Cuando María llevaba un año con su novio decidió mudarse con él. Eligieron un piso con una gran terraza para poder tener mascotas, ya que ambos eran unos apasionados de los animales. Querían poder darles la opción de estar en un espacio amplio y con aire puro cuando no estuvieran en casa.
Les costó encontrar lo que buscaban (aunque en los dos miles la búsqueda no tenía nada que ver con cómo es ahora) pero cuando entraron aquella casita con jardín, supieron que sería su nidito de amor.

No pasaron más de dos meses cuando Nala llegó a sus vidas. Eran otros tiempos, no había tanta conciencia de adopción, así que se lo compraron a un conocido de un amigo suyo. Era una cachorra de raza, muy juguetona y con muy buen carácter. Les costó educarla para que no se comiera sus zapatos, pero por lo demás era la consentida de casa.
María iba a todas partes con Nala, y su novio a veces parecía celarse de las caricias que le daba cuando estaban en el sofá viendo la tele. Ella bromeaba «que a ti también te quiero, bobo» le decía mientras lo abrazaba. Pero para él no era una broma.
Él era un chico inseguro y utilizaba su inseguridad para justificar los celos y el control que tenía sobre María. Debía informarle constantemente de dónde estaba y por qué estaba allí, de si había alguien más… Y no sólo por si estaban con otros hombres sino, sobre todo, por si estaba con según qué amigas.
Al parecer no le sentaba bien que quedase con X chica porque había dejado a su novio y se le veía mala persona, con la otra porque la había acogido en su casa el día que discutieron y María se quiso marchar… Y así casi una decena de amigas y familiares que no encajaban muy bien con lo que él quería que fuera el entorno de su novia. Todo por su bien, por supuesto. «Es que no quiero que nos separen» «Es que tengo miedo de que veas que su vida es mejor que la que yo te doy y me dejes» «Es esta maldita inseguridad, lo siento, sé que es culpa mía, pero debes saber que si quedas con tu hermano yo sufro mucho y no lo puedo evitar».

El hermano de María había calado a su novio desde el primer momento, y él se había dado cuenta. Por eso María debía evitar quedar con su hermano demasiado o no hacerlo a solas para que «su novio no sufriese».
El control, las broncas y los insultos (que tardaron en aparecer, pero muy poco en ir escalando en gravedad) solamente iban a más, como era de esperar. Y María, que empezó justificando la actitud de su novio e intentando ayudarlo, cuando ya no pudo más, escuchó a su hermano y a su amiga y decidió dejarlo.
Pero Nala era un problema. Ella no podía permitirse vivir sola en una casa con jardín y la perra, cuando estaba en un piso, sufría mucho.
Su ex se quedó en la casita donde vivían y le ofreció quedarse a la perra el tiempo que fuese necesario y que ella podría ir a verla cuando quisiera.

En un principio le pareció una buena opción. Su hermano le pidió que trajese a la perra, que la educarían, pero ella no entendía qué podría salir mal.
Entonces empezó el juego. Cuando ella iba a ver a la perra, él le pedía que le abrazase, que le ayudase a superar la ruptura… Y siempre acababan discutiendo porque él le decía que iba allí a provocarle.
Como aquello no funcionaba, empezó a quedar con chicas y besarlas en el jardín mientras ella visitaba a la perra. Ella salía de allí fatal, tardaba días en recomponerse. Aquella ruptura había sido muy dolorosa, ella le quería y no aguantaba verlo así. Definitivamente su psicóloga le dijo que no debía ir más allí. Su hermano la apoyó mucho.
Pero entonces empezó la campaña de mensajes y amenazas con no dar de comer a la perra, con atarla y no dejarla correr.
Todo el mundo le dijo que nos sería capaz, que lo decía para hacerle daño y que volviera, así que lo ignoró. Tuvo la tentación de llamar a la policía, pero en aquel momento las leyes eran demasiado laxas con estos temas y sabía que no valdría de nada.
Ella confió en que aquel chico que lo había pasado tan mal en su infancia y que era solamente una víctima de las circunstancias, cuidaría a su perra por el amor que le tenía y por el cariño que le guardaba a ella.
Un día le llegó un e-mail con una carpeta de fotos. Al abrirla se encontró con cientos de fotos de la perra con el rabo entre las piernas, en cada foto más delgada hasta ser un esqueleto, en todas las fotos estaba atada a una cuerda de poco más de un metro. Todo el suelo cubierto de sus desechos y con un cacharro con agua sucia al lado del palo al que había atado la cuerda.

No era una amenaza vacía. Lo había hecho realidad. El email decía que aquello había sido culpa de ella, que podía haberlo evitado, pero no quiso hacerlo. Qué él la advirtió y ella decidió anteponer su nueva vida de «pendón» a su perrita que tanto decía querer. En la última foto, la perra estaba tumbada llena de parásitos, pero aún se veía vida en su mirada.
En pleno ataque de nervios, María llamó a su hermano y le contó lo que había recibido. Este corrió a la que había sido la casa de su hermana. Su excuñado no estaba en casa, así que saltó la valla, cortó la cuerda y sacó a la perra moribunda en brazos de allí.
Fueron directamente al veterinario, pero poco había que hacer. Tras tres días ingresada en la clínica, estaba demasiado débil y llena de infecciones, falleció dejando a María una culpa enorme pegada al corazón.
Nadie creía que fuera capaz de aquello, nadie pensó que realmente haría algo así.
Lo denunciaron, pero no valió para nada más que gastar dinero en abogados.
María todavía hoy en día siente culpa por no haberse llevado a Nala con ella. La dejó atrás para que la perra no sufriera y el resultado había sido el peor posible.
Su ex se casó y nadie se sorprendió cuando su mujer lo denunció por malos tratos unos años después. María tuvo la tentación de ponerse en contacto con ella, pero con todo lo que le costó pasar página y dejar atrás a aquel monstruo, no sería responsable para sí misma hacerlo. Al menos aquella mujer había denunciado.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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