Cuando me convertí en madre primeriza, un mar de miedos e inseguridades llenaron mi cabeza, aunque poco a poco, con la experiencia, la mayoría se iban desvaneciendo uno a uno. Sin embargo, a medida que mi hijo fue creciendo, apareció un miedo que en lugar de ir menguando, cada día se hacía más fuerte dentro de mí. No era un miedo que viniera de una situación o hecho concretos, sino más bien una sensación, una preocupación poco clara que se fue alimentando a medida que veía cómo mi niño desarrollaba su personalidad. No me preocupaba lo que ocurría, sino lo que no ocurría.
Mi preocupación era que mi hijo no estuviese expresando correctamente sus emociones y sentimientos. Por todas partes leía lo importante que era escuchar a nuestros hijos, crear un ambiente seguro en el que pudiesen hablar y contar sus cosas, que sintieran que podían confiar en sus padres. Pero mi hijo no lo hacía. Apenas me contaba nada. Salía del colegio con su sonrisa de siempre y lo único que contestaba cuando le preguntaba qué tal había ido todo era «bien». Y ya está. Intentaba ahondar un poco, le preguntaba qué habían aprendido, si había jugado con su amiguitos o si habían dibujado o coloreado hoy. Pero él siempre contestaba con repuestas breves. Simplemente todo parecía ir «bien». Tanto para bien como para mal. Porque con mi hijo no había rabietas por no querer ducharse, ni berrinches por irse pronto a la cama. Tampoco ponía pegas cuando tenía que comer verduras o lavarse los dientes. No montaba escenas por nada. Y a mí eso tampoco me parecía normal. Él obedecía, te decía «vale, mami», sonreía y fin.

Mi hijo no parecía estar mal, al contrario, se le veía un niño feliz y cariñoso, pero tampoco es que me expresase con palabras mucho más. Para colmo, cuando hablaba con mis amigas o con mi hermana, ellas decían que sus hijos se lo contaban todo, hasta lo que no querían escuchar. Y a mí eso solo me aumentaba la preocupación. ¿Y si no lo estaba haciendo bien? ¿Y si mi hijo no sentía la suficiente confianza como para hablar conmigo y se estaba guardando todas sus emociones para él mismo? Yo era madre soltera. ¿Sería quizás que echaba en falta una figura paterna o algo similar? Me resistía a pensar que esto último tuviera ningún sentido, pero ya me planteaba hasta las posibilidades más absurdas. Yo solo quería que mi niño me hablase, que me contase sus preocupaciones, sus alegrías, sus miedos. Pero él solamente me sonreía y me decía que todo iba bien. No me malinterpretéis, el ver a mí hijo bien me tranquilizaba en gran medida. Pensaba que si algo en su vida fuera rematadamente mal, no podría mantener esa imagen serena y alegre, ni su simpática sonrisa. Pero aún así, seguía teniendo esas terribles dudas todo el tiempo martilleando en mi cabeza.

Al final decidí acudir a su pediatra. Cogí cita y allí me planté yo sola. Cuando me hizo pasar y vio que no llevaba al niño, se extrañó. Le dije que quería tener una conversación con él sin que el peque estuviera delante. Le expresé todas mis dudas y le pregunté si creía que mi niño tenía algún problema en su desarrollo. Al fin y al cabo él había seguido su crecimiento desde que nació y le conocía bastante.
Su respuesta me dejó bastante tranquila, la verdad. Me explicó que no todos los niños sienten la misma necesidad de estar contándolo todo, todo el rato. Que era algo común que los niños fueran bastante parlanchines, pero que si no lo eran tampoco tenía por qué ser un signo preocupante, solamente significaba que procesaba las cosas de manera diferente a otros críos. Y que si al niño le ocurriera algo malo en su día a día, probablemente me lo diría o yo lo notaría, porque no se le vería feliz y cambiaría su comportamiento de forma bastante llamativa. Me dijo que fuera paciente, que le diese tiempo y que probase a contarle cosas yo para incentivar la conversación.

Me fui a casa bastante aliviada y dispuesta a seguir su consejo. Y resulta que pareció dar resultado. Un día, de camino a casa después del cole, mi hijo me contó que habían aprendido cosas sobre los animales y que le había gustado mucho la cebra. Me sorprendí ante tanta información y decidí seguir preguntándole sobre eso. Fuimos todo el tiempo conversando hasta que llegamos a casa y se volvió loco de contento cuando le prometí que le llevaría al zoo para que pudiera ver una cebra de verdad.
Esa fue la primera de muchas charlas divertidas con mi hijo. No ocurrían todos los días, solamente cuando él sentía la necesidad de compartir sus cosas. Y allí estaba yo para disfrutar de su conversación.
Creo que hoy en día tenemos tantos libros sobre maternidad, tantos expertos que dan sus opiniones como si fueran la única verdad posible en el mundo, tantos documentales, artículos, estudios, etc, que llega un momento en el que padecemos de sobre-información. Está genial que dispongamos de tantos datos, es maravilloso que sigamos profundizando en los estudios sobre la crianza, pero también hay que saber cuándo parar, sobre todo antes de acabar embotada y con una paranoia como la que tuve yo.
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.