Puede que fuera por no haber viajado nunca. Quizá por desconocer el destino, Gandía, y muy probablemente porque quedaba con mi novia en un lugar intermedio para verla una vez al mes y dedicarnos a recuperar el tiempo perdido. La verdad es que el hotel era una bicoca. Aceptaba Bancotel (cada bono costaba 50 euros y te permitía dormir y desayunar en un hotel de cuatro estrellas) y estaba en primera línea de playa. ¿Qué podía fallar?

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Tras ver a mi novia en la estación de tren de Valencia, pillamos el Cercanías hasta Gandía y el autobús hasta el hotel. Nos recibieron muy bien y subimos a la habitación. Aquello era dantesco. Las colchas de cuadros que parecían tejidas con pan de higo, los muebles desvencijados, el baño de la Nancy, en fin, un desastre. De todas formas, íbamos a lo que íbamos y no tardamos en ponernos manos a la obra. Le dimos fuerte y la cama parecía que iba a desmontarse, pero aguantó el tirón.

En esta ocasión, el bono nos ofrecía un régimen de media pensión, lo que nos pareció ideal para no perder mucho tiempo. Ahí fue cuando nos dimos cuenta de por qué era todo tan barato. Entramos en el comedor y ¡había dos excursiones del Imserso!. Nos sentamos, llega el camarero y nos dice «el menú es puré, compota, paella a la que el cocinero le echa lo que sobra al mediodía y yogur. Si queréis algo como una tortilla de patatas, un filete, o algo así me lo decís». Se lo agradecimos eternamente. De hecho, nos reconoció que era parte de su cena y que no entendía por qué no nos habían avisado de la situación en la agencia de viajes.

Pues bien. Termina la cena, el personal se va a la discoteca, situada en el sótano, desde donde se escuchaba en todo el hotel todo el repertorio de Manolo Escobar, Rocío Jurado y demás. Nosotros a lo nuestro. Nos metimos en la pequeña bañera, pusimos a refrescar una botella de vino rosado en el bidé (no había minibar) y tras calentarnos volvemos al tema. Fue al terminar cuando escuchamos algunas voces y pensamos que eran los abuelos que venían algo bebidos de la discoteca que cerraba sobre las dos de la mañana.

Durante el mañanero, escuchamos «ya están otra vez» claramente, pero no hicimos mucho caso. Bajamos a desayunar temprano porque nos íbamos a Valencia. Al regresar, el camarero se había apiadado de nosotros y nos había preparado un poco de carne y un postre. Cuando volvimos a follar, escuchamos más comentarios y risitas, pero ni caso. Había que aprovechar el tiempo y no estábamos para tonterías.

Fue al día siguiente, cuando los yayos ya se marchaban, al entrar en el salón de desayunos cuando nos recibieron con una ovación. Pensamos que era una broma, pero fue uno de los viejos el que me dijo «aprovecha esta etapa porque de aquí a unos años no vas a darle así ni en sueños». A mi chica fueron ellas las que le decían que se lo pasara lo mejor posible y que viviera libre, «los calzoncillos que se los lave él» le dijeron. 

La anécdota me parece muy curiosa, pero más todavía que el reflejo de la sociedad de antaño fuera ese: ellos a follar y ellas a lavar. Así que ya sabes, si ahora ves que un fin de semana de otoño te sale demasiado barato en un hotel de la costa, infórmate antes de si es un hotel del Imserso y prepárate para follar con espectadores. ¡Avisado/a estás!