¡Siempre ha sido una enamorada de la Navidad! Me encanta visitar mercadillos navideños, comprar adornos para el árbol que, en realidad, no necesito, y todos los años estreno un jersey con motivos navideños. Soy la típica que pone el árbol de navidad en noviembre. Una vez pasado Halloween y Mariah Carey ya descongelada, oficialmente es Navidad en mi casa.
Cuando me convertí en madre, supe que ese amor por estas fechas iba a crecer. Nada me apetecía más en el mundo que vestir a mi bebé de elfo y comprarle pijamas navideños.
Soñaba con ver su cara iluminada por las luces del árbol, con montar un Belén precioso, con las fotos familiares delante del árbol y las galletas que dejaríamos para Santa. Todo muy idílico. Muy anuncio de turrones.

Y los primeros años lo fueron. Ver su carita de ilusión la mañana de Navidad era mejor que cualquier regalo. Pero luego el bebé creció, y se volvió un poco el Grinch. Ahora cuestiona todo. Que si Papá Noel no puede ir a todas las casas, que si el camello de los Reyes no cabe en el salón, que si por qué en casa de los abuelos hay más regalos que en la nuestra… En fin, el espíritu crítico llegó antes que la adolescencia.
Aun así, sigo empeñada en mantener la magia. Pero claro, cuando te conviertes en madre, descubres que la Navidad no solo es magia: también es organización, ruido, estrés y muchos juguetes nuevos a los que hacen caso durante media hora y luego no sabes ni donde guardarlos.
Porque las fiestas se viven de otra manera cuando eres tú la que tiene que cocinar, envolver, limpiar y organizar horarios para cubrir las vacaciones escolares de tus hijos.
Y entonces empezó mi relación amor-odio
Amo ver la cara de mis hijos cuando ponemos el árbol y encendemos las luces, pero odio tener que recoger luego las bolas que, por accidente, se caen cada día. O tener que tirar a la basura, con todo el dolor de mi corazón, aquel adorno que compré en un mercadillo de Berlín hace 10 años porque mi hijo pequeño estaba juagando con él y lo ha roto.

Amo los días de vacaciones juntos, pero me estresa muchísimo tener que organizarme para poder estar con ellos en casa las casi tres semanas que están sin colegio. Me toca pedir favores en el trabajo para que me dejen salir antes, gastar días de vacaciones y ponerme de acuerdo con mi marido para ver qué días puede pedir él y cuales tengo que pedir yo.
Antes, cuando no tenía hijos, las fiestas eran sinónimo de descanso, planes y cenas con amigos. Ahora solo escucho: “mamá, quiero otro chocolate del calendario de Adviento”, “mamá, se ha roto otra bola del árbol”, “mamá, le voy a pedir a Papá Noel un telescopio” y te lo suelta a dos días de Nochebuena.
Por no hablar del tetris navideño que tenemos que hacer para cumplir con todos los compromisos. Porque cuando no hay niños, las cenas son más sencillas, en mi caso, yo cenaba Nochebuena y Nochevieja con mi familia y mi marido con la suya, y si no te apetece, te quedabas en casa y nadie te echaba de menos. Añoro aquellas navidades cuando el día de Navidad y el de Año Nuevo eran sinónimo de resaca…
Pero con niños, los abuelos quieren ver a los nietos y te tienes que organizar para pasar el mismo número de horas en cada casa y que nadie se enfade.
Este año nos toca Nochebuena en casa de unos y Navidad en casa de los otros, pero como tenemos a Papá Noel pluriempleado dejando regalos en todas las casas, pues al final nos toca también ir a ver de los otros abuelos. Y el día de Reyes igual. Es casi una carrera contrarreloj para que nos de tiempo a ir a todas las casas a recoger paquetes.

Nochevieja es una lucha. Llevo seis años, que son los que tiene mi hijo mayor, pasando la última noche del año en mi casa solitos. Pues la familia no entiende que mis hijos son pequeños y que no estoy dispuesta a ir a cenar a ningún sitio y tenerlos levantados hasta más de las doce para que se tomen las uvas. Porque son niños, tienen sus rutinas y tienen que dormir.
Y te sueltan la típica frase de “no pasa nada por un día que se acuesten tarde”, pues si que pasa. Se van a acostar a la una de la mañana, se van a levantar a las siete, y el primer día del año para mí se va a convertir en un infierno. Y no pienso empezar el año con rabietas y llantos porque no han descansado lo suficiente y están inaguantables.
Y luego está el drama de los regalos
Cuando era pequeña, los Reyes me traían tres cosas. Tres. Y una era pijama o algo que necesitara para el cole. Ahora mis hijos reciben más regalos de los que pueden jugar en esta vida. Entre los abuelos, los tíos, los primos, el amigo invisible y los detallitos de amigos, tengo la sensación de que mi casa se transforma en una juguetería.
Y por mucho que pidas “por favor, nada grande, no tenemos espacio”, alguien aparece con un parking de coches de un metro y pico de alto que me ocupa media habitación.
Que yo agradezco en el alma que quieran tanto a mis hijos y que los llenen de regalos, pero es que luego no sé donde guardarlos.
Pero a pesar de todo, la magia sigue ahí.
Merece la pena por esos ratitos de sofá, las películas navideñas, los villancicos desafinados, las galletas de jengibre que se nos queman, y las caritas de ilusión de mis niños cuando los Reyes Magos les traen todo lo que han pedido.

Porque ser madre en Navidad es agotador, pero también es vivirla en primera fila.
Es ver cómo se repite la ilusión que tú sentías de niña, solo que ahora eres tú la artífice de esa magia.
Y aunque me quede sin dinero, sin energía y cada año jure que el próximo no pondré el árbol, sé perfectamente que en cuanto escuche a Mariah Carey cantar su famoso All I want for Christmas is you, estaré otra vez subiendo las cajas de los adornos de Navidad del trastero.