Silvia y Rubén se conocían desde hacía tanto tiempo cuando empezaron a salir parecía casi imposible que no acabasen juntos. Conocían todo el uno del otro y tenían un grado de confianza entre ellos bastante envidiable para el inicio de una relación, aunque, en contra de todo pronóstico, fue esa misma confianza la que los llevó a tener un inicio de relación, cuanto menos, aparatoso.

Desde que se besaron por primera vez hasta que decidieron formalizar su relación tuvieron innumerables conversaciones y expusieron sus puntos de vista, ya que tenían mucho miedo de que no fuera bien y pudieran perder aquella amistad tan importante para ellos. Finalmente, una tarde de paseo por el parque, llegaron a la conclusión de que era el momento. Echarse atrás ya no tenía sentido y solamente podían avanzar en su relación como pareja. Los dos se mostraron muy emocionados con aquella idea y pasaron la noche enviándose mensajes de amor cada uno desde su casa.

Al día siguiente, cuando pudieron verse, Rubén comenzó a poner extrañas excusas para irse pronto y, a través de un mensaje de móvil, le dijo a Silvia que prefería parar aquella locura, que no creía estar a la altura de aquella decisión y que creía que perderían aquella bonita amistad por algo de lo que ninguno estaba seguro. Lo que él no había valorado era que, precisamente ese mensaje podría destruirlo todo mucho más rápido que cualquier desencuentro amoroso posterior. A nadie con un poco de empatía y saber estar se le ocurre romperle el corazón a alguien por mensaje y mucho menos con intención de seguir una amistad. Ella se sintió devastada y, también por la confianza que tenían, pudo expresar cómo se sentía y decirle lo que pensaba. Lo mal que lo estaba haciendo, que sería dentro de mucho tiempo cuando ella pudiese verlo como un amigo ya que ahora solo podía ver en él a esa persona que no tenía ni siquiera el respeto de decirle a la cara que había cambiado de opinión. Con las horas que habían dedicado a aquello, era increíble que tuviera que esperar a estar en puntas opuestas de la ciudad para tomar una decisión tan drástica.

No había pasado ni media hora cuando él se plató con un ramo de flores en la puerta de su casa. Se sentía tan cómodo con ella, era tan natural hablarle de sus sentimientos que, en cuanto surgieron las dudas, las compartió con ella al momento, a través del medio que tenía para hacérselo saber de forma inmediata. No había sido una traición, un desprecio ni un intento de romper su relación menos bochornosa para él, solamente una demostración de su torpeza emocional y de que quería ser tan sincero con ella que, en el momento en que había dudado, necesitó compartirlo con ella. Pero ella ya llevaba un buen rato en su sofá, llorando desconsolada por la incomprensión y el dolor. Le costó una tarde completa de disculpas, cariño y charla intensa el que ella accediera a seguir adelante.

 


Semanas más tarde, con aquel episodio ya olvidado, tras un día de conexión, cariño y muchos muchos besos, decidieron pasar la noche en casa de él. Cansados, ya medio dormidos, se abrazaron como algo natural en ellos y Silvia, medio adormilada, dijo esas dos palabras que impresionan tanto a las personas inseguras: Te quiero. Él estalló en carcajadas. Si. Carcajadas. No paraba de reír y repetir que cómo le decía eso ahora, como si fuese algo totalmente fuera de lugar. Al principio, Silvia, entre el susto y el shock, se sintió muy incómoda y se rio con él, como para quitar importancia a aquella situación. Pero mientras los minutos pasaban y él seguía riendo y explicando que era muy pronto, que no era el momento, etc, ella se cansó, se incorporó seria y lo miró fijamente. Sentía que estaba ridiculizando sus sentimientos y eso no iba a consentírselo.

Además, llegados a ese punto, tras tantos años de amistad, tantos meses de coqueteo y ya varias semanas de relación, si no era amor lo que sentía, es que efectivamente se estaban equivocando. Entonces trajo a su memoria lo ocurrido con aquel whatsapp demoledor y decidió vestirse para irse a su casa y olvidar, no solo aquel episodio bochornoso, si no todos los acuerdos tomados en las últimas semanas. Una vez más, la confianza le había llevado a ser irrespetuoso con su amiga, recientemente novia. El miedo a sufrir (por relaciones pasadas) y a perderla le llevaba a negar que sus emociones eran igual de intensas que las de ella y, en un intento absurdo por negarlo, le había hecho daño nuevamente. Corrió tras ella semidesnudo a través del parque que había delante de su casa para frenarla antes de que subiese a su coche para no volverla a ver. Suplicó, lloró y se sinceró del todo al fin. Estaba realmente asustado y verla a ella tan segura de su relación le hacía sentir que jamás cumpliría las expectativas que ella podía tener.


Cualquiera podría haberle aconsejado que lo mandase a la mierda. Ella no podía estar frenando constantemente sus emociones para que él no se agobiase, no podía tener que soportar cada poco tiempo sus inseguridades de esa forma tan abrupta. Pero resistió una vez más, advirtiendo que no aguantaría ni una sola falta más de ese calibre. Ella creyó que lo sellaría con un “yo también te quiero”, en cambio lo hizo con la promesa de que, cuando se lo dijese, sería porque al fin se sentía cómodo y seguro de aquella relación, que por fin vería que si merecía su amor y su cariño. Se le hacía muy difícil entender que no era un fraude, un hombre incapaz de mantener una relación en el tiempo. Aunque sus acciones le perjudicaban más todavía a él.

Han pasado varios años de aquellos inicios inestables, llenos de inseguridades y malos entendidos. Silvia y Rubén son esa pareja que se entiende sin hablar, que siguen iluminando la mirada del otro al encontrarse cada día en casa, que siguen amándose como en realidad habían hecho desde el principio. Hoy Rubén reconoce que tenía tanto miedo a no ser lo bastante bueno para ella, que se negaba a sí mismo la oportunidad de disfrutar.

Tuvo la suerte de que Silvia supo ver en él sus buenas intenciones y hoy han empezado a formar una familia preciosa llena de amor sincero.