Cuando comencé mi carrera universitaria, no solo tuve que enfrentarme a la difícil pregunta de «¿qué estudio?», sino también a «¿dónde vivo y con quién?». Dejé atrás mi país natal y a mi familia. El primer año transcurrió sin grandes problemas: compartí piso con una desconocida que pronto se convirtió en una de mis mejores amigas y un chico que, aunque no terminaba de encajar, no generaba mayores conflictos. Pero entonces surgió  oportunidad soñada de cara al segundo curso: un piso de amigas frente al mar. Todo sonaba perfecto. Lo que no sabía es que las fantasías no siempre resisten la realidad. 

Al principio, Marta y yo, que ya nos conocíamos y teníamos ciertas rutinas, intentamos respetar las de Betsa, la nueva compañera. Que fueran distintas no significaba que fuer malas. Pero ella se pasaba el día encerrada en su habitación. Apenas la veíamos. Tenía su propio baño y solo la escuchábamos de madrugada, cocinando ollas de comida que no sabíamos cuándo consumía. Durante el día, apenas sobrevivía a base de chocolate. Al principio lo comentamos con ella desde la preocupación. No parecía alimentarse bien, y cuando comenzó a desmayarse en el supermercado, en el trabajo o de camino al campus, insistimos en que debía cuidar su salud. Nos respondió con evasivas y alguna que otra broma. 

Luego llegaron los problemas de convivencia. Un día, al ir a cocinar, me di cuenta de que casi no quedaban utensilios ni vajilla en la cocina. Tras preguntar, descubrimos que la mayoría estaba en su habitación. Intentamos hablarlo, pero la conversación escaló: su tono se tornó agresivo, aunque, por un par de días, dejó de acumular platos. Pero solo por un par de días. También dejó de asistir a clase y empezó a pedirnos ropa porque «no tenía tiempo para hacer la colada». Se la prestábamos sin problema, al fin y al cabo era nuestra amiga Pero algo no iba bien, y la barrera que estaba construyendo entre nosotras se hacía cada vez más visible, tangible, casi física en su cuarto. 

Tres meses después, el asunto estalló. No era normal que no pudiéramos cocinar o beber un vaso de agua porque todo el menaje estuviera apilado en su cuarto. Cuando intentamos hablarlo de nuevo, la conversación se convirtió en una discusión en la que me gritó que yo no tenía problemas reales y que por eso no la entendía. Me dolió. Ella no confiaba  nosotras, pero yo sí le había contado mis cosas: que no estaba bien, que había vuelto a terapia, que a mi pareja le habían diagnosticado cáncer de páncreas mientras estaba de Erasmus. Me gritó a dos centímetros de la cara y, llena de rabia, se encerró en su cuarto. 

No me contuve. Entre lágrimas, le abrí la puerta exigiendo una disculpa. No sé si fue lo correcto, pero me pegó. Marta nos separó y entonces lo vi: el estado de su habitación. No quedaba suelo visible. Platos con comida seca, ollas, papeles, ropa sucia, cuchillas de afeitar, chanclas, bolsos, absolutamente todo mezclado en una especie de caos insoportable. No era simple desorden. Aquello gritaba ayuda. 

Se encerró en su habitación y, pese a la alerta roja por fuertes lluvias, salió con dos maletas sin decir palabra. Días después, su padre vino por el resto de sus cosas y una limpiadora dejó el cuarto vacío. No volvió a casa, ni a la universidad. Los profesores nos dijeron que se había dado de baja en Navidad. Desde entonces, le he escrito, la he llamado, pero solo hay silencio. La única prueba de su existencia son los Bizums puntuales con su parte del alquiler. Ahora que hemos encontrado otra chica para ocupar la habitación, hasta eso se acabará. 

Supongo que no puedo hacer nada por alguien que no quiere ser ayudado o que simplemente no me quiere en su vida. Pero he visto cómo alguien caía en picado y apenas me di cuenta, hasta que las señales se hicieron demasiado grandes para ignorarlas. Su salud mental quedó encerrada tras una puerta, un muro construido con suciedad y una relación de amistad que decidió enterrar. 

Y así, me pregunto: ¿cómo se puede negar la salud mental cuando se presenta de forma tan tangible? ¿Cómo se puede decir que no es importante cuando alguien se desmaya en la calle, cuando la rabia explota en forma de gritos o golpes, cuando el aislamiento se convierte en un refugio y el caos de un cuarto es el reflejo del caos interno? Puedes llamar como quieras, puedes apartar la mirada, pero la realidad siempre encuentra la forma de gritarte en la cara. Y cuando lo haga, más te vale estar dispuesto a escuchar. Espero que Betsa sepa que yo quiero escucharla y que lamento no haberlo hecho antes si intentó decirlo de algún modo. 

Basaden un testimonio anónimo real y escrito por Victoria A.M.