duda, que él mismo me lo había confirmado y que era el único responsable de sus actos. Porque no era una sospecha, era una certeza bien grande que podía serlo incluso más. Y es que yo sigo sin tenerlas todas conmigo y no me atrevo a asegurar que se tratara de una canita al aire puntual.
En fin, que dudas aparte, la que ya era mi exsuegra se fue a su casa entre triste, jodida y cabreada. No sabría decir en qué proporción porque daba la sensación de que cambiaba por momentos.
Yo me quedé en la mía igual que estaba cuando llegó, aunque un poco flipada por que se hubiera visto en la tesitura de tener que venir a rogarme que perdonara a su pequeño cabrón por ser un consentido. Cuando el problema era que es un consentido que la metió donde no debía, y encima se lo calló.
Bueno, pues la cosa no se quedó ahí. Tres días más tarde, volví a tener una visita inesperada. Allí estaba otra vez mi exsuegra, y en esta ocasión no venía sola… Venía con el capullo adosado al cuerpo. Que parecía un niño pequeño al que su madre lleva a decirle al vecino que le ha roto la ventana del coche con el balón. La vergüenza ajena que sentí no fue nada comparada con la que me sobrevino cuando empezó a hablar por él.

Les hice pasar porque si nos escuchaba algún vecino a mí me daba algo. La madre de la criatura me anunció que había estado hablando con él. Que la historia no era como me la habían contado y que nos debíamos al menos una conversación civilizada entre los dos. Que había venido con él porque ya sabía que a él no le contestaba ni a los mensajes (¿Eh? Primera noticia, señora) y que por favor le dejara explicarse. Acto seguido, le dio una palmadita en el muslo a su hijo y le dijo: ‘Venga, cuéntale a ella todo lo que me dijiste a mí’. Igual os parece que el nivel de surrealismo aquí ya es insuperable.
Pues no. El nivel subió otros cien puntos cuando mi ex empezó a relatar lo ocurrido la noche de los hechos. Cómo sintió un pinchazo al que no le dio importancia y que, después de eso, ya solo recuerda marcharse con la chica en cuestión y el resacón del quince que tuvo al día siguiente. Asistí ojiplática a su declaración porque de verdad que mi alucine era de tal magnitud que no me podía ni mover del sitio.

¿Cómo no le iba a perdonar?, preguntó la buena señora, si había sido víctima de un ataque por sumisión química. Lo que no sabía ella era que la chica con la que se lio su hijo era una antigua ex del instituto con la que me constaba a mí, y a la mitad de sus conocidos, que ya había tenido varias recaídas en el pasado. Porque ahí el chaval, que todo apocadito bajo el ala de su mamá parece muy joven e inocente, está a punto de cumplir treinta y dos años, es un maldito mentiroso compulsivo y tiene unos cojones como dos camiones articulados de enormes para ponerse a soltar semejantes sandeces sin ponerse ni medio colorao.
Para sacármelos de delante le dije a la madre que necesitaba pensarlo, al hijo le eché una mirada que no le mataría, pero algo de pupa le hizo, y después de cerrar la puerta con llave me puse a mirar pisos. Necesito alejarme de esa familia porque están empezando a darme miedito.
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