Durante años fingí orgasmos. Así es. No me enorgullece admitirlo, pero esa era mi realidad. Mi primera pareja sexual se frustraba mucho al no conseguir llevarme al orgasmo rápidamente, incluso se enfadaba, así que empecé a hacerle creer que lo conseguía, y rapidito. Ese fue el comienzo del problema. Y aunque empezase a hacerlo con aquella pareja, poco a poco me fui acostumbrando a actuar de la misma manera con todos, a llevar a cabo esa especie de teatrillo íntimo siempre que lo hacía con alguien. Gemía con intensidad, me movía como si estuviera al borde del colapso del placer, agitaba la respiración cada vez más y explotaba como si hubiera tenido el orgasmo más intenso del mundo. Y así todo iba bien. Él estaba contento, yo no tenía que agobiarme pensando en llegar al orgasmo en manos de otra persona y así el ego de mis parejas estaba protegido y yo evitaba sentirme incómoda. Y cuando encontraba un ratito a solas, aprovechaba para darme a mí misma el placer que ningún otro me podía dar.

Tenía previsto que toda mi vida sería así, pero entonces llegó él. Le conocí en clase de pilates. Había tenido una rotura de ligamentos y le habían recomendado empezar por ejercicio suave. Yo odiaba ir al gimnasio por mi cuenta y la zumba me sacaba de quicio, así que elegí esta actividad. Estábamos solteros y hubo atracción entre nosotros desde el principio, así que tras mucho tontear y mucho mirarnos en según qué posturas en clase, nos fuimos a tomar algo después de una de las sesiones. Y después de eso tuvimos otra clase de sesión, una sesión que iba a cambiar muchas cosas.

Entramos a mi casa ya besándonos desde el ascensor. Yo esperaba lo de siempre: besos intensos, yo bajaría al pilón, él igual lo hacía durante unos minutos si tenía suerte y luego la penetración, donde llevaría a cabo mi actuación, la cual era ya costumbre para mí, no tenía ni que pensarlo, era automático. Pero no, nada ocurrió como esperaba.

Tras el arrebato pasional del ascensor, fue frenando. Me dijo que para él eran muy importantes los preliminares. Me empezó a besar despacio, como si cada rincón de mi boca mereciera atención. Sus manos se detenían en lugares que antes nadie había considerado importantes. Me preguntaba qué me gustaba, y aunque parezca mentira, nadie me lo había preguntado antes, así que ni siquiera supe qué responderle. Le dije que me sorprendiese, y vaya si lo hizo. Empezó a bajar por mi cuerpo, acariciándome con sus labios hasta llegar a mi pubis, sin prisa. Beso la cara interna de mis muslos y eso me hizo suspirar de placer y sentir una excitación tremenda. Siguió haciendo lo mismo por toda la zona, volviéndome loca. Y cuando estaba al borde de rogárselo, comenzó a pasar la lengua por mi sexo, suave, sexy. Todo iba genial, pero como era de esperar, mi reflejo aprendido de fingir empezó a aparecer. Mi cuerpo quería adelantarse al final y empecé a mover las caderas y a gemir de forma algo exagerada. Y entonces él paró. Abrí los ojos y me estaba mirando con cara de extrañeza. «¿Qué haces?» me dijo. «No lo sé… ¿He hecho algo mal?» pregunté nerviosa. Sonrió y subió hasta mi oído. Entonces, susurró: «Relájate. No tengas prisa. Sólo disfruta». Se había dado cuenta. Nadie lo había hecho hasta entonces, y eso me rompió los esquemas. Le observé, pero no parecía molesto, al menos no por querer fingir, sino por no dejarme hacer. Lentamente, retomó lo que estaba haciendo antes del parón. Y algo dentro de mí se liberó.

Por primera vez, me permití perder el control, soltar los mandos. Dejé que mi cuerpo se relajase lo suficiente como para que el placer fuera aumentando poco a poco, sin forzar la situación. El primer orgasmo lo tuve cuando aún me estaba practicando sexo oral, algo que no había vivido nunca antes. Las oleadas de placer llegaron con una fuerza que no había experimentado nunca antes junto a otra persona. Temblaba, reía, gemía de verdad. Me quedé sin aire, con el corazón latiendo a mil por hora. No podía creer que lo hubiera conseguido. Y aquello no hizo más que empezar. Cuatro. Cuatro orgasmos enormes y reales. El segundo fue impresionante, el tercero increíble y el cuarto tan inesperado que grité de sorpresa a la vez que de placer. No me lo podía creer.

Después del polvo decidí contarle mi historia. Había desbloqueado una parte de mí que no creía posible desbloquear, así que le confíe mi pasado. Alucinó, y me dijo que no podía entender cómo me había llegado a coaccionar a mí misma de esa forma.

A partir de ese momento me centré en no volver a fingir ni un solo orgasmo. No fue fácil, porque eso ya formaba parte de mi forma de tener sexo, así que tuve que desaprender lo aprendido. Me ayudó bastante tener otras «sesiones» íntimas con mi compañero de pilates. Cada encuentro era distinto, a veces era intenso y explosivo, otras lento y suave, pero en todos me abandonaba al placer que sabía que me proporcionaría. No le importaba si tardaba en llegar al orgasmo, solo le importaba que llegase y que ambos disfrutásemos de manera sincera. Escuchaba mi cuerpo, lo respetaba, lo disfrutaba. Y yo hacia lo mismo con el suyo. Poco a poco, fui sacando de mi ese mal hábito.

Y así, se acabó el fingir. Desde entonces he tenido distintos encuentros sexuales, algunos satisfactorios, otros no tanto. No en todos he llegado al orgasmo, pero en ninguno lo he fingido. Porque al final, a la única a la que estaba saboteando era a mí misma, robándome la posibilidad de disfrutar del buen sexo de verdad, sin máscaras ni actuaciones. Y cuando tardo más de la cuenta en llegar y me entran las dudas, me repito la frase que lo cambió todo: «Relájate, no tengas prisa. Disfruta».

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.