En diez años pueden pasar millones de cosas. En mi caso, diez años atrás estaba llorando como una magdalena tras la ruptura más importante de mi vida. Durante los siguientes diez años había tenido otras parejas, alguna que otra aventurilla y había cambiado de piso tres veces, pero poco más. Diez años pueden cambiar a una persona, aunque supongo que en mi caso el cambio principal fue que me salieron mis primeras canas. Por eso, cuando lo vi entrar en la cafetería esa mañana supe que pese a esos diez años que habían pasado, se me seguía cayendo la baba al ver su sonrisa.

Me había llamado unos días atrás porque había vuelto al pueblo. Cuando sonó el teléfono y vi su número en la pantalla, número que ya no tenía guardado pero que seguía recordando, no lo podía creer. Me contó que le habían destinado como profesor allí y que se enteró por unos amigos comunes de que yo seguía viviendo en el pueblo. Así que me llamó para vernos. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Nos sentamos a hablar y pronto pareció como si el reloj se hubiera detenido. El tiempo pasó volando sin que nos diéramos cuenta. Reímos recordando viejas anécdotas, hablamos de la familia, de los amigos que quedaban y los que ya no estaban en nuestras vidas. Incluso hablamos de nuestra ruptura y a la par de lo felices que habíamos sido durante la relación. Cada gesto suyo me resultaba familiar y a la vez nuevo y excitante. Su sonrisa, el roce de su mano contra la mía al reír, el aroma que siempre me había vuelto loca y que no había cambiado… todo eso me hizo volver atrás en el tiempo. Y, al parecer, a él también.

Me acompañó a casa y, antes de irse, me abrazó. No fue un abrazo de cortesía, ni siquiera un abrazo de amistad. Fue un abrazo largo e íntimo, y justo antes de separarse metió su nariz en mi cuello, igual que diez años atrás, haciendo que un escalofrío me recorriese entera. Me dio un beso en la mejilla y me dijo que se había alegrado de volver a verme. Fue entonces cuando busqué su boca con la mía, y él me apretó contra su cuerpo cogiéndome por la cintura. La química entre nosotros seguía ahí, y el deseo estaba intacto aunque nosotros no fuésemos exactamente los mismos que diez años atrás.

Esa noche todo fue diferente a lo que esperaba. No era la misma urgencia torpe de la juventud con la que nos buscábamos antes, sino una intensidad madura, consciente. Con cada beso y cada caricia explorábamos el cuerpo del otro casi como recordando el pasado, disfrutando del tacto, del aroma, de la suavidad, del calor. Ambos nos dejamos llevar por completo y el resultado fue alucinante.

Conocíamos nuestros cuerpos y lo que nos gustaba, pero ahora, con la experiencia que otorgan los años, sabíamos cómo explotarlos al máximo. Sabíamos lo que queríamos y nos entregamos a ello sin reservas. Él conocía cada curva de mi piel y sus manos se movían por ella como quien recorre las páginas de un libro que se sabe de memoria, sabiendo qué hacer, qué besar y dónde tocar en cada momento. Por mi parte, recordaba perfectamente qué cosas le volvían loco, y decidí que esa noche le haría perder la cabeza.

Más tarde, mientras conversábamos entre susurros abrazados en la oscuridad, supe que de algún modo esto había supuesto para mí el cierre de un círculo, y sentí gratitud. Pasara lo que pasase en adelante entre nosotros, significaría un nuevo comienzo. Habíamos pasado diez años separados y sin embargo allí estábamos, como si el pasado fuese ayer mismo pero mejores, más maduros, más experimentados, más conscientes. Era el recuerdo de lo que habíamos sido, pero multiplicado por todo lo que habíamos aprendido por separado durante esos años.

Aquella fue la primera de muchas. Aprendimos a disfrutarnos al máximo mientras reconstruíamos, casi sin darnos cuenta, el resto de la relación. Porque al fin y al cabo, hay pasiones cuyas llamas no las apaga ni el más largo de los tiempos, pues no conocen de calendarios, ni de caducidad.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.