El embarazo es una etapa llena de emociones, cambios y expectativas. Ahora mismo estoy en mi octavo mes de embarazo, esperando con ilusión la llegada de nuestra bebé. Estoy en esa etapa en la que todo son nervios por el parto, ilusión por conocer a nuestra hija y preparación para nuestra nueva vida.

Tengo ya preparada la bolsa para el hospital, la ropita de la bebé lavada y planchada, la cuna montada y lista para usar, y el carro también. Dicen que las mamás primerizas solemos dar a luz pasada nuestra fecha de parto, aún así, por si la niña quiere nacer antes, yo ya tengo todo listo.

El problema es mi marido. Es una persona muy tranquila, muy organizado y suele ser bastante comprensivo, pero esta vez parece que quien está experimentando la subida de hormonas del embarazo es él.

¿Conocéis aquello del “síndrome del nido”? Es cuando a los papás nos entran las prisas por colocar la casa para que sea un lugar acogedor para nuestro retoño. Pues a mi marido la ha entrado el síndrome del nido, pero a lo bestia, y me está reformando la casa entera.

Hace unos años nos compramos una casa de segunda mano, estaba bien, para entrar a vivir. Había ciertas cosas que nos hubiera gustado cambiar, pero decidimos dejarlo para más adelante.

Ahora, que estoy embarazadísima, a pocas semanas de dar a luz, a mi marido le ha poseído el espíritu de Manolo y Benito y me tiene levantada media casa.

Ha empezado quitando el gotelé de las paredes, con todo lo que eso implica: ruido, la casa llena de polvo y muebles empapelados porque tiene que pintar de nuevo. Como si a la bebé la importara mucho que su habitación tuviera gotelé…

La casa era un auténtico caos, con herramientas por el salón, botes de pintura, brochas y rodillos por el pasillo. Al final me tuve que ir unos días a casa de mis padres porque el olor a pintura era insoportable y me daba miedo que fuera tóxico para la bebé.

Quiero aclarar que lo hace todo él, se cree Tim Allen en la serie “Un chapuzas en casa”. Se pone su mono de trabajo y a lijar paredes. Como mucho, llama a alguno de sus colegas para que lo ayuden. De verdad que ahora mismo mi casa parece una comedia de los noventa.

Pero es que cuando ha terminado con las paredes, se le ha ocurrido que era un idea genial levantar el baño entero. Cambiar suelo, azulejos y sanitarios. Que no me importa no ducharme, pero no poder hacer pis ya es otra cosa. Con la de veces que tiene que hacer pis al día una embarazada…

Mis intentos de hacerle ver que no necesitamos un baño nuevo justo ahora, sino que deberíamos centrarnos en asegurarnos de que la casa esté funcional para cuando llegue la bebé, han sido en vano, así que otra vez que me tuve que ir a casa de mi madre.

Pero es que además de las obras, se ha vuelto loco comprando muebles. Me tiene casi todas las tardes de paseo por Ikea. Que, por otro lado, me viene bien pasear pero es que al final me voy a poner de parto entre la sección de dormitorios y organiza tu espacio. La cuna, el cambiador y la trona para la niña son de Ikea, por supuesto, pero es que también me ha cambiado el mueble de la tele, que decía que el otro estaba ya viejo, y la mesa y las sillas del salón, para que la niña se siente a comer a gusto dentro de, yo que sé… ¿dos o tres años?

Pero ya cuando me dijo que estaba harto de la cocina, le paré los pies. Le he dejado claro que cualquier proyecto nuevo que implique taladros o demolición tendrá que esperar.

Al final, aunque las reformas para mí han sido una fuente de estrés adicional, también he aprendido a ver el lado positivo. Mi marido está emocionado por la llegada de nuestra hija y quiere que todo sea perfecto para ella. La verdad es que desearía que eligiera otro momento para esta fiebre de renovación, pero entiendo que es su manera de procesar los cambios que están por venir y tengo que entenderle.

Por ahora, me toca practicar la paciencia y recordarme a mí misma que el verdadero cambio está por venir: la llegada de nuestra bebé transformará nuestras vidas mucho más que cualquier reforma. Y, en unos meses, cuando estemos acunándola, tal vez podamos mirar hacia atrás y reírnos de esta etapa caótica.

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.