Ser padres es difícil. Quieres hacerlo todo bien: no gritar, ser comprensivos, cocinar siempre comida sana para que lleven una dieta equilibrada, hacer actividades educativas con ellos, no ponerles delante de una pantalla para que nos dejen tranquilos…
¡Pues no se puede! Es imposible mantenerse zen todo el día. Cuando estas cansada de trabajar y tienes dos niños pequeños, uno con un berrinche y el otro quejándose de la cena porque son judías verdes, pues al final pierdes los nervios. ¡Y es normal!
A veces hacemos lo que podemos para sobrevivir, aunque eso signifique pedir un día pizza para cenar o mentir a tu hijo si con eso consigues unos minutos de paz mental. Hoy os voy a confesar algunas de las mentiras que yo les digo a mis hijos para salvar el día y no perder la cordura. Y estoy segura de que muchas de vosotras usáis las mismas mentiras piadosas para evitar un conflicto, porque somos mamás, pero también somos humanas.
Mentira número 1: “El parque está cerrado”
Los niños tienen una pila infinita, una batería inagotable que hace que te plantees muchas cosas, como, por ejemplo, por qué le llevo a actividades extraescolares para que se canse, si no se cansa.
El caso es que mi hijo, llega a las seis de la tarde de la natación, después de una jornada intensa de colegio, y te dice que si vamos al parque. Pues yo le suelto esta joya de la diplomacia parental que creo que casi todos los papás hemos dicho alguna vez: “El parque está cerrado”.
A veces vienes cansada del trabajo y no te apetece enfrentarte a una tarde de toboganes, columpios y arena en los zapatos. Con el añadido de que yo, en particular, odio ir al parque con mi hijo.
¿El problema cual es? Que de los 3 a los 4 años, esta mentira colaba, pero mi hijo ya tiene 5 y te suelta que cómo van a cerrar el parque si no tiene puertas, que el parque está abierto siempre. Así que chicas, si tenéis aún niños pequeños en edad de creerse esta mentirijilla, aprovechad.

Mentira número 2: “No quedan galletas de chocolate, te las comiste todas ayer”
Y esto vale también para las chuches, la bolsa de patatas fritas o de gusanitos, o cualquier otro comestible no muy sano que tu hijo se quería comer y ha desaparecido misteriosamente.
Lo más normal es que te lo hayas comido tú en un ataque de ansiedad y antojo de azúcar o guarrerias varias. Pero claro, no le vas a decir que te lo has comido tú porque entonces el rencor y el asco que te coge tu hijo no se le olvida en la vida.
Es mejor mentir. No importa si tu hijo tiene memoria de elefante y se acuerda perfectamente de que ayer se comió media bolsa de patatas y se guardó la otra media para hoy. Tú míralo con convicción y suelta la bomba. “Cariño, no queda, te lo comiste todo ayer”. Cómo mínimo sembraremos la duda en su cabecita y se olvidará. Y si se pone muy pesado, la única opción que te queda es bajar con él al súper a comprarle otra bolsa de patatas, tableta de chocolate o lo que sea que te hayas comido tú.

Mentira número 3: “No puedo ir a tu cole porque trabajo”
En el colegio de mi hijo, les encanta pedir la colaboración de los papás para todo. Que si podéis venir a hacer unos talleres en Navidad, que si para decorar el cole en Halloween, que si a ver quien se puede venir a la excursión para echar una manos a las profes…
Y que conste que a veces me apunto a cosas; pero es que mi hijo quiere que esté allí cada vez que piden un voluntario, y paso. Así que cuando no me apetece el plan, pues le digo que justo ese día trabajo y santas pascuas. Ahora mismo estoy en paro, pero él de eso no se entera.
Me puedo apuntar a hacer un cuentacuentos para el Día del Libro, o un taller un día en concreto, pero pasarme varias semanas yendo al cole a decorar los pasillos y las clases porque se acerca Halloween, Navidad, o la jornada de puertas abiertas, lo siento pero no.
Y a una excursión no me apunto ni loca. Tener que ir en un bus controlando niños de entre 3 y 5 años o luego en el teatro estar pendiente de que estén sentados, de que no molesten, pasarme media función en los baños porque alguno quiere hacer aguas menores o mayores… ¡No! Ya me cuesta controlar al mío como para estar atenta de 20.

Mentira número 4: “Se ha quedado sin pilas”
¿Quién no le ha quitado alguna vez las pilas a un juguete ruidoso y le ha dicho al su hijo que se había quedado sin pilas? Tengo algún familiar que otro (mi madre) que les encanta regalar a mis hijos cacharros que hacen mucho ruido. Será que se está vengando de mí por lo mal que se lo hice pasar yo cuando era pequeña, no lo sé.
El caso es que cuando dichos juguetes llegan a mi casa, muchos directamente se quedan en casa de mi madre, dejan de funcionar. Las pilas, que duran poco, solo de casa de la abuela a la nuestra.

Mentira número 5: “Vamos a dormir, que ya es tardísimo”
Los niños no tienen nociones de tiempo. Para ellos, las 7 de la tarde en invierno, como está de noche, puede ser la hora de irse a la cama perfectamente.
Adoro el invierno, a las 6 de la tarde está de noche, así que a las 7 están cenando y a las 8 metidos en la cama. Y así los papás podemos cenar tranquilos (y cenar lo que nos dé la gana) y ver la tele un rato. En nuestro pequeño momento de relax.
La cosa se complica en verano, porque anoche tardísimo, pero yo bajo las persianas de casa y el niño no sabe que aún es de día cuando lo estoy metiendo en la cama.
Con cierta edad, mi hijo mayor empezó a preguntar qué hacíamos nosotros cuando ellos se iban a la cama, y yo tuve que responderle con otra mentira: “Pues nos vamos a la cama también”.
Conclusión: No somos malos padres, solo intentamos sobrevivir al día a día
Mentir no está bien, eso lo sabemos. Pero estas pequeñas mentiras blancas no buscan dañar, sino evitar berrinches innecesarios, peleas absurdas y, sobre todo, darnos un respiro. Porque la crianza es una carrera de resistencia, y si de vez en cuando necesitamos un pequeño atajo, no pasa nada. Así que, si alguna vez te has sentido culpable por decir que la tele «se estropeó» para evitar poner otro capítulo de Peppa Pig, recuerda: todos estamos en el mismo barco.