La sospecha se instaló en mi cerebro como un pequeño zumbido. No hubo un mensaje revelador, ni un aroma ajeno, ni siquiera un cambio súper evidente en su forma de actuar. Fue algo casi imperceptible al principio, pero que estaba ahí debajo, latente. Como si mi cuerpo intuyera lo que mi mente aún no podía procesar. Llevábamos casi dos años juntos. Dos años de cenas compartidas, de fines de semana de Netflix, manta y sexo, de mensajes con emojis de corazones. Y sin embargo, algo había cambiado. Él había cambiado, y lo único que se me ocurría es que hubiese alguien más. Y eso me aterrorizaba.
Los últimos dos años habían sido los mejores de mi vida. Cuando le conocí tuve tan claro que le quería que le pedí que se mudase conmigo a los pocos meses. Y, tal y como ya dije, todo había sido genial hasta que empecé a sospechar que algo estaba haciendo cambiar mi mundo.
Lo comenté con una amiga, y me dijo que estaba paranoica. Y era verdad, de cara al resto del mundo no parecía que hubiese cambiado nada. Pero yo veía su forma de mirar de reojo su móvil cuando se iluminaba sobre la mesa y como le daba la vuelta a la pantalla en cuanto podía. Veía como se llevaba el teléfono al baño y no salía en más de media hora, algo que jamás ocurría antes. Observaba que últimamente volvía más tarde del trabajo, alegando que el jefe llevaba una racha muy pesado. Curraba de camarero. Se desenvolvía estupendamente con la gente. Era carismático, hablador y extrovertido. Esto le hacía llevarse siempre sus buenas propinas, como podéis imaginar. Nunca había sospechado nada raro respecto a su entorno laboral, pero ahora me estaba volviendo loca. ¿Y si la había conocido allí?

Así que, una noche, mientras él dormía, no pude más y lo hice: le mire el móvil. Tenía huella dactilar, pero eso no fue problema: cual ninja, le cogí la mano y lo desbloqueé. Su capacidad para dormir como un tronco siempre había sido una de nuestras bromas. Qué irónico que me hubiese servido para poder abrir su teléfono.
Entre en WhatsApp nada más desbloquearlo. Miré cada chat, pero no vi a nadie sospechoso. Respiré hondo, aliviada. Pero justo cuando iba a soltar el teléfono me fijé en que tenía la app de Telegram. Nosotros no la usábamos, éramos de WhatsApp, yo no la tenía ni descargada y eso me pareció raro.
Y ahí estaba. Laura. No me sonaba ese nombre y era el chat principal. Comencé a leer y, a medida que avanzaba, las lágrimas arrasaron mi rostro. Hablaban cada día, de forma íntima, divertida, cariñosa, tonteando y hasta había sexting. Era como verle hablar conmigo en nuestros comienzos. Incluso le decía las mismas bromas, las mismas cosas para calentarla. El dolor que sentí dentro era atroz. El mundo, mi mundo, se me iba escurriendo entre los dedos.

Cualquier persona habría estallado, despertado a su pareja, llorado a gritos. Le habría pedido explicaciones, echado de casa o se habría ido ella misma. Pero yo no hice nada. Me metí en la cama de vuelta, apagué la luz de la mesilla y lloré en silencio hasta quedarme dormida. Y a la mañana siguiente, decidí no hacer nada al respecto.
Cuando hoy lo pienso, me doy mucha lástima. Dependía tanto de él, de su presencia, de que me quisiera, que aunque hubiese otra persona no estaba dispuesta a renunciar a él. Guardé silencio y me comí mi dolor. Literalmente. Con un pasado lleno de problemas con la comida, caí en una espiral autodestructiva. Comía para calmar mi ansiedad. Comía cuando le veía con el móvil. Comía cuando estaba sola y le imaginaba con ella. Comía cuando llegaba tarde a casa y yo sabía en secreto de dónde venía. Aunque comer es un verbo demasiado educado para lo que yo hacía. Yo devoraba, no me importaba el qué, arrasaba con lo que hubiese. Y luego, las veces que comía tanto que me sentaba realmente mal, me purgaba.

Y así, en seis meses puse veinte kilos. Él no me dijo nada al respecto, pero yo notaba cómo cada vez se alejaba más y más de mi. A ciencia cierta no sabría decir si fue por mi cambio físico o porque la otra ya tenía más importancia en su vida que yo. Pero una mañana, mientras tomaba el café, me dijo que teníamos que hablar.
Y me dejó. Me dijo que había otra persona y se sorprendió cuando le dije que ya lo sabía. No me complace decir que le supliqué que no me dejase, que le dije que podía estar con quien quisiera, que me daba igual con tal de no perderle porque no podía vivir sin él. Pero, por suerte para mí aunque en ese momento no lo super ver, el se mantuvo firme y salió de mi vida.
He necesitado muchos años de terapia para poder comprender y admitir que yo no me valoraba como persona, que dejé que me engañasen porque yo misma no sabía quererme y respetarme, que guardé silencio porque no sentía que mi vida conmigo misma pudiera ser suficiente. Qué equivocada estaba. Ahora sé que no volvería a vivir algo así, porque sí, él me engañó, y otros podrán hacerme lo mismo, pero el daño más grande me lo hice yo misma al obligarme a vivir una mentira con tal de no perder a un hombre.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.